Una tentadora sorpresa para Mario

"La curiosidad de Elena lleva a una tentadora sorpresa para Mario. ¿Qué descubrirá en su habitación? Una tarde de pasión y una conexión inesperada."

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El sol de la tarde se filtraba a través de las cortinas del salón, proyectando un cálido resplandor sobre la figura de Mario, quien estaba completamente absorto en su juego de consola. Sus dedos se movían con agilidad sobre los controles, su rostro concentrado y ajeno al mundo que lo rodeaba. A sus dieciocho años, Mario era la imagen misma de la juventud: cabello oscuro y despeinado, piel tersa y un cuerpo esbelto pero bien formado, propio de alguien que aún estaba descubriendo su propia fuerza.


En el otro extremo de la sala, Elena observaba al joven con una mezcla de curiosidad y nostalgia. A sus setenta años, había vivido lo suficiente para saber que la vida era un ciclo interminable de cambios, pero aún así, ver a Mario le recordaba lo que era ser joven, lleno de energía y posibilidades. Elena nunca se había casado, y aunque había disfrutado de su libertad y de su sexualidad sin ataduras, a veces se preguntaba qué habría sido de su vida si hubiera tomado un camino diferente. Pero esas eran reflexiones para otro momento. Ahora, lo que importaba era que Mario estaba bajo su cuidado mientras sus padres estaban de viaje, y ella estaba decidida a asegurarse de que todo saliera bien.


—Mario —llamó Elena, interrumpiendo el silencio que solo era roto por los sonidos del juego—. ¿Podrías ayudarme a barrer las habitaciones? No es mucho, pero sería de gran ayuda.


El joven levantó la vista, sus ojos verdes brillando con una mezcla de sorpresa y ligera molestia. —¿Ahora? —preguntó, como si el mundo entero dependiera de que terminara esa partida.


Elena sonrió con paciencia. —No te quitará mucho tiempo, cielo. Además, un poco de ejercicio no te vendrá mal.


Mario suspiró, pero finalmente apagó la consola y se levantó del sofá. —Está bien, voy.


Mientras Mario se dirigía hacia las habitaciones, Elena lo observó con una sonrisa divertida. Era un chico bueno, aunque a veces un poco perezoso, como cualquier joven de su edad. Ella, por su parte, se dirigió a la cocina para terminar de recoger los platos del almuerzo, tarareando una melodía antigua que le traía recuerdos de su juventud.


Las habitaciones estaban en el segundo piso, y Elena subió las escaleras con calma, llevando la escoba y el recogedor. Mario ya estaba en la primera habitación, barriendo con desgano. Elena entró y comenzó a ayudarlo, moviendo los muebles para asegurarse de que no quedara ni un rincón sin limpiar.


—Aquí, detrás de la cama —dijo Elena, señalando con la escoba.


Mario se agachó y, al mover la cama, algo llamó su atención. —¿Qué es esto? —murmuró, sosteniendo en su mano un par de braguitas de encaje negro.


Elena se acercó, su corazón latiendo con una mezcla de sorpresa y excitación. —Ah, esas son mías —dijo con una sonrisa, aunque en su interior sabía que no era del todo cierto. Las había dejado allí a propósito, una pequeña trampa para ver cómo reaccionaba Mario.


El joven las miró con curiosidad, su rostro enrojeciendo ligeramente. —¿Las quieres? —preguntó, extendiéndoselas.


Elena negó con la cabeza, su voz suave y tentadora. —Quédate con ellas, si quieres. No las necesito.


Mario las miró de nuevo, y esta vez, sus ojos se iluminaron con una chispa de algo que Elena no pudo identificar del todo. —Gracias —murmuró, guardándolas en su bolsillo.


Terminaron de barrer la habitación en silencio, pero Elena notó que Mario estaba distraído, sus pensamientos claramente en otro lugar. No dijo nada, pero sonrió para sí misma, sabiendo que había plantado una semilla de curiosidad en la mente del joven.


Más tarde, mientras Elena estaba en la cocina preparando la cena, escuchó el sonido de un teléfono cayendo al suelo en el piso de arriba. —Mierda —murmuró Mario desde su habitación.


Elena sonrió y subió las escaleras con el teléfono en la mano. Sabía que era de Mario, y esta era su oportunidad para ver qué estaba haciendo. Al llegar a la puerta de su habitación, la encontró entreabierta. Dentro, Mario estaba de pie junto a la cama, las braguitas de encaje en su mano y su polla joven y erecta asomando por la cintura de sus pantalones.


El corazón de Elena latió con fuerza, una oleada de excitación recorriéndola de pies a cabeza. Había visto muchas pollas en su vida, pero había algo en la de Mario que la atrajo de una manera que no podía explicar. Era joven, dura y perfectamente formada, un símbolo de la vitalidad que ella ya no poseía pero que aún anhelaba.


Sin pensarlo dos veces, Elena empujó la puerta y entró en la habitación. Mario se giró, sus ojos ampliándose de sorpresa al verla allí. —Eh… —balbuceó, intentando cubrir su erección con las manos.


Elena no dijo nada. Se acercó a él con pasos lentos y deliberados, sus ojos fijos en la polla que Mario intentaba ocultar. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, extendió su mano y la tomó con firmeza, sintiendo el calor y la dureza de la juventud en sus dedos.


—¿Qué estás haciendo? —preguntó Mario, su voz temblorosa.


Elena sonrió, su aliento cálido en su oído. —Lo que deberías haber hecho desde el principio —murmuró, antes de arrodillarse frente a él.


Mario intentó protestar, pero las palabras se le atascaron en la garganta cuando Elena lamió la punta de su polla con la punta de la lengua. Un gemido escapó de sus labios, y sus manos se aferraron a los hombros de Elena mientras ella comenzaba a chuparlo con lenta deliberación.


La boca de Elena era cálida y húmeda, sus labios envolviendo la polla de Mario con una habilidad que solo la experiencia podía dar. Su lengua trazó círculos alrededor de la cabeza, saboreando el sabor salado de su pre-eyaculación antes de deslizarse hacia abajo, tomando tanto de su longitud como podía.


—Joder… —gimió Mario, su cuerpo temblando con la intensidad de las sensaciones.


Elena sonrió en torno a su polla, disfrutando del sabor de su juventud. Lo miró a los ojos mientras lo chupaba, viendo cómo su rostro se distorsionaba con el placer. Era una visión que la excitaba más de lo que podía expresar, y su propia humedad comenzó a acumularse entre sus muslos mientras continuaba con su tarea.


Cuando la polla de Mario estuvo dura como la piedra, Elena se puso de pie, sus ojos brillando con deseo. —Ahora es mi turno —murmuró, antes de empujarlo suavemente hacia la cama.


Mario se dejó caer sobre las sábanas, sus ojos siguiendo cada movimiento de Elena mientras se desabrochaba la blusa y la dejaba caer al suelo. Su cuerpo no era el de una joven, pero había una belleza en sus curvas maduras, en la suavidad de su piel y en la confianza con la que se movía.


Se quitó la falda, revelando unas bragas de encaje que contrastaban con su edad pero que, de alguna manera, la hacían ver aún más deseable. Mario la miró con ojos hambrientos, su polla palpitando con anticipación.


Elena se acercó a la cama, sus manos acariciando los muslos de Mario antes de deslizarse hacia arriba, rozando la cabeza de su polla con la punta de los dedos. —¿Quieres follarme, cielo? —preguntó, su voz ronca de deseo.


Mario asintió, incapaz de hablar.


Elena sonrió y se posicionó sobre él, guiando la cabeza de su polla hacia su entrada antes de bajar lentamente, sintiendo cómo la llenaba poco a poco. El calor y la dureza de Mario dentro de ella la hicieron gemir, y sus paredes vaginales se contrajeron en torno a él, apretándolo con una intensidad que lo hizo jadear.


—Joder, estás tan estrecha —gimió Mario, sus manos aferrándose a sus caderas mientras comenzaba a moverse dentro de ella.


Elena cabalgó sobre él con lentitud al principio, disfrutando de la sensación de su polla joven y dura llenándola por completo. Sus pechos rebotaban con cada movimiento, y su rostro estaba enrojecido por el esfuerzo y el placer.


—Más rápido —demandó Mario, sus caderas levantándose para encontrarse con las de ella.


Elena sonrió y aumentó el ritmo, moviéndose sobre él con una ferocidad que no había sentido en años. El sonido de la carne chocando contra la carne llenó la habitación, mezclándose con los gemidos y jadeos de ambos.


Mario la agarró por las caderas, guiando sus movimientos mientras la follaba con una intensidad que la dejó sin aliento. Sus bolas golpeaban contra ella con cada embestida, y Elena sabía que no duraría mucho más.


—Voy a correrme —gimió Mario, su voz ronca de necesidad.


—Hazlo —susurró Elena, su propio orgasmo acercándose rápidamente.


Las paredes de su vagina se apretaron en torno a la polla de Mario, y ella gritó su nombre mientras su cuerpo temblaba con la fuerza de su liberación. Mario la siguió poco después, su polla palpitando dentro de ella mientras vaciaba su semen en su interior.


Cuando finalmente se detuvieron, Elena se derrumbó sobre el pecho de Mario, su respiración entrecortada y su corazón latiendo con fuerza. Mario la abrazó, sus manos acariciando su espalda con ternura.


—Eso… fue increíble —dijo Mario, su voz aún temblorosa.


Elena sonrió, su rostro enterrado en su cuello. —Lo fue —murmuró, antes de levantarse y ajustarse la ropa.


Mientras salía de la habitación, no pudo evitar mirar atrás, viendo a Mario aún tendido en la cama, su cuerpo relajado y satisfecho. Era una imagen que sabía que recordaría durante mucho tiempo, un recordatorio de que, aunque su cuerpo ya no fuera joven, su espíritu aún podía arder con la misma intensidad que siempre había tenido.


Y mientras cerraba la puerta detrás de ella, Elena sonrió para sí misma, sabiendo que esta no sería la última vez que compartiría un momento así con Mario. La vida, después de todo, era demasiado corta para no disfrutar de cada oportunidad que se presentara.


por: © Mary Love

Nota de la autora:
"Las historias que cuento generalmente son ficciones sacadas de mi imaginación. Espero que mis relatos te trasporten a tus fantasías. Si te gustan mis historias compártelas con tus amigos, quizás les ayudes a salir de su rutina.
¡GRACIAS POR LEERME!

Rosemary, una mujer que arde de pasión

"La pasión arde cuando Santiago llega a casa y encuentra a Rosemary en un momento íntimo. Su esposa lo invita a unirse a su placer, y juntos se sumergen en una conexión profunda, donde el deseo y el amor se entrelazan en una danza sensual."

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Santiago abrió la puerta de su casa con un suspiro de alivio. El día en la oficina había sido agotador, pero la idea de ver a Rosemary siempre le devolvía la energía. Al entrar en el salón, el ambiente estaba cargado de una mezcla de luz tenue y el suave murmullo de un vídeo para adultos que provenía del televisor. Allí, recostada en el sofá, estaba ella, su esposa, con su cuerpo espectacular y su cabello castaño cayendo sobre los hombros como una cascada de seda. Rosemary tenía los ojos fijos en la pantalla, pero su atención no estaba completamente en la película. Entre sus piernas, sostenía su succionador de clítoris, un regalo que Santiago le había hecho en su último cumpleaños. El dispositivo emitía un zumbido suave y constante, y ella lo movía con lentitud, como si estuviera disfrutando de un ritual privado.


Santiago se detuvo en el umbral, observándola con una mezcla de admiración y deseo. Rosemary era una mujer ninfómana, multi orgásmica, y su necesidad de sexo era tan natural como beber agua cuando tenía sed. Para ellos, el sexo era simplemente otra sensación del cuerpo, algo que satisfacían sin barreras ni tabúes. A veces, incluso compartían esa intimidad con otras personas, pero en ese momento, solo estaban ellos dos, y el aire se cargaba de una electricidad familiar.


Rosemary levantó la mirada y sus ojos se encontraron con los de Santiago. No hubo necesidad de palabras. Él sabía que ella estaba cerca del clímax, y la forma en que lo miraba, con los ojos brillantes y la respiración acelerada, le confirmaba que estaba a punto de correrse. Ella sonrió, una sonrisa pícara y desafiante, como si lo estuviera invitando a unirse a su placer. Santiago se acercó lentamente, cada paso cargado de intención. Su mirada no se apartó de ella, y pudo ver cómo sus pezones se endurecían bajo la fina tela de su camisón, cómo sus piernas se tensaban ligeramente mientras el succionador hacía su trabajo.


—Hola —dijo Rosemary, su voz ronca y entrecortada por la excitación—. Llegaste justo a tiempo.


Santiago no respondió. En su lugar, se arrodilló frente a ella y tomó su mano, entrelazando sus dedos con los suyos. El succionador seguía zumbando, pero Rosemary lo apartó con suavidad, como si ya no lo necesitara. Su cuerpo temblaba ligeramente, y Santiago sabía que estaba al borde del orgasmo. Con un movimiento fluido, la levantó del sofá y la llevó en brazos hacia el dormitorio. Rosemary rió, una risa ligera y juguetona, mientras sus brazos se aferraban a su cuello.


—¿Siempre tienes que ser tan caballeresco? —murmuró ella, su aliento caliente en su oído.


—Siempre —respondió Santiago con una sonrisa, antes de depositarla suavemente sobre la cama.


La habitación estaba iluminada por la luz cálida de las velas que Rosemary había encendido, creando una atmósfera íntima y sensual. Santiago se deshizo de su camisa con rapidez, mientras Rosemary se quitaba el camisón, dejando al descubierto su cuerpo perfecto. Sus curvas eran hipnóticas, y Santiago se tomó un momento para admirarla antes de acercarse. Ella lo miraba con deseo, sus ojos brillando con una mezcla de amor y lujuria.


—¿Cansado? —preguntó ella, su voz cargada de doble sentido.


—Siempre tengo energía para ti —respondió Santiago, mientras se desabrochaba el cinturón.


Rosemary se recostó sobre la cama, extendiendo sus brazos por encima de la cabeza en un gesto de rendición. Su cuerpo era un mapa de deseos, y Santiago sabía exactamente cómo recorrerlo. Se arrodilló entre sus piernas y las abrió con suavidad, revelando su sexo húmedo y hinchado. Con los dedos, trazó círculos lentos alrededor de su clítoris, haciendo que ella gimiera suavemente. Rosemary era multi orgásmica, y Santiago sabía que podía llevarla al clímax una y otra vez, pero esa noche quería tomarse su tiempo, disfrutar de cada momento.


—Te necesito —susurró Rosemary, su voz llena de urgencia.


Santiago sonrió y se inclinó hacia adelante, presionando sus labios contra los de ella en un beso profundo y apasionado. Mientras sus lenguas se enredaban, sus manos no se detenían. Con movimientos lentos y deliberados, comenzó a masajear su clítoris, aumentando gradualmente la presión. Rosemary se retorcía bajo su toque, sus gemidos llenando la habitación. Santiago sabía que ella estaba cerca, pero quería más. Quería verla perder el control, quería escuchar su nombre en sus labios.


—¿Quieres correrte? —preguntó él, su voz ronca y llena de deseo.


—Sí —respondió Rosemary, su voz apenas un susurro—. Por favor.


Santiago aumentó el ritmo, sus dedos trabajando con precisión. Rosemary arqueó la espalda, sus pechos temblando mientras su cuerpo se tensaba. Con un grito ahogado, se corrió, su sexo pulsando alrededor de sus dedos. Santiago no se detuvo, continuando el estímulo hasta que ella alcanzó un segundo orgasmo, y luego un tercero. Rosemary se retorcía en la cama, su cuerpo brillando de sudor, su respiración entrecortada.


—Basta —gimió ella, su voz llena de placer y agotamiento—. Por favor, basta.


Santiago sonrió y se incorporó, besando suavemente su frente. Rosemary lo miró con ojos brillantes, su expresión una mezcla de gratitud y deseo insaciable. Él se deshizo de sus pantalones y se acostó a su lado, tomándola en sus brazos. Rosemary se acurrucó contra él, su cabeza apoyada en su pecho.


—Eres increíble —murmuró ella, su voz suave y llena de amor.


—Tú también —respondió Santiago, acariciando su cabello.


En ese momento, no había nada más que ellos dos, dos enamorados que se habían encontrado en un mundo de placer sin límites. Santiago cerró los ojos, sintiendo el calor de Rosemary contra su cuerpo, y se permitió relajarse. A pesar del cansancio del día, se sentía completo, satisfecho de haber podido satisfacer a la mujer que amaba. Y aunque su polla aún estaba dura, lista para más, sabía que ese momento de conexión era igualmente importante.


Rosemary levantó la mirada y lo besó suavemente en los labios.


—Gracias —susurró ella.


—Por esto —dijo, su mano deslizándose hacia su sexo, aún húmedo y palpitante—. Por ser tú.


Santiago sonrió y la atrajo más cerca, sintiendo su corazón latir en sincronía con el suyo. En ese instante, el mundo exterior no existía. Solo estaban ellos, dos almas conectadas por un amor que trascendía las barreras del deseo, un amor que se alimentaba de la pasión y la entrega mutua. Y mientras se abrazaban, sabían que, sin importar lo que el futuro les deparara, siempre tendrían ese espacio sagrado donde el tiempo se detenía y el placer era infinito.


La luz de las velas parpadeaba suavemente, proyectando sombras danzantes en las paredes. Fuera, la ciudad seguía su curso, pero dentro de esa habitación, el tiempo parecía haberse detenido. Santiago y Rosemary se quedaron así, abrazados, sus cuerpos aún calientes por el éxtasis compartido. Y en ese silencio, en esa quietud, encontraron una paz que solo el amor verdadero puede traer.


El succionador de clítoris yacía olvidado en el sofá, un recordatorio silencioso de los placeres que habían compartido. Pero en ese momento, no lo necesitaban. Se tenían el uno al otro, y eso era más que suficiente.


por: © Mary Love

Nota de la autora:
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La pasión madura se enciende en la cocina

"La pasión madura se enciende en la cocina. Sus cuerpos, marcados por el tiempo, se entregan a un deseo ardiente. Ella, con su coño peludo, y él, con su lengua experta, se sumergen en un éxtasis que los lleva al borde. ¿Podrán resistirse a la tentación?"

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La cocina, con su aroma a especias y recuerdos, se convirtió en el escenario de su pasión semanal. La luz tenue de la lámpara sobre la mesa iluminaba sus cuerpos desnudos, marcando las curvas y pliegues que el tiempo había tallado en su piel. Él, con su torso cubierto de vello plateado y músculos que alguna vez fueron firmes, se acercó a ella con una sonrisa pícara. Ella, recostada sobre la fría superficie de la mesa, con sus senos generosos y su vientre suave, lo miraba con ojos llenos de deseo. A sus setenta años, la pasión no había disminuido; solo había evolucionado, adaptándose a los cambios que el tiempo había traído.


Ella se acomodó sobre la mesa, sus piernas ligeramente abiertas, exponiendo su coño peludo y húmedo. El vello, entrecano y abundante, enmarcaba sus labios hinchados y su clítoris sensible. Él se arrodilló frente a ella, sus manos ásperas pero tiernas acariciando sus muslos. "Te deseo tanto", susurró él, su voz ronca y llena de anhelo. Ella sonrió, sus dedos entrelazándose en su cabello canoso mientras lo atraía hacia ella.


Con lentitud deliberada, él hundió su rostro en su sexo, inhalando su aroma único, una mezcla de mujer y deseo. Su lengua, experta y paciente, trazó círculos alrededor de su clítoris, provocándole un gemido suave. Ella arqueó su espalda, sus pezones endureciéndose bajo la brisa fresca de la cocina. "Más", murmuró, su voz temblorosa. Él obedeció, sus labios envolviendo su clítoris, succionando con suavidad mientras su lengua exploraba cada pliegue de su carne.


Sus gemidos llenaron la habitación, mezclándose con el sonido de la nevera zumbando al fondo. Él saboreó su esencia, su saliva mezclándose con sus jugos, creando una sinfonía de sabores que lo excitaban aún más. Sus manos se movieron, una sosteniendo su cadera, la otra deslizándose entre sus piernas para acariciar su entrada húmeda. Ella se retorció, sus dedos apretando su cabello, guiándolo con urgencia. "No pares", jadeó, su cuerpo tensándose a medida que se acercaba al borde.


Él intensificó su ritmo, su lengua presionando con firmeza contra su clítoris, sus labios chupando con avidez. Ella gritó, su cuerpo convulsionándose mientras su orgasmo la invadía. Su coño se contrajo alrededor de sus dedos, su esencia fluyendo en su boca. Él bebió de ella, saboreando su éxtasis, sintiendo su placer como si fuera propio. Cuando ella finalmente se relajó, él se sentó sobre sus talones, mirándola con adoración.


"Tu turno", dijo ella, su voz aún temblorosa. Se deslizó de la mesa, sus piernas tambaleantes, y se arrodilló frente a él. Su polla, dura y venosa, se erguía ante ella, un testimonio de su deseo eterno. Ella la acarició con reverencia, sus dedos trazando las venas hinchadas antes de llevársela a la boca. Su lengua, cálida y húmeda, lamió la punta, saboreando la pre-eyaculación que la coronaba.


Él gimió, sus manos enredándose en su cabello, guiando su cabeza hacia abajo. "Más profundo", susurró, su voz ronca de necesidad. Ella obedeció, su boca abriéndose para engullir su polla hasta la garganta. Sus labios se movieron con habilidad, sus dientes rozando suavemente su sensibilidad mientras sus manos acariciaban sus testículos. Él se tensó, su cuerpo respondiendo a su toque experto.


Cerró los ojos, imaginando, como a ella le gustaba hacer. "Imagina que es la polla de ese actor que te gusta", murmuró él, su voz cargada de lujuria. Ella sonrió en torno a su polla, su mente pintando la imagen. Sus movimientos se volvieron más urgentes, su boca trabajando con fervor mientras su imaginación cobraba vida. Él se dejó llevar, su polla palpitando en su boca, su placer construyéndose con cada succión y lamida.


"Basta", dijo él finalmente, su voz áspera. "Quiero estar dentro de ti". Ella se levantó, sus ojos brillando con deseo. Se subió a la mesa nuevamente, sus piernas abiertas para recibirlo. Él se posicionó entre ellas, su polla alineándose con su entrada húmeda. Con un empuje lento y deliberado, entró en ella, llenándola por completo.


Ella gimió, sus paredes ajustándose alrededor de él, acogiendo su dureza. Él comenzó a moverse, sus caderas chocando contra las suyas, su polla rozando cada rincón de su interior. Sus manos sostenían sus caderas, guiando su ritmo, mientras sus labios buscaban los suyos en un beso apasionado. El sonido de su carne chocando llenó la cocina, un ritmo primitivo que hablaba de su conexión.


Él se inclinó, sus labios rozando su oído. "Te amo", susurró, su voz cargada de emoción. Ella sonrió, sus dedos entrelazándose con los suyos. "Y yo a ti", respondió, su voz quebrada por el placer. Él aumentó su ritmo, sus embestidas más profundas, más urgentes. Su polla golpeó su clítoris con cada empuje, enviándole ondas de placer que la hicieron gemir.


Su cuerpo se tensó, su orgasmo acercándose rápidamente. "Más fuerte", jadeó, sus uñas enterrándose en sus hombros. Él obedeció, sus caderas moviéndose con fuerza, su polla llenándola por completo. Ella gritó, su cuerpo convulsionándose mientras su orgasmo la invadía. Su coño se apretó alrededor de él, sus paredes pulsando con intensidad.


Él sintió su éxtasis, su propio orgasmo acercándose. Sus bolas se apretaron, su polla palpitando dentro de ella. Pero en ese momento, con su cuerpo al borde del abismo, la campana del horno sonó, recordándoles que la lasaña que habían preparado estaba lista. Ella sonrió, su respiración aún entrecortada. "Deberíamos..." comenzó, su voz temblorosa.


Él se detuvo, su polla aún dentro de ella, y la miró con una sonrisa pícara. "Deberíamos... ¿qué?" preguntó, su voz cargada de promesa. La campana sonó nuevamente, y la cocina, con su aroma a comida y deseo, los dejó en un momento de anticipación, sus cuerpos aún unidos, sus corazones latiendo al unísono. ¿Qué pasaría a continuación? La respuesta quedaría en el aire, suspendida como el humo que comenzaba a elevarse del horno.


por: © Mary Love

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La tentación en la ducha

"La ducha se convierte en un escenario de seducción. Ella, con su cuerpo maduro y experimentado, provoca a Diego con cada movimiento. ¿Podrá resistir la tentación? ¿O caerá en sus brazos?"

La ducha corría con un sonido constante, mezclándose con el vapor que se elevaba en el pequeño baño. Ella, una mujer madura con curvas generosas y marcas en su piel que contaban historias de años vividos, se movía bajo el agua con una confianza que solo la experiencia podía otorgar. Sabía que Diego estaba en la habitación contigua, y había dejado la puerta de la ducha abierta a propósito. No era un descuido; era una invitación. Cada movimiento suyo, cada gesto, estaba calculado para provocarlo. Sus manos resbalaban por su cuerpo, trazando las líneas de sus caderas anchas y sus pechos pesados, como si estuviera pintando un cuadro que solo él podía ver.

Diego, inmóvil en el umbral, la observaba con una mezcla de deseo y asombro. Ella lo sabía, y eso la excitaba aún más. Sus dedos se deslizaron entre sus piernas, jugueteando con su propio cuerpo mientras sus ojos se clavaban en los de él. No había palabras, pero el mensaje era claro: Mírame. Deséame. El agua resbalaba por su piel, mezclándose con el brillo de su excitación, y ella sonrió al ver cómo la mirada de Diego se oscurecía, cómo su respiración se aceleraba.

No pudo evitar mirar hacia abajo, hacia el bulto que se marcaba en los pantalones de Diego. Madre mía, qué pedazo de miembro. Tiesa, erecta, pidiendo atención. Ella se mordió el labio, sintiendo cómo su propio cuerpo respondía al espectáculo. El vapor de la ducha parecía envolverse alrededor de ellos, creando una atmósfera íntima y cargada de tensión.

Sin poder contenerse más, ella apagó la ducha y salió, envuelta solo en una toalla que apenas cubría su cuerpo. Diego no se movió, pero sus ojos la siguieron como si fuera un imán. Ella se acercó a él, lenta y deliberadamente, y con un movimiento rápido, le desabrochó los pantalones. Su polla saltó hacia afuera, gruesa y palpitante, y ella sonrió con satisfacción. Era perfecta.

Se arrodilló frente a él, sintiendo el calor de su cuerpo cerca del suyo. Con una mano, tomó su polla, sintiendo su dureza contra su palma. La otra mano se deslizó hacia sus testículos, masajeándolos suavemente mientras su boca se acercaba al miembro erecto. Lamió la punta, saboreando la sal de su piel, antes de deslizar su lengua por toda su longitud. Diego gimió, sus manos agarrando su cabello con fuerza, pero sin tirarlo. Ella sabía lo que hacía, y lo hacía bien.

Sus labios se cerraron alrededor de su polla, y ella comenzó a mover su cabeza arriba y abajo, sintiendo cómo su miembro llenaba su boca. Sus manos no se quedaban quietas; una seguía estimulando sus testículos, mientras la otra se deslizaba por su pecho, trazando los músculos tensos. Diego estaba al borde, pero ella no quería que terminara aún. No así.

"Basta", murmuró él, su voz ronca y llena de deseo. "No quiero correrme todavía".

Ella lo miró con una sonrisa pícara antes de levantarse, tomándolo de la mano y llevándolo hacia su habitación. La cama, grande y desordenada, los esperaba. Sin decir una palabra, ella se tumbó sobre ella, abriendo sus piernas en una invitación silenciosa. Su coño, húmedo y palpitante, estaba expuesto para él, y ella sabía que no podría resistirse.

Diego se arrodilló entre sus piernas, su polla aún erecta y lista. Con un movimiento lento y deliberado, la penetró, llenándola por completo. Ella gimió, sus manos agarrando las sábanas mientras él comenzaba a moverse dentro de ella. Cada embestida era profunda, rozando ese punto que la hacía arquearse de placer. Él también lo disfrutaba, su respiración acelerada y sus músculos tensos.

Su clítoris, excitado y hinchado, salía de su escondite, pidiendo atención. Ella lo rozó con sus propios dedos, aumentando su placer mientras Diego seguía moviéndose dentro de ella. Sus pechos rebotaban con cada embestida, y él no pudo resistirse a inclinarse hacia adelante, tomando uno en su boca. Sus labios y lengua jugaban con su pezón, haciéndola gemir aún más fuerte.

"Me voy a correr", susurró ella, su voz entrecortada por el placer. "Me estás haciendo correrme como una perra".

Diego sonrió, aumentando el ritmo de sus embestidas. Ella estaba cerca, tan cerca, y él quería que lo sintiera todo. Sus manos se movían por su cuerpo, tocando, acariciando, possesiéndola. Y entonces, justo cuando ella estaba a punto de alcanzar el clímax, él se detuvo.

"No aún", murmuró, sacando su polla de su coño.

Ella lo miró con ojos suplicantes, pero él ya se estaba moviendo, sentándose en el borde de la cama. "Chúpala", dijo, y ella no necesitó más invitación. Se arrodilló frente a él, tomando su polla una vez más en su boca. Lamió, chupó, saboreando su esencia mientras él se masturbaba frente a ella.

"Abre la boca", le dijo, y ella obedeció, sintiendo cómo su semen caliente y espeso llenaba su boca. Diego se corrió con un gemido profundo, su cuerpo temblando mientras ella tragaba cada gota.

Cuando terminó, ella lo miró con una sonrisa satisfecha, pero él no dijo nada. Solo se levantó, ajustándose los pantalones, y se dirigió hacia la puerta. Ella lo llamó, pero él no se detuvo. La dejó allí, en la cama, su cuerpo aún palpitante de placer, preguntándose qué había pasado y qué vendría después. La tensión en el aire era palpable, y ella sabía que esta no sería la última vez que jugarían este juego. Pero por ahora, solo quedaba la incertidumbre, y la promesa de más.

por: © Mary Love

Mary Love (@tequierodori) / X


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Libertad sexual en una orgia vikinga

"Viaje en el tiempo, libertad sexual y una orgía vikinga. Los científicos se enfrentan a una noche de pasión y descubren que su aventura ha despertado algo en ellos, algo que cambiará su presente."

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En un laboratorio de alta tecnología, escondido en las profundidades de la agencia aeroespacial, tres jóvenes científicos se encontraban al borde de un descubrimiento que cambiaría sus vidas para siempre. Lucas, un chico brillante y apasionado por la física, junto con sus colegas y amigas, Sofía y Valeria, ambas expertas en historia y antropología, habían dedicado meses a descifrar los misterios del viaje en el tiempo. La noche en que finalmente lograron activar el prototipo de la máquina del tiempo, la emoción era palpable en el aire.

—¿Están seguros de que esto funcionará? —preguntó Valeria, ajustando su gafas mientras observaba el intrincado dispositivo frente a ellos.

—Tan seguros como podemos estar —respondió Lucas con una sonrisa confiada—. Hemos verificado cada cálculo, cada componente. Si la teoría es correcta, deberíamos aparecer en la época de los vikingos, tal como planeamos.

Sofía, siempre la más pragmática del grupo, añadió: —Pero recuerden, no sabemos con qué nos vamos a encontrar. Tenemos que ser cautelosos y adaptarnos rápidamente.

Con un último intercambio de miradas, los tres activaron el dispositivo. Una luz cegadora los envolvió, y en un instante, el laboratorio desapareció, reemplazado por el rugido del viento y el olor a tierra húmeda. Cuando la luz se disipó, se encontraron en medio de un bosque denso, con el sonido de un río cercano y el canto de los pájaros llenando el aire.

—Lo logramos —murmuró Lucas, mirando a su alrededor con asombro.

—Ahora, a infiltrarnos —dijo Sofía, ajustando su mochila—. Recordad, debemos pasar desapercibidos.

Los tres se adentraron en el bosque, siguiendo el sonido del río hasta que llegaron a un claro. Allí, se encontraron con un asentamiento vikingo. Casas de madera, barcos en el río y gente vestida con pieles y armaduras les dieron la bienvenida. Los científicos se miraron, sabiendo que su aventura acababa de comenzar.

Con el tiempo, los tres lograron mezclarse con los vikingos, aprendiendo su idioma y costumbres. Lo que más les llamó la atención fue la libertad sexual que imperaba en la comunidad. No había tabúes, ni prejuicios. El sexo era una celebración de la vida, y todos participaban sin reparos.

Una noche, mientras se encontraban en una de las casas comunales, una orgía espontánea estalló. Los vikingos, ebrios de hidromiel, se despojaron de sus ropas y comenzaron a entrelazarse en un baile de carne y pasión. Lucas, Sofía y Valeria se miraron, sintiendo la tentación crecer en sus cuerpos.

—¿Qué hacemos? —susurró Valeria, sus ojos brillando con deseo.

—Creo que es hora de unirnos a la fiesta —respondió Lucas con una sonrisa pícara.

Sin más palabras, los tres se despojaron de sus ropas y se unieron a la orgía. Los cuerpos se movían al ritmo de los gemidos y los susurros lascivos. Sofía se encontró entre los brazos de una mujer vikinga de cabellera dorada, sus labios explorando cada rincón de su cuerpo. Valeria, por su parte, estaba siendo acariciada por dos hombres robustos, sus manos mapeando cada curva de su figura esbelta.

Lucas, sintiéndose abrumado por la intensidad de la situación, se dejó llevar por una mujer de mirada penetrante. Ella lo guió hacia un rincón, donde lo empujó contra la pared y comenzó a besarlo con fervor. Sus manos bajaron hasta su entrepierna, liberando su erección y comenzándo a masturbarlo con firmeza.

—Eres un guerrero fuerte —murmuró ella en su oído, su aliento caliente en su cuello.

—Y tú eres una diosa —respondió Lucas, su voz ronca de deseo.

Mientras la orgía continuaba, los tres científicos se dejaron llevar por la pasión, explorando cada placer que se les ofrecía. Sofía se encontró montando a una mujer, sus caderas moviéndose en un ritmo frenético mientras sus pechos rebotaban con cada embestida. Valeria, por su parte, estaba siendo penetrada por uno de los hombres mientras el otro la besaba apasionadamente, sus lenguas enredándose en un baile erótico.

En medio del caos, una figura imponente apareció en la puerta. Era el rey vikingo, acompañado por su reina. Ambos observaron la escena con una sonrisa aprobatoria, antes de unirse a la fiesta. El rey, un hombre alto y musculoso, se acercó a Valeria y la levantó en sus brazos, llevándola hacia su trono. La reina, una mujer de belleza salvaje, se acercó a Lucas y lo tomó de la mano, guiándolo hacia una habitación adyacente.

—Te he estado observando —murmuró la reina, sus ojos brillando con deseo—. Quiero probar tu fuerza.

Lucas, sintiendo su corazón latir con fuerza, asintió y la siguió. En la habitación, la reina se despojó de sus ropas, revelando un cuerpo escultural. Se acercó a Lucas y lo empujó contra la cama, comenzando a besarlo con fervor. Sus manos bajaron hasta su entrepierna, liberando su erección una vez más.

Mientras tanto, en el salón principal, el rey había colocado a Valeria sobre su trono, sus piernas abiertas para revelar su sexo húmedo. Él se arrodilló frente a ella y comenzó a lamerla con habilidad, sus dedos explorando cada rincón de su cuerpo. Valeria gemía de placer, sus manos agarrando los cabellos del rey mientras él la llevaba al borde del orgasmo una y otra vez.

Sofía, por su parte, se encontró con la reina en la habitación adyacente. La mujer la empujó contra la pared y comenzó a besarla con pasión, sus manos explorando cada curva de su cuerpo. Sofía, sintiendo el deseo crecer en su interior, se dejó llevar, sus labios respondiendo a los de la reina en un beso profundo.

La noche continuó con una intensidad que ninguno de los tres científicos había experimentado antes. Los cuerpos se entrelazaban en un baile de carne y pasión, los gemidos y susurros lascivos llenando el aire. Lucas, Sofía y Valeria se encontraron inmersos en un mundo de placer sin límites, donde los tabúes y prejuicios no existían.

Pero, mientras el sol comenzaba a asomarse en el horizonte, los tres supieron que su tiempo en la época de los vikingos estaba llegando a su fin. Con un último intercambio de miradas, se despidieron de sus amantes y se dirigieron hacia el bosque, donde la máquina del tiempo los esperaba.

Al activar el dispositivo, una luz cegadora los envolvió una vez más, y en un instante, el asentamiento vikingo desapareció, reemplazado por el laboratorio de la agencia aeroespacial. Los tres se miraron, sus cuerpos aún temblorosos por la intensidad de la experiencia.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Valeria, su voz aún ronca de deseo.

Lucas y Sofía se miraron, una sonrisa pícara en sus labios. Sabían que su aventura en el pasado había despertado algo en ellos, algo que no podían ignorar.

—Creo que es hora de organizar nuestra propia orgía —respondió Lucas con una sonrisa.

Y así, los tres científicos comenzaron a planear su próxima aventura, sabiendo que la libertad sexual que habían descubierto en el pasado sería su guía en el presente. Pero, mientras se preparaban para su nueva vida, una pregunta quedó en el aire: ¿qué otros placeres y secretos descubrirían en su viaje hacia la liberación sexual? La respuesta, al parecer, estaría en las manos de sus amigos y en las orgías que organizarían, dejando que la imaginación del lector volara hacia los límites de la pasión y el deseo.

por: © Mary Love

Nota de la autora:
"Las historias que cuento generalmente son ficciones sacadas de mi imaginación. Espero que mis relatos te trasporten a tus fantasías. Si te gustan mis historias compártelas con tus amigos, quizás les ayudes a salir de su rutina.
¡GRACIAS POR LEERME!

Clara y Lucas exploran sus limites

"Clara y Lucas desafían sus límites en un club BDSM. Ella toma el control, enseñándole a Lucas a retener su placer. Una noche de sumisión, control y placer compartido, donde exploran sus deseos más profundos."

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Clara, con una determinación que sorprendía incluso a Lucas, tomó las riendas de la situación. Después de semanas de explorar la sumisión bajo su guía, había llegado el momento de invertir los roles y llevar su dinámica a un nuevo nivel. Con una sonrisa enigmática, le anunció que esa noche irían a un lugar especial, un club privado de BDSM donde podrían desafiar sus límites en un entorno público pero discreto. Lucas, intrigado y excitado, asintió, sabiendo que Clara siempre tenía un plan maestro.


El club, conocido como La Cámara Escarlata, era un refugio para aquellos que buscaban explorar sus deseos más oscuros. Ubicado en un edificio anónimo en el corazón de la ciudad, su exterior no revelaba nada de lo que ocurría dentro. Al entrar, fueron recibidos por un maestro de ceremonias, un hombre alto y elegante con una voz grave que resonaba como un susurro seductor. "Bienvenidos", dijo, "esta noche, el control es suyo, Clara. ¿Qué desean explorar?".


Clara, con una confianza que Lucas no le había visto antes, respondió: "Quiero que Lucas experimente lo que es ser dominado, pero también quiero que aprenda a retener, a prolongar el placer para mí. Quiero que esta noche sea una lección para ambos". El maestro de ceremonias asintió, complacido, y les guió hacia una sala privada donde el aire olía a cuero y deseo.


La sala estaba iluminada con luces tenues, creando una atmósfera íntima pero cargada de tensión. En el centro, había una estructura de madera con correas y almohadillas, diseñada para permitir una variedad de posturas. Clara se acercó a Lucas, sus ojos brillando con una mezcla de excitación y determinación. "Esta noche, yo mando", susurró, antes de girarse hacia el maestro de ceremonias y añadir: "Pero con tu guía, por favor".


El maestro sonrió y comenzó a explicar las dinámicas que propondría. "Empezaremos con algo sencillo, pero intenso. Lucas, te ataré a la estructura, y Clara, tú decidirás cómo y cuándo proceder. Pero recuerda, el objetivo es que él aprenda a controlarse, a retrasar su placer para maximizar el tuyo". Lucas sintió un escalofrío de anticipación al ser guiado hacia la estructura. Sus muñecas y tobillos fueron asegurados con correas de cuero suave pero firmes, dejándolo inmovilizado pero cómodo.


Clara se acercó, su presencia dominando el espacio. Llevaba un vestido negro ajustado que resaltaba sus curvas, y sus ojos brillaban con una intensidad que Lucas no había visto antes. "Esta noche, eres mío", murmuró, antes de comenzar a explorar su cuerpo con las yemas de los dedos. Cada toque era deliberado, diseñado para despertar sus sentidos sin llevarlo al borde demasiado rápido.


El maestro de ceremonias observó con aprobación, interviniendo ocasionalmente para ofrecer consejos. "Recuerda, Clara, el control es clave. Usa su cuerpo como un lienzo, pinta con tus deseos". Siguiendo su consejo, Clara comenzó a alternar entre caricias suaves y toques más firmes, besos ligeros y mordiscos suaves. Lucas gemía suavemente, su cuerpo respondiendo a cada estímulo, pero Clara se aseguraba de mantenerlo al borde sin permitirle cruzar.


Después de un rato, Clara decidió cambiar las cosas. "Ahora, quiero que me mires", dijo, posicionándose frente a él. Se quitó el vestido lentamente, revelando su cuerpo desnudo bajo la luz tenue. Lucas la miró, hipnotizado, mientras ella se movía con gracia felina. "Quiero que aprendas a retenerte, a sentir cada fibra de tu ser sin dejarte llevar", susurró, antes de arrodillarse frente a él.


Con manos expertas, comenzó a estimularlo, pero cada vez que se acercaba demasiado, se detenía, prolongando la agonía deliciosa. Lucas jadeaba, su cuerpo tenso, pero Clara no cedía. "No aún", murmuró, su aliento caliente contra su piel. El maestro de ceremonias asintió con aprobación, viendo cómo Lucas aprendía a controlar sus impulsos.


Después de lo que pareció una eternidad, Clara decidió que era hora de cambiar las cosas. "Ahora, quiero que me sientas de todas las maneras posibles", dijo, guiándolo hacia una nueva postura. Lo liberó de las correas y lo llevó a una cama cercana, donde lo empujó suavemente para que se acostara boca arriba. "Es tu turno de recibir, pero recuerda, el control sigue siendo mío", advirtió.


Lo que siguió fue una danza de placer y dominación. Clara exploró su cuerpo con una mezcla de ternura y firmeza, usando sus manos, boca y cuerpo para llevarlo al límite una y otra vez. Lucas aprendía rápidamente, reteniendo su eyaculación mientras Clara se corría una y otra vez, sus gemidos llenando la sala. Cada orgasmo de ella era una recompensa para él, un testimonio de su capacidad para complacerla.


Finalmente, después de horas de juego, Clara decidió que era el momento. "Ahora, Lucas, es tu turno de liberarte, pero solo dentro de mí", susurró, posicionándose sobre él. Con un movimiento fluido, se deslizó sobre su erección, sintiendo cómo la llenaba por completo. Los dos se movieron al unísono, sus cuerpos sudorosos brillando bajo la luz tenue.


Lucas, siguiendo las lecciones de la noche, se controló hasta el último momento, antes de dejarse llevar por una oleada de placer que lo inundó por completo. Se corrió dentro de Clara, llenándola entera, mientras ella gritaba su nombre, su cuerpo convulsionando en un orgasmo final y liberador.


Cuando todo terminó, los dos yacían exhaustos, sus cuerpos entrelazados en un abrazo postcoital. El maestro de ceremonias se acercó, sonriendo con satisfacción. "Han hecho un trabajo excepcional. Esta noche, han explorado no solo sus cuerpos, sino también sus mentes y corazones".


Clara miró a Lucas, sus ojos llenos de gratitud y deseo. "Gracias por dejarme guiarte esta noche", susurró. Lucas sonrió, su mano acariciando su mejilla. "Gracias a ti por llevarme a lugares que ni siquiera sabía que existían".


La noche en La Cámara Escarlata había sido una lección en control, placer y confianza. Mientras salían del club, Clara y Lucas sabían que su relación había alcanzado un nuevo nivel, uno donde los roles podían invertirse, pero el respeto y el amor mutuo siempre permanecerían. El futuro era incierto, pero juntos, estaban listos para explorar cualquier cosa que se les presentara.


por: © Mary Love

Nota de la autora:
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Sumisión y Confianza

"Clara y Lucas desafían sus límites en una exploración íntima. ¿Podrán descubrir juntos los secretos de la sumisión y el dominio?"

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Lucas miró a Clara con una intensidad que la hizo sentir como si sus palabras hubieran abierto una puerta a un territorio desconocido, tanto para él como para ella. La propuesta de Clara de colaborar en OnlyFans había sido atrevida, pero la condición que él ahora ponía sobre la mesa era aún más audaz. No se trataba solo de crear contenido erótico; se trataba de explorar dinámicas que desafiarían sus límites y redefinirían su relación.


—¿Sumisión? —Clara repitió la palabra, como si al pronunciarla pudiera comprender mejor su peso. Sus ojos, normalmente llenos de confianza, ahora reflejaban una mezcla de curiosidad y nerviosismo. Sabía que Lucas no era un hombre común, y su doble vida como modelo erótico ya había despertado su interés. Pero esto era diferente. Esto era personal.


—No es solo sobre ti dominando, Clara —explicó Lucas, acercándose un paso, su voz baja y firme—. Si vamos a hacer esto, tiene que ser mutuo. Tú también tienes que estar dispuesta a explorar tu lado más sumiso. Solo así podremos entender realmente lo que significa esta dinámica.


Clara sintió un escalofrío recorrer su espalda. La idea de someterse a alguien, incluso a Lucas, era algo que nunca había considerado. Siempre había sido ella quien llevaba las riendas, tanto en su vida personal como en su trabajo en OnlyFans. Pero había algo en la forma en que Lucas lo planteaba que la intrigaba, que despertaba una curiosidad que no podía ignorar.


—¿Y qué ganas tú con esto? —preguntó, cruzando los brazos sobre su pecho, como si intentara proteger su vulnerabilidad.


Lucas sonrió, una sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos. —Gano la oportunidad de conocer a la verdadera Clara. La que no tiene miedo de soltarse, de confiar en mí. Y también gano la posibilidad de explorar mi propio lado dominante de una manera que sea auténtica, no solo una actuación para la cámara.


Clara lo miró en silencio durante unos segundos, procesando sus palabras. Sabía que tenía razón. Si iban a embarcarse en este proyecto juntos, no podía ser solo una transacción profesional. Tenía que haber algo más, algo que los conectara a un nivel más profundo.


—Está bien —dijo finalmente, su voz firme a pesar de la tormenta de emociones que se agitaba en su interior—. Acepto tu condición. Pero con una regla: todo lo que hagamos será consensuado. Si en algún momento me siento incómoda, paro.


Lucas asintió, su expresión seria. —Por supuesto. El consentimiento es lo primero. Y yo también me comprometo a respetar tus límites. Esto no se trata de forzar nada, sino de explorar juntos.


El aire entre ellos parecía cargado de electricidad, como si las palabras hubieran dado paso a una nueva fase en su relación. Clara sintió un cosquilleo en el estómago, una mezcla de excitación y nerviosismo que no podía ignorar.


—Entonces, ¿por dónde empezamos? —preguntó, intentando sonar casual, aunque su corazón latía con fuerza.


Lucas se acercó un poco más, su presencia dominante llenando el espacio entre ellos. —Empezamos por establecer las reglas. Y luego, por supuesto, por un poco de práctica.


Clara tragó saliva, sintiendo cómo su cuerpo respondía a su proximidad. —¿Práctica?


—Sí —dijo Lucas, su voz ahora más baja, más íntima—. No podemos simplemente lanzarnos a grabar contenido sin antes entender cómo funcionamos juntos en esta dinámica.


Clara asintió, aunque su mente ya estaba imaginando las posibilidades. —¿Y qué tienes en mente?


Lucas extendió una mano y tomó la de ella, tirando suavemente para que se acercara más. —Primero, vamos a establecer quién manda aquí.


Antes de que Clara pudiera responder, Lucas la había jalado hacia él, su cuerpo presionando contra el suyo con una fuerza que la dejó sin aliento. Sus labios se encontraron en un beso intenso, demandante, que la hizo sentir como si el mundo a su alrededor desapareciera.


Cuando finalmente se separaron, Clara estaba jadeando, su corazón latiendo con fuerza. —¿Eso fue...?


—Solo el principio —interrumpió Lucas, su voz ronca de deseo—. Ahora, voy a darte una orden, y quiero que la sigas sin cuestionarla. ¿Entendido?


Clara lo miró a los ojos, sintiendo una mezcla de excitación y nerviosismo. —Entendido.


—Bien —dijo Lucas, su expresión ahora seria, casi severa—. Quítate la camisa.


Clara dudó por un momento, su instinto rebelde queriendo discutir, pero algo en la forma en que Lucas la miraba la hizo obedecer. Lentamente, desabotonó su camisa y la dejó caer al suelo, quedando frente a él en sujetador.


Lucas la observó con una intensidad que la hizo sentir expuesta, pero no de una manera incómoda. Era como si estuviera viendo más allá de su piel, hasta su esencia misma.


—Ahora, siéntate en el sofá —ordenó, señalando el mueble detrás de ella.


Clara obedeció, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza mientras se sentaba, sus ojos fijos en Lucas. Él se movió con una gracia felina, acercándose a ella con una confianza que la hizo sentir pequeña.


—¿Alguna vez te han atado, Clara? —preguntó, su voz baja y seductora.


Ella negó con la cabeza, su voz apenas un susurro. —No.


Lucas sonrió, una sonrisa que prometía placer y algo más. —Entonces es hora de que experimentes.


Antes de que Clara pudiera procesar lo que estaba sucediendo, Lucas había sacado una cuerda de su bolsillo y se había arrodillado frente a ella. Con manos expertas, comenzó a atar sus muñecas, asegurándolas suavemente pero con firmeza al respaldar del sofá.


—¿Estás bien? —preguntó, sus ojos buscado los de ella en busca de cualquier signo de incomodidad.


Clara asintió, aunque su pulso acelerado delataba su nerviosismo. —Sí.


Lucas se inclinó hacia adelante, su aliento cálido en su oído. —Buena chica.


La forma en que dijo esas palabras, con una mezcla de aprobación y deseo, hizo que Clara se estremeciera. Nunca antes había sido llamada "buena chica" de esa manera, y la sensación la inundó de una excitación que no podía ignorar.


—Ahora —dijo Lucas, retirándose ligeramente para mirarla—, voy a tocarte, y quiero que te dejes llevar. ¿Puedes hacer eso por mí?


Clara tragó saliva, sintiendo cómo su cuerpo ya respondía a sus palabras. —Sí.


Lucas sonrió, una sonrisa que prometía placer y algo más. Con manos lentas y deliberadas, comenzó a explorar su cuerpo, sus dedos trazando patrones en su piel que la hicieron gemir suavemente.


—Eso es —murmuró, su voz ronca de deseo—. Déjate llevar, Clara. Confía en mí.


Y ella lo hizo. Se dejó llevar por las sensaciones que Lucas despertaba en ella, por el placer que sus manos expertas le proporcionaban. Gimiendo suavemente, se abandonó a la experiencia, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba y relajaba al ritmo de sus caricias.


Cuando finalmente Lucas la liberó, Clara estaba jadeando, su cuerpo cubierto de un brillo de sudor que la hacía sentir viva. Lo miró, sus ojos llenos de una mezcla de gratitud y deseo.


—¿Y ahora qué? —preguntó, su voz aún ronca de excitación.


Lucas se acercó, su presencia dominante llenando el espacio entre ellos. —Ahora, es mi turno de someterme. Pero eso, Clara, será otra historia.


La dejó con esas palabras, una promesa que la hizo sentir una mezcla de anticipación y nerviosismo. Sabía que lo que habían comenzado esa noche era solo el principio, y que su colaboración en OnlyFans sería mucho más que un simple proyecto profesional. Sería una exploración de sus límites, de sus deseos más profundos, y de la conexión que estaba comenzando a formarse entre ellos.


Y mientras Lucas se alejaba, Clara no pudo evitar sonreír, sintiendo una emoción que no había experimentado en mucho tiempo. Por primera vez en mucho tiempo, no sabía qué esperar, y eso la emocionaba más de lo que podía expresar.



por: © Mary Love

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La doble vida de Lucas

"Clara sigue la pista del chico de mantenimiento y descubre su secreto. ¿Aceptará Lucas la propuesta de colaboración? ¿Qué peligros acechan en su doble vida? Una intriga erótica que te dejará sin aliento."

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Clara se quedó tumbada en la cama, con el corazón aún acelerado y la mente en un torbellino de pensamientos. El encuentro con el chico de mantenimiento había sido intenso y apasionado, pero su repentina desaparición la dejó con un vacío inquietante. ¿Quién era ese joven? ¿Por qué se había marchado sin decir una palabra? La curiosidad la consumía, y decidió que no podía dejar las cosas así.


Al día siguiente, Clara se dirigió a la oficina de mantenimiento del campus con la esperanza de encontrar alguna pista sobre el misterioso chico. La recepcionista, una mujer de mediana edad con gafas y un aire eficiente, la recibió con una sonrisa profesional.


-- Disculpe, ¿podría ayudarme? -- preguntó Clara, tratando de sonar casual. -- Estoy buscando información sobre un chico que vino a reparar algo en mi habitación ayer. No sé su nombre, pero creo que es nuevo.


La recepcionista frunció el ceño, revisando los registros en su computadora.


-- Ayer no tuvimos ninguna solicitud de reparación en su edificio -- respondió, mirando a Clara con confusión.


El corazón de Clara se hundió. ¿Cómo era posible? Estaba segura de que el chico había mencionado algo sobre un problema con el aire acondicionado.


-- ربEs posible que fuera un error -- sugirió Clara, intentando mantener la calma. -- Tal vez no se registró correctamente.


La recepcionista negó con la cabeza.


-- Lo siento, pero todos los trabajos se registran aquí. ¿Está segura de que era personal de mantenimiento?


Clara se sintió frustrada y un poco avergonzada. ¿Y si todo había sido una fantasía? ¿Y si el chico no era real?


-- Estoy segura -- insistió, aunque su voz sonaba menos convencida.


Al salir de la oficina, Clara se sintió perdida. No sabía qué hacer a continuación. Caminó por el campus, sus pensamientos dando vueltas en su cabeza. De repente, recordó algo que el chico había mencionado durante su encuentro: había dicho que era estudiante de intercambio.


Con renovada determinación, Clara se dirigió a la oficina de asuntos internacionales. Allí, después de explicar su situación de manera vaga, logró que le proporcionaran una lista de estudiantes de intercambio que vivían en su edificio. El nombre que buscaba no estaba en la lista, pero uno llamó su atención: Lucas Martínez, un estudiante de arte de Argentina.


-- ¿Puedo ver su foto? -- preguntó Clara, señalando el nombre.


La empleada asintió y le mostró una imagen en la pantalla. El corazón de Clara dio un vuelco. Era él. El chico de mantenimiento, o al menos, alguien que se le parecía mucho.


-- ¿Dónde puedo encontrarlo? -- preguntó Clara, tratando de controlar su emoción.


La empleada le proporcionó la dirección de Lucas y Clara salió rápidamente, ansiosa por confrontarlo.


El apartamento de Lucas estaba en un edificio antiguo cerca del campus. Clara llamó al timbre, su corazón latiendo con fuerza. La puerta se abrió y allí estaba él, con una sonrisa tímida y esos ojos penetrantes que la habían cautivado.


-- Hola -- dijo Clara, intentando sonar casual. -- Soy Clara, vivimos en el mismo edificio.


Lucas la miró con curiosidad.


-- Ah, hola -- respondió, su voz suave y con un ligero acento argentino. -- ¿En qué puedo ayudarte?


Clara se sintió incómoda, pero decidió ir al grano.


-- Verás, ayer tuviste un... encuentro en mi habitación. Y me gustaría hablar contigo sobre eso.


La sonrisa de Lucas se desvaneció, reemplazada por una expresión de sorpresa y luego de preocupación.


-- No sé de qué estás hablando -- dijo, su voz ahora tensa.


Clara lo miró directamente a los ojos.


-- No te hagas el tonto, Lucas. Sé que fuiste tú. Y sé que no eres solo un estudiante de intercambio.


Lucas la miró con una mezcla de admiración y miedo.


-- ¿Cómo...? -- comenzó, pero no terminó la pregunta.


-- No importa cómo -- interrumpió Clara. -- Lo que importa es que quiero saber más sobre ti. Sobre tu doble vida.


Lucas la invitó a pasar, y Clara entró, sintiendo una mezcla de excitación y nerviosismo. El apartamento era pequeño pero acogedor, con lienzos a medio terminar y libros apilados por todas partes.


-- ¿Doble vida? -- preguntó Lucas, sentándose en el sofá y ofreciéndole un asiento a Clara.


-- Sí -- respondió Clara, sentándose frente a él. -- Descubrí que eres modelo erótico.


Lucas la miró con asombro.


-- ¿Cómo lo supiste?


-- Digamos que tengo mis fuentes -- respondió Clara, con una sonrisa enigmática. -- Pero no estoy aquí para juzgarte. De hecho, me intriga.


Lucas se reclinó en el sofá, procesando la información.


-- No es algo de lo que me sienta orgulloso -- admitió finalmente. -- Pero necesito el dinero para pagar mis estudios.


Clara asintió, comprensiva.


-- Lo entiendo. Pero también veo que tienes talento. Tus fotos... son increíbles.


Lucas sonrió, un poco avergonzado.


-- Gracias. Pero es solo un trabajo.


Clara se inclinó hacia adelante, su voz bajando a un susurro seductor.


-- ¿Y si te digo que podría ser más que un trabajo? ¿Que podríamos colaborar en algo... especial?


Lucas la miró con intensos, su mente trabajando a toda velocidad.


-- ¿A qué te refieres?


Clara se levantó y comenzó a caminar lentamente hacia él, cada paso cargado de intención.


-- Tengo una cuenta de OnlyFans -- reveló, su voz ronca y seductora. -- Y creo que juntos podríamos crear contenido que dejaría a mis seguidores sin aliento.


Lucas la observó acercarse, su cuerpo respondiendo a la proximidad de Clara.


-- No sé... -- comenzó, pero su voz se quebró.


Clara se detuvo frente a él, tan cerca que podía sentir su calor.


-- No tienes que decidir ahora -- susurró, su aliento cálido en su oído. -- Pero piénsalo. Podríamos ser... socios. En más de un sentido.


Lucas la miró, sus ojos oscuros brillando con deseo y curiosidad.


-- ¿Socios?


Clara sonrió, su mano rozando la de Lucas.


-- Socios en el crimen -- respondió, su voz cargada de promesa.


La tensión entre ellos era palpable, el aire cargado de posibilidad. Pero antes de que pudieran decir o hacer algo más, el teléfono de Lucas sonó, interrumpiendo el momento.


-- Lo siento -- dijo Lucas, mirando la pantalla. -- Tengo que tomar esto.


Clara asintió, sintiendo una mezcla de frustración y anticipación.


-- Está bien -- respondió, levantándose. -- Pero no olvides lo que te propuse.


Lucas la miró, su expresión indecisa.


-- No lo haré -- prometió, su voz baja y seductora.


Clara salió del apartamento, dejando a Lucas con el teléfono en la mano y una mente llena de pensamientos. La propuesta de Clara era tentadora, pero también arriesgada. ¿Podía confiar en ella? ¿Y qué pasaría si su doble vida salía a la luz?


Mientras caminaba de regreso a su habitación, Clara no podía sacar a Lucas de su mente. La idea de colaborar con él, de explorar su lado erótico juntos, la excitaba de una manera que no podía ignorar. Pero también sabía que había algo más en Lucas, algo que no había revelado completamente.


La noche cayó, y Clara se sentó frente a su computadora, abriendo su cuenta de OnlyFans. Mientras revisaba los comentarios y las solicitudes, su mente vagaba hacia Lucas. ¿Qué estaría haciendo en ese momento? ¿Pensaría en ella?


Decidió enviar un mensaje a sus seguidores, una foto sugerente con un pie de foto enigmático: "Próximamente: una colaboración que los dejará sin aliento". No mencionó a Lucas, pero la idea de que él pudiera ser parte de eso la excitaba.


Mientras esperaba una respuesta, Clara se recostó en su cama, sus pensamientos vagando hacia el futuro. ¿Qué pasaría si Lucas aceptaba su propuesta? ¿Dónde los llevaría esa colaboración?


La respuesta llegó en forma de un mensaje privado de un seguidor anónimo: "No puedo esperar a ver lo que tienes preparado. Pero ten cuidado, Clara. A veces, las colaboraciones pueden ser peligrosas".


Clara sonrió, intrigada por la advertencia. ¿Quién era ese seguidor? ¿Y qué sabía sobre Lucas?


La noche avanzó, y Clara se quedó despierta, sus pensamientos dando vueltas en un torbellino de posibilidades. La colaboración con Lucas era solo el comienzo. Y aunque no sabía qué vendría después, estaba lista para descubrirlo.


La escena final dejó a Clara en su habitación, con la mente llena de preguntas y el corazón latiendo con anticipación. La propuesta estaba hecha, pero la respuesta de Lucas seguía siendo un misterio. ¿Aceptaría? ¿Y qué secretos ocultaba su doble vida? La historia quedaba en suspenso, dejando al lector con la intriga de lo que vendría después.


Nota de la autora:

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Encuentro inesperado en la habitación de Clara


"Un encuentro inesperado en la habitación de Clara se convierte en una sesión de pasión desenfrenada. ¿Podrá el chico de mantenimiento satisfacer sus deseos más íntimos?"
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El sol de la tarde se filtraba a través de las cortinas de la habitación, proyectando un cálido resplandor sobre la cama deshecha. En el alojamiento del campus universitario, el silencio era casi palpable, interrumpido solo por el suave zumbido del aire acondicionado. Sobre la cama, tumbada boca arriba, estaba Clara, una estudiante de veintidós años con el cabello castaño suelto y los ojos cerrados en un gesto de concentración. Su cuerpo, desnudo de cintura para abajo, estaba expuesto sin pudor, su coño húmedo y rosado brillando bajo la luz tenue. Entre sus dedos, un teléfono móvil grababa la escena, capturando cada detalle para su cuenta de OnlyFans, donde compartía contenido íntimo con sus suscriptores.

Clara se movía con lentitud, sus dedos índice y corazón deslizándose con habilidad sobre su clítoris hinchado. Su respiración se aceleraba, mezclándose con los gemidos suaves que escapaban de sus labios. La habitación olía a lavanda y a algo más, algo más íntimo y primitivo, el aroma de su propia excitación. Estaba a punto de alcanzar el clímax, su cuerpo tenso como un arco a punto de soltar la flecha, cuando un ruido inesperado la sacó de su ensimismamiento.

La puerta de la habitación, que Clara estaba segura de haber cerrado, se abrió con un crujido. Un chico de mantenimiento, con un uniforme azul desgastado y una gorra en la cabeza, asomó tímidamente. Sus ojos se encontraron con los de Clara, y por un momento, el tiempo pareció detenerse. El chico, de unos veinticinco años, con el cabello oscuro y una barba de varios días, se quedó paralizado, su mirada fijándose en el cuerpo desnudo de Clara antes de subir rápidamente a su rostro.

—Perdón —murmuró él, su voz ronca y nerviosa—. Creí que era la salida.

Clara, aún con el teléfono en la mano, lo miró con una mezcla de sorpresa y excitación. Su corazón latía con fuerza, pero en lugar de sentirse avergonzada, sintió una oleada de calor que se extendía por su cuerpo. Sin pensarlo dos veces, lo invitó a pasar con un gesto de la mano.

—Si quieres que te perdone —dijo ella, su voz firme pero cargada de promesa—, ven, lame mi coño y comételo. Estoy a punto de correrme.

El chico dudó solo un instante antes de avanzar hacia la cama. Sus ojos brillaban con una mezcla de incredulidad y deseo, pero no dijo nada. Se arrodilló junto a Clara, su rostro a solo centímetros de su coño húmedo. Sin quitarse el uniforme, se inclinó hacia adelante, su aliento cálido rozando la piel sensible de Clara.

Con una lentitud deliberada, el chico comenzó a lamer su clítoris, su lengua firme y experta. Clara soltó un gemido ahogado, su cuerpo arqueándose ligeramente hacia él. El cabrón sabía lo que hacía; sus movimientos eran seguros, como si hubiera comido más de un coño en su vida. Sus labios rodearon su clítoris, succionando suavemente mientras su lengua trazaba círculos cada vez más rápidos.

—Más fuerte —susurró Clara, su voz ronca por la excitación—. No pares, cabrón.

Él obedeció, aumentando la intensidad de sus lamidas. Clara acercó su cabeza con una mano, guiándola hacia su coño, asegurándose de que no se detuviera. Su cuerpo temblaba, cada músculo tenso como si estuviera a punto de romperse. El sonido de sus gemidos llenó la habitación, mezclándose con los ruidos húmedos de su boca trabajando entre sus piernas.

—Me voy a correr —gimió Clara, su voz casi un susurro—. ¡Ahí, ahí!

Su cuerpo se convulsionó cuando el orgasmo la golpeó, ondas de placer que se extendían desde su coño hasta la punta de sus dedos. Su coño se contrajo alrededor de la lengua del chico, y ella sintió cómo su jugo fluía en su boca. Él no se detuvo, siguendo lamiendo y chupando hasta que Clara se relajó, su cuerpo cubierto de un fino sudor.

Sin decir una palabra, el chico se incorporó, su rostro enrojecido pero con una sonrisa satisfecha. Clara lo miró, su respiración aún entrecortada, y notó cómo su polla erecta se marcaba bajo el uniforme. Sin desnudarse, se abrió la bragueta y sacó su miembro, grueso y venoso, brillando con anticipación.

—Ahora es mi turno —murmuró él, su voz cargada de deseo.

Clara no dijo nada, solo extendió las piernas, invitándolo a entrar. Él no necesitó más invitación. Con un movimiento rápido, se posicionó entre sus piernas y la penetró de una sola estocada, su polla llenando su coño con una sensación de plenitud que la hizo gemir.

El chico comenzó a moverse con ritmo, sus caderas chocando contra las de Clara con fuerza. Cada embestida era profunda, su polla rozando lugares que la hacían gritar de placer. La cama crujió bajo su peso, pero ninguno de los dos se detuvo. Clara enredó sus piernas alrededor de su cintura, clavando las uñas en sus hombros mientras él la follaba con una intensidad que la dejó sin aliento.

—¡Joder, sí! —gritó ella, su voz mezclándose con los gemidos del chico—. ¡Más fuerte, cabrón!

Él obedeció, aumentando el ritmo hasta que la habitación estaba llena de sonidos obscenos: la carne chocando contra la carne, los gemidos de Clara, los gruñidos del chico. El sudor brillaba en sus cuerpos, y el aire se volvió pesado con el aroma de su pasión. Clara sintió cómo su coño se tensaba de nuevo, el placer acumulándose en su interior como una tormenta a punto de estallar.

—Me corro —gimió él, su voz ronca—. ¡Joder, me corro!

Clara gritó cuando él se vació dentro de ella, su semen caliente llenando su coño. Su cuerpo tembló, cada músculo convulsionándose mientras ella también alcanzaba el clímax, su jugo mezclándose con su leche. El chico se derrumbó sobre ella, su respiración entrecortada, su polla aún palpitando dentro de ella.

Por un momento, solo hubo silencio, el sonido de sus respiraciones entrecortadas llenando la habitación. Clara miró al chico, su rostro aún enrojecido, y sonrió. No sabía su nombre, ni él el suyo, pero en ese momento, no importaba.

El chico se incorporó lentamente, ajustándose el uniforme con una sonrisa tímida. Clara lo miró, su cuerpo aún tembloroso, y se preguntó qué pasaría después. Pero antes de que pudiera decir algo, él se giró y caminó hacia la puerta, su figura desapareciendo en el pasillo.

Clara se quedó tumbada en la cama, su coño aún palpitando, su mente dando vueltas. El teléfono, olvidado en el suelo, seguía grabando, capturando la escena de su cuerpo desnudo y satisfecho. Pero en ese momento, Clara no pensó en OnlyFans ni en sus suscriptores. Solo pensó en el chico de mantenimiento, en cómo había follado como si la conociera de toda la vida, y en la posibilidad de que sus caminos volvieran a cruzarse.

La puerta se cerró suavemente detrás de él, dejando a Clara sola con sus pensamientos y la cálida sensación de su semen dentro de ella. El sol se estaba poniendo, y la habitación se sumía en una penumbra suave. Clara sonrió, su cuerpo aún tembloroso, y se preguntó qué habría pasado si no hubiera estado grabando. Pero esa era una pregunta para otro día. Por ahora, solo podía disfrutar del momento, del recuerdo de su polla dentro de ella, y de la promesa de lo que podría haber sido. O de lo que aún podría ser.


por: © Mary Love

Nota de la autora:
"Las historias que cuento generalmente son ficciones sacadas de mi imaginación. Espero que mis relatos te trasporten a tus fantasías. Si te gustan mis historias compártelas con tus amigos, quizás les ayudes a salir de su rutina.
¡GRACIAS POR LEERME!

Sexo y pasión los domingos al despertar

"En un domingo de pasión, René y Nati se sumergen en un ritual de confesiones y deseo. Mientras Nati revive sus encuentros con otros hombres, René se excita, preguntando quién la folla mejor. ¿Podrá Nati mantener el secreto o revelará más de sus aventuras?"

_____________


La mañana del domingo se filtraba por las cortinas de lino, proyectando una luz dorada sobre la habitación. René, de 68 años, se despertó con la familiar sensación de anticipación que siempre lo acompañaba en ese día de la semana. A su lado, Nati, su esposa de 62 años, remoloneando plácidamente en su despertar , su cabello rubio teñido esparcido sobre la almohada. Rene la observaba, admirando la serenidad de su rostro, antes de deslizar su mano sobre su cadera, despertándola con un roce suave pero intencionado.

—Buenos días, mi amor —dijo René, su voz ronca por el sueño.

Nati abrió los ojos lentamente, sus pupilas verdes brillando con una chispa de complicidad. Sabía lo que venía. Los domingos eran su ritual, un encuentro que ambos esperaban con ansias. Se estiró perezosamente, su cuerpo maduro pero aún lleno de vida, y le dedicó una sonrisa pícara.

—Lo deseo con ansia —dijo, su voz cargada de deseo.

René asintió, su mano ya deslizándose bajo las sábanas para acariciar su muslo. Nati se incorporó, su camiseta cayendo de sus hombros mientras se sentaba en la cama. Su piel, aunque marcada por el paso del tiempo, irradiaba una sensualidad que René encontraba irresistible. Se acercó a ella, sus labios buscando los suyos en un beso profundo, cargado de deseo.

—Hoy quiero que me cuentes —susurró René, sus dedos trazando círculos en su espalda—. Cuéntame cómo te han follado otros tíos, sabes que eso me excita.

Nati sonrió, una sonrisa que revelaba años de experiencias y secretos. Sabía que eso lo excitaba, que la idea de imaginarla con otros hombres avivaba su pasión. Se recostó sobre las almohadas, su mirada perdida en el recuerdo mientras René se arrodillaba entre sus piernas, su bata cayendo al suelo.

—¿Quieres saber... te pone cachondo? —preguntó ella, su voz picara.

—Sí, saber que te han follado pero ahora eres mía —respondió René, mientras se deshacía de su propio pijama—. Cuéntame todo.

Nati cerró los ojos, dejándose llevar por los recuerdos. Su primer esposo, un hombre 34 años mayor que ella, había estado enfermo durante dos años antes de morir. Durante ese tiempo, ella lo había respetado, pero su cuerpo había anhelado el contacto, el placer que solo el sexo podía darle. Se masturbaba en silencio, pero había tenido oportunidades, momentos robados que ahora revivía en su mente.

—Hubo un médico —empezó ella, su voz suave pero cargada de emoción—. Uno de los que atendía a mi primer esposo. Era joven, fuerte. Una noche, después de una visita, se quedó más tiempo del necesario.

René la escuchaba, su respiración acelerándose mientras sus manos comenzaban a explorar su cuerpo. Deslizó sus dedos sobre su vientre, subiendo hacia sus pechos, que aún conservaban la firmeza de la madurez. Nati gimió suavemente, su cuerpo respondiendo a su tacto.

—¿Cómo fue? —preguntó René, su voz cargada de lujuria.

—Fue en el consultorio —continuó Nati, su voz temblorosa—. Me empujó contra la mesa, su bata blanca cayendo al suelo. Era alto, musculoso. Me tomó con fuerza, como si necesitara poseer algo, alguien.

René imaginó la escena, su mente pintando imágenes vívidas de Nati siendo tomada por otro hombre. Su excitación creció, su miembro endureciéndose mientras se colocaba sobre ella, sus labios buscando los suyos en otro beso apasionado.

—¿Y el cubano? —preguntó, sus manos deslizándose entre sus piernas, sintiendo su humedad—. ¿El del pub de jazz?

Nati sonrió, sus ojos brillando con un recuerdo particularmente vívido.

—Ah, él fue diferente —murmuró—. Lo conocí en Madrid, en un pub donde tocaba jazz. Era negro, alto, con una sonrisa que podía derretir el hielo. Bailamos, bebimos. Y luego...

Su voz se desvaneció, como si el recuerdo fuera demasiado intenso para ponerlo en palabras. René la besó de nuevo, sus labios presionando contra los suyos con urgencia.

—¿Cómo te folló? —preguntó, su aliento caliente en su oído.

—Con pasión —susurró Nati, su cuerpo arqueándose bajo el suyo—. Me llevó a su apartamento, un lugar pequeño pero lleno de música. Me desnudó lentamente, como si fuera una obra de arte. Su piel era oscura, suave, y sus manos... sus manos sabían exactamente dónde tocar.

René la escuchaba, su mente creando una película erótica que lo excitaba más que cualquier otra cosa. Sus dedos se movían entre sus piernas, sintiendo su humedad aumentar mientras ella hablaba.

—¿Y su hermana? —preguntó, su voz ronca de deseo—. La lesbiana.

Nati sonrió, un rubor subiendo por sus mejillas.

—Ella fue... intensa —admitió—. Me llevó a su mundo, un mundo de placer femenino. Me enseñó cosas que nunca había imaginado.

René la besó de nuevo, sus labios devorando los suyos mientras sus manos la preparaban para lo que venía. Se colocó entre sus piernas, su miembro erecto rozando su entrada.

—¿Quieres que te folle como ellos? —preguntó, su voz cargada de promesa.

Nati asintió, su cuerpo temblando de anticipación.

—Sí —susurró—. Fóllame como una perra, René. Hazme recordar.

Y con eso, René mientras le tocaba su coño y la tenia bien húmeda la penetro, su miembro llenando su coño mientras Nati gemía de placer. La folló con destreza, sus caderas moviéndose en un ritmo constante mientras ella recordaba, revivía cada encuentro, cada toque, cada beso.

—¿Te gusta? —preguntó René, su voz ronca mientras la miraba a los ojos.

—Sí —gimió Nati, su cuerpo arqueándose bajo el suyo—. Me encanta.

Y mientras la follaba, mientras sus cuerpos se movían al unísono, Nati cerró los ojos, dejándose llevar por los recuerdos. El médico, el cubano, su hermana... cada uno había dejado su marca en ella, y ahora, con René, revivía cada momento, cada sensación, ella se excitaba pero era él quien la follaba.

Pero mientras se acercaba al orgasmo, mientras su cuerpo liberaba su corrida su cuerpo temblaba al borde del abismo, se vaciaba con su polla dentro de ella.

Fernando susurró algo que la hizo detenerse.

—¿Quién te folla mejor... dime? —preguntó, su voz cargada de desafío—. ¿Yo o ellos?

Nati abrió los ojos, su mirada encontrándose con la suya. Sonrió, una sonrisa pícara que prometía más de lo que podía dar.

—Eso —susurró, su voz temblorosa de placer—, tendrás que descubrirlo tú mismo.

—No, quiero que me lo digas mientras te follo, me excita—, le reclamaba el.

Sus recuerdos y sus palabras me encienden, y acelero, embistiéndola con más ritmo, el sonido de nuestros cuerpos chocando resonando en la habitación. Ella se corre otra vez, su segundo orgasmo sacudiéndola, sus piernas apretándome contra ella. 

—¡Sí, joder, siii...no pares amor!”—, grita, pero no para, sigue moviendo las caderas, pidiéndome más. —Sigue, no pares, fóllame como ellos—, enloquecida de placer. 

Su coño me aprieta tan fuerte que me pone al límite, y entonces, mientras su cuerpo tiembla en su tercer orgasmo, no puedo contenerme. “Joder, Nati, me pone tan cachondo verte así… me encantaría verte follar con otro tío, ver cómo te abren y te hacen gritar delante de mí”. Ella gime más fuerte, sus ojos encendidos de lujuria. “Sí, cabrón, me gustaría que lo vieras… y lo verás algún día. Traeremos a casa un chico joven, con una polla dura, y me follará delante de ti para que veas cómo me corro como perra…”.

Y con eso, se dejó caer en el abismo, su cuerpo convulsionando en un orgasmo que la dejó sin aliento, mientras René, aún dentro de ella, se preguntaba qué más podía descubrir en los secretos de su esposa. La escena quedó suspendida, el futuro incierto, mientras sus cuerpos se entrelazaban en un abrazo post-coital, dejando al lector imaginando qué más podría revelar Nati en su próximo encuentro.


por: © Mary Love

Nota de la autora:
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La noche del éxtasis con el néctar de las diosas


"En un hotel erótico, Lola, una mujer madura y sensual, exige ser follada por su esposo y un joven amante. La habitación, con sus espejos y columpio, se convierte en un escenario de deseo y pasión. ¿Podrán Juan y Adrián satisfacer sus deseos?"
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El sábado 19 de julio llegó con un calor sofocante, pero Lola no sentía el peso del verano. Su mente estaba en otro lugar, en el encuentro que había organizado con su esposo Juan y Adrián, el joven de 21 años que había entrado en sus vidas como un torbellino de pasión y desenfreno. Ya habían compartido dos encuentros sexuales, cada uno más intenso que el anterior, pero esta vez Lola quería algo diferente, algo que los llevara a todos al límite. El hotel erótico, con sus muebles diseñados para el placer y sus columpios que prometían posturas imposibles, era el escenario perfecto para lo que tenía en mente.

Lola, a sus 62 años, irradiaba una sensualidad que desafiaba el paso del tiempo. Su cuerpo, aunque marcado por la experiencia, conservaba una elegancia y un deseo que muchos jóvenes envidiarían. Sus pechos, generosos y sabios, y su cintura aún esbelta, eran testigos de una vida vivida con intensidad. Juan, su esposo, la miraba con adoración mientras se preparaban para salir. Sabía lo que ella quería, lo que necesitaba, y estaba dispuesto a dárselo todo.

Al llegar al hotel, la habitación los recibió con una luz tenue y un aroma a sándalo que invitaba a la relajación. Las paredes estaban adornadas con espejos que multiplicaban las posibilidades de miradas y deseos. En el centro de la habitación, un columpio sexual colgaba del techo, sus correas de cuero brillando bajo la luz indirecta. Lola sonrió, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba de anticipación.

Adrián llegó poco después, su juventud y energía llenando el espacio. Su cuerpo atlético y su sonrisa pícara contrastaban con la madurez de Lola y Juan, pero era precisamente esa diferencia lo que hacía que la química entre ellos fuera tan explosiva. Los tres se miraron, sabiendo que lo que estaba por venir sería inolvidable.

—¿Estás lista, Lola? —preguntó Juan, su voz ronca de deseo.

—Más que lista —respondió ella, desabotonando lentamente su blusa. Sus pechos quedaron al descubierto, sus pezones ya endurecidos por la excitación. Adrián se acercó, sus ojos fijos en el cuerpo de Lola, como si no pudiera creer que estuviera allí, dispuesta a todo.

Lola se acercó al columpio y se sentó en él, sintiendo cómo el cuero frío rozaba su piel. Juan y Adrián se posicionaron a ambos lados, sus manos ya temblorosas por el deseo. Ella los miró, sus ojos brillando con una mezcla de lujuria y poder.

—Quiero que me follen los dos a la vez —dijo, su voz firme pero cargada de deseo—. Con sus bocas, con sus lenguas. Quiero sentir cómo me comen el coño, cómo saborean mi clítoris, cómo me lo ponen grande y excitado.

Juan y Adrián no necesitaron más instrucciones. Se arrodillaron frente a ella, sus rostros a la altura de su sexo. Lola abrió las piernas, exponiendo su coño húmedo y caliente. Adrián se inclinó primero, su lengua trazando círculos alrededor de su clítoris, mientras Juan se dedicaba a lamer sus labios vaginales con lentitud y precisión.

Lola gimió, su cabeza cayendo hacia atrás mientras el placer la invadía. Las lenguas de los dos hombres trabajaban en armonía, una estimulando su clítoris, la otra explorando cada rincón de su sexo. Sus manos no se quedaban atrás: Adrián separó sus glúteos, exponiendo su ano, y comenzó a lamerlo con delicadeza, mientras Juan introducía un dedo en su coño, moviéndolo con ritmo.

—Más —susurró Lola, su voz entrecortada por el placer—. Quiero sentir más.

Juan sacó un frasco de miel y lo abrió, vertiendo el líquido dorado sobre el cuerpo de Lola. La miel cayó sobre sus pechos, su vientre, su coño, pegajosa y dulce. Adrián y Juan no dudaron en lamerla, sus lenguas recorriendo cada centímetro de su piel, mezclando el sabor de la miel con el de Lola.

Ella se retorcía en el columpio, sus gemidos llenando la habitación. El placer era abrumador, cada lamida, cada toque, la llevaba más cerca del borde. Quería correrse en sus bocas, quería que sintieran su sabor, su esencia.

—Cómeme el coño —ordenó, su voz cargada de autoridad—. Quiero correrme en sus bocas.

Adrián y Juan obedecieron, sus lenguas trabajando en sincronía, uno lamiendo su clítoris, el otro devorando sus labios vaginales. Lola se dejó llevar, su cuerpo tensándose mientras el orgasmo la invadía. Gritó, su voz resonando en la habitación, mientras su coño se contraía, liberando su esencia en las bocas de los dos hombres.

Cuando el orgasmo finalmente cedió, Lola quedó exhausta, pero su deseo no había disminuido. Miró a Juan y a Adrián, sus cuerpos brillando con la miel y el sudor.

—Ahora fóllenme —dijo, su voz ronca pero firme—. Quiero sentir sus pollas dentro de mí, los dos a la vez.

Juan y Adrián se levantaron, sus erecciones imposibles de ignorar. Lola se posicionó en el columpio, sus piernas abiertas, su coño aún palpitante del orgasmo anterior. Adrián se acercó primero, su polla dura y caliente penetrando su sexo con lentitud. Lola gimió, sintiendo cómo la llenaba, cómo la estiraba.

Juan no se quedó atrás. Se posicionó detrás de ella, su polla rozando su ano antes de entrar con decisión. Lola sintió cómo la llenaban por completo, cómo la estiraban hasta el límite. Los dos hombres comenzaron a moverse, sus embestidas sincronizadas, sus pollas entrando y saliendo de su cuerpo con ritmo.

—Más rápido —gimió Lola, su voz cargada de deseo—. Quiero sentir cómo se corren dentro de mí.

Adrián y Juan aumentaron el ritmo, sus embestidas más profundas, más rápidas. Lola se dejó llevar, su cuerpo respondiendo a cada movimiento, cada fricción. Quería sentir sus eyaculaciones, quería que la llenaran con su semen, que la hicieran correrse de nuevo.

Adrián fue el primero en alcanzar el clímax, su polla latiendo dentro de ella mientras se corría con fuerza. Lola sintió cómo su semen caliente la llenaba, cómo la llevaba al borde de nuevo. Juan no tardó en seguirlo, su polla latiendo en su ano mientras se corría con un grito ahogado.

Lola explotó, su orgasmo sacudiéndola con una intensidad que no había sentido antes. Su cuerpo se tensó, sus músculos se contrajeron, mientras el placer la invadía por completo. Gritó, su voz mezclándose con los gemidos de los dos hombres, mientras su coño y su ano se llenaban de su semen.

Cuando finalmente todo terminó, los tres quedaron exhaustos, sus cuerpos brillando con el sudor y la miel. Lola sonrió, sintiendo una satisfacción profunda. Había sido exactamente lo que necesitaba, lo que había deseado.

—Gracias —susurró, su voz cargada de emoción.

Juan y Adrián la miraron, sus ojos llenos de adoración y deseo. Sabían que ese encuentro había sido especial, que había marcado un antes y un después en su relación. Lola se recostó en el columpio, su cuerpo aún tembloroso, mientras los dos hombres la abrazaban, protegiéndola, amándola.

En ese momento, Lola se sintió completa, plena. Había explorado sus límites, había vivido su deseo sin miedo, y había encontrado en Juan y Adrián a los cómplices perfectos para su pasión. Mientras la luz tenue de la habitación iluminaba sus cuerpos entrelazados, Lola cerró los ojos, saboreando la calma después de la tormenta, y se preguntó qué más les depararía el futuro.



por: © Mary Love

Nota de la autora:
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Deseo y sexo en la albufera durante las fiestas de San Juan

LA NOCHE EN la Albufera de Alicante era un abrazo húmedo y cargado de promesas. La brisa salada entraba por las ventanas abiertas, acaricia...