Cinco amigas y un chico inocente

El sol del mediodía caía como miel líquida sobre el chalet de Laura, un paraíso privado rodeado de pinos altos y una piscina infinita que reflejaba el cielo azul. El aire olía a jazmín y a cloro caliente. Laura, de treinta y dos años, alta y curvilínea, con pechos pesados que s e movían bajo un bikini negro diminuto y un culo redondo que invitaba a morderlo, había planeado todo con precisión de amante experta. Sus cuatro mejores amigas llegaban una a una, ajenas a la sorpresa que les cambiaría la tarde en una noche de sexo desenfrenado. María fue la primera. Morena de piel dorada, pechos firmes y turgentes con pezones oscuros que se marcaban ya bajo el top, caderas anchas y un coño que siempre parecía listo para devorar. Se quitó el vestido veraniego nada más entrar y se lanzó a la piscina riendo. Ana llegó después: rubia platino, esbelta como una modelo, piernas interminables, coño depilado y labios hinchados que pedían ser lamidos. Llevaba un bikini blanco que apenas cubría sus pezones rosados. Carmen, la más voluptuosa, entró contoneándose: tetas enormes, culo carnoso y jugoso, labios gruesos y un clítoris que se hinchaba solo con miradas. Su bikini rojo apenas contenía sus curvas. Paula, la más reservada pero con un cuerpo atlético y una melena negra hasta la cintura, llegó última: tetas medianas pero perfectas, cintura estrecha y un culo pequeño y firme que temblaba cuando caminaba.

Las cinco se abrazaron, se besaron en las mejillas y se metieron en la piscina entre risas y salpicaduras. El agua fría endureció sus pezones al instante. Laura sirvió cócteles fuertes de fresa, vodka y hielo. Se tumbaron en las hamacas, cuerpos brillantes de agua y crema solar. Hablaron sin filtros: de sus novios aburridos, de las noches solitarias tocándose, de fantasías prohibidas. María confesó: “A veces me toco pensando en que me follen varias horas seguidas, sin parar”. Ana suspiró: “Quiero sentir una polla gruesa abriéndome hasta que no pueda caminar”. Carmen se mordió el labio: “Yo quiero que me llenen de leche caliente y que me hagan correrme tantas veces que me tiemblen las piernas”. Paula, sonrojada pero excitada, murmuró: “Solo quiero perder el control y gritar de placer”. Laura sonreía en secreto. Sabía que su amigo Roberto estaba a diez minutos y que esa tarde se convertiría en una orgía salvaje. La tarde avanzó entre risas, más vino y confidencias cada vez más calientes. Se untaron crema las unas a las otras: manos resbaladizas sobre pechos, muslos y culos. María pasó los dedos por el interior del muslo de Ana y esta gimió bajito. Carmen se quitó el top “porque el sol pica” y dejó sus tetas enormes al aire, pezones duros como piedras. Paula, ya mojada entre las piernas, se tocó disimuladamente bajo el agua. Laura miró el reloj y sintió su propio coño palpitar de anticipación. Al atardecer, cuando el cielo se tiñó de naranja, Laura se levantó con una sonrisa traviesa. “Chicas, tengo una sorpresa que ninguna esperabais. Algo que va a hacer que esta velada sea inolvidable. Confiad en mí”. Las cuatro la miraron con curiosidad y un toque de nervios. Laura envió un mensaje. Cinco minutos después, el timbre sonó. Roberto entró como un dios del sexo: treinta y cinco años, casi metro noventa, hombros anchos, músculos definidos bajo una camisa negra ajustada, mandíbula cuadrada y ojos negros que prometían follar sin piedad. Sus vaqueros marcaban una polla gruesa y larga que ya se adivinaba semierecta. Las cinco se quedaron mudas un segundo. Laura lo presentó: “Roberto es mi amigo de total confianza. Le pedí que viniera porque sé exactamente lo que todas necesitamos esta noche. Entre las cinco nos lo vamos a follar. Sin celos, sin límites, solo placer puro y duro. Él está aquí para darnos todo lo que nuestros cuerpos piden”. Roberto sonrió con esa voz grave que erizaba la piel: “Estoy duro solo de veros. Vuestros cuerpos me tienen loco. Quiero probar cada coño, cada boca, cada culo si me lo pedís”. El shock duró tres segundos. Luego el deseo explotó. El vino, el sol y las confesiones habían dejado a todas empapadas. María fue la primera en moverse. Se acercó a Roberto y lo besó con lengua, metiendo la mano directamente en sus vaqueros para agarrar esa polla gruesa y caliente. “Joder, qué tamaño”, murmuró. Las demás se desnudaron sin palabras. Bikinis volaron. Cinco cuerpos desnudos, mojados de deseo, rodearon al hombre. Laura lo empujó al sofá enorme del salón. Le quitó la camisa y lamió sus pectorales mientras María le bajaba los pantalones. La polla de Roberto saltó libre: veinte centímetros de grosor venoso, cabeza hinchada y brillante de precum. María se arrodilló y la metió entera en su boca, chupando con hambre, saliva cayendo por su barbilla. “Mmm… qué rica sabe tu polla”, gemía mientras la lamía desde los huevos hasta la punta. Laura se sentó a horcajadas sobre la cara de Roberto. Este sacó la lengua y empezó a devorar su coño depilado, lamiendo el clítoris hinchado y metiendo dos dedos gruesos dentro. Laura gritó de placer: “¡Sí, cómeme el coño así!”. Sus jugos chorreaban por la cara de él. Mientras, Ana y Carmen se besaban y se tocaban los pechos, dedos dentro de sus coños. Paula se masturbaba mirando, dos dedos hundidos en su propio agujero. Roberto levantó a Laura y la penetró de un empujón brutal. Su polla abrió su coño apretado hasta el fondo. “¡Ahhhh… qué grande me estás abriendo!”, gritó Laura mientras empezaba a cabalgarlo como una loca. Sus tetas rebotaban salvajemente. Roberto la sujetaba por el culo y empujaba hacia arriba con fuerza. El sonido de carne contra carne llenaba la habitación. María seguía chupando los huevos de Roberto mientras este follaba a Laura. Ana se puso detrás de Laura y le lamía el culo, metiendo la lengua en su ano. Carmen y Paula se turnaban para chupar los pezones de Laura. Laura sintió el orgasmo subir como un tsunami. Su coño se contraía alrededor de la polla. “¡Sigue así que me voy a venir!”, gritó. Roberto aceleró. “¡No pares, que me corro!”, aulló Laura mientras explotaba. Su coño eyaculó jugos calientes que empaparon la polla y los huevos de Roberto. Temblaba entera, pero no paró de cabalgar hasta que el segundo orgasmo la atravesó. Roberto sacó la polla chorreante y giró a María. La puso a cuatro patas sobre el sofá y la penetró por detrás de un solo golpe brutal. “¡Joder, qué coño más apretado y mojado tienes!”, gruñó. Sus manos apretaban las caderas de María mientras entraba y salía a toda velocidad. El culo de María temblaba con cada embestida. Ana se metió debajo y le chupaba el clítoris a María mientras Roberto la follaba. Carmen le metía los dedos en el ano a María. Paula besaba su boca. María gemía como una perra en celo. “¡Más fuerte, rómpeme el coño!”. El ritmo era salvaje. Su coño hacía sonidos húmedos y obscenos. Sintió que se acercaba. “¡Me estoy corriendo!”, gritó mientras su cuerpo convulsionaba. Su coño apretó la polla como un puño y chorros de squirt salpicaron el sofá. “¡Sigue así que me voy a venir otra vez!”, suplicó. Roberto no paró. La folló hasta que María tuvo tres orgasmos seguidos, temblando y gritando. Después fue el turno de Ana. Roberto la tumbó de espaldas, le abrió las piernas al máximo y la penetró despacio al principio, centímetro a centímetro, hasta que su polla desapareció completamente dentro de ese coño estrecho y rosado. “Dios… me estás llenando entera”, jadeó Ana. Empezó a follarla con estocadas profundas y precisas, rozando su punto G cada vez. Laura le chupaba los pezones a Ana. María le metía dos dedos en el culo. Carmen y Paula se turnaban para besarla y tocarle el clítoris. Ana arqueaba la espalda, uñas clavadas en los hombros de Roberto. “¡Más profundo, quiero sentirte en el útero!”, suplicaba. El placer era brutal. Sintió el orgasmo subir. “¡Sigue así que me voy a venir!”, gritó. Roberto aceleró como un animal. “¡No pares, que me corro!”, aulló Ana mientras su coño explotaba alrededor de la polla, contrayéndose en espasmos violentos. Chorros de jugos salían con cada embestida. Roberto siguió follándola hasta que Ana tuvo un segundo orgasmo que la dejó gritando y llorando de placer. Carmen, con sus curvas exageradas, quería dominar. Se sentó sobre Roberto a horcajadas, enfrentándolo. Su coño grueso y empapado tragó la polla entera de un solo movimiento. “¡Qué polla más gorda, me estás partiendo en dos!”, gruñó mientras empezaba a moverse en círculos lentos y luego rápidos y brutales. Sus tetas enormes rebotaban contra el pecho de Roberto. Este las agarró y chupó los pezones con fuerza. Las demás chicas la rodearon: Laura le metía dedos en el culo, María le lamía el clítoris hinchado, Ana y Paula besaban su cuello y le pellizcaban los pezones. Carmen cabalgaba como una diosa del sexo. Sudor corría entre sus tetas. “Mira cómo mi coño se traga tu polla… siente cómo se moja todo con mis jugos”. El placer la estaba volviendo loca. “¡Me estoy corriendo!”, rugió mientras su coño apretaba y soltaba chorros calientes. “¡No pares, que me corro otra vez!”, suplicó. Roberto la sujetó por el culo y la folló desde abajo con fuerza animal. Carmen tuvo cuatro orgasmos seguidos, gritando y temblando, su coño chorreando sin control. Paula, la más tímida, temblaba de anticipación. Roberto la tomó con una mezcla de ternura y brutalidad. La puso de lado, levantó una de sus piernas y la penetró despacio al principio, luego con estocadas profundas y rápidas. “Nunca… nunca me habían follado así”, jadeaba Paula. Su coño estrecho apretaba la polla como un guante. Laura le lamía el clítoris mientras Roberto la penetraba. María y Ana le chupaban los pezones. Carmen le metía un dedo en el ano. Paula perdió completamente el control. “¡Más fuerte, quiero que me destroces!”, suplicaba. El orgasmo la golpeó como un rayo. “¡Sigue así que me voy a venir!”, gritó. Roberto aceleró. “¡No pares, que me corro!”, aulló Paula mientras su cuerpo entero se convulsionaba y su coño eyaculaba por primera vez en su vida. “¡Me estoy corriendo otra vez!”, gritó en medio del segundo clímax. Roberto la folló hasta que Paula quedó temblando y sin fuerzas, con lágrimas de placer en los ojos. Pero la noche apenas empezaba. Roberto, con la polla aún dura como el acero y brillante de jugos de todas, las folló en grupo. Las cinco se arrodillaron alrededor de él y le chuparon la polla a turnos: lenguas lamiendo la cabeza, bocas tragándola hasta la garganta, manos masajeando los huevos. Laura y María se besaban con la polla entre sus bocas. Ana y Carmen se tocaban los coños mientras chupaban. Paula lamía el ano de Roberto. Luego las puso en fila sobre el sofá: culos en pompa. Las folló una tras otra, cambiando de coño cada pocos minutos. Primero Laura, luego María, Ana, Carmen y Paula. El salón olía a sexo puro: sudor, jugos, saliva y precum. Gemidos y gritos de “¡Me estoy corriendo!” y “¡No pares, que me corro!” se mezclaban sin parar. Se mudaron a la piscina bajo las estrellas. Roberto las folló dentro del agua: Laura contra el borde, María sentada en su polla, Ana de pie con una pierna levantada, Carmen y Paula juntas, besándose mientras él las penetraba alternativamente. El agua salpicaba con cada embestida. Orgasmos bajo el cielo nocturno. Después subieron al dormitorio principal. La cama super grande se convirtió en un campo de batalla. Roberto se corrió por primera vez dentro de Carmen: chorros espesos y calientes inundando su coño mientras ella gritaba “¡Mira, siente como mi coño se moja con tu leche!”. Luego se corrió dentro de Laura, de María, de Ana y finalmente de Paula. Cada una sintió cómo su coño se llenaba de leche caliente y espesa, prolongando sus orgasmos. Cambios de posición sin fin: misionero salvaje, perrito profundo, estilo vaquera salvaje, 69 en cadena, doble penetración con dedos y polla, incluso un intento de doble coño cuando Roberto follaba a Laura y María al mismo tiempo con ayuda de dedos. Cada mujer repetía las frases guarras en el momento exacto del clímax: “¡Me estoy corriendo!”, “¡Sigue así que me voy a venir!”, “¡No pares, que me corro!”, “¡Mira cómo mi coño se moja con tu leche!”. Los orgasmos se contaban por docenas. Al amanecer, los seis cuerpos sudorosos, marcados de chupetones y mordidas, yacían enredados en la cama enorme. Coños hinchados y llenos de leche, polla de Roberto aún semierecta entre tantos muslos. Laura besó a Roberto y luego a cada una de sus amigas. “Esta ha sido la mejor sorpresa de mi vida”, susurró. Las cinco asintieron, exhaustas, radiantes y completamente folladas. Ninguna olvidaría jamás aquella velada en el chalet donde la amistad se transformó en la orgía más intensa y placentera de sus vidas.

Mary Love (@tequierodori) / X

Nota de la autora:
"Las historias que cuento generalmente son ficciones sacadas de mi imaginación. Espero que mis relatos te trasporten a tus fantasías. Si te gustan mis historias compártelas con tus amigos, quizás les ayudes a salir de su rutina.
¡GRACIAS POR LEERME!

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