"La curiosidad de Elena lleva a una tentadora sorpresa para Mario. ¿Qué descubrirá en su habitación? Una tarde de pasión y una conexión inesperada."
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El sol de la tarde se filtraba a través de las cortinas del salón, proyectando un cálido resplandor sobre la figura de Mario, quien estaba completamente absorto en su juego de consola. Sus dedos se movían con agilidad sobre los controles, su rostro concentrado y ajeno al mundo que lo rodeaba. A sus dieciocho años, Mario era la imagen misma de la juventud: cabello oscuro y despeinado, piel tersa y un cuerpo esbelto pero bien formado, propio de alguien que aún estaba descubriendo su propia fuerza.
En el otro extremo de la sala, Elena observaba al joven con una mezcla de curiosidad y nostalgia. A sus setenta años, había vivido lo suficiente para saber que la vida era un ciclo interminable de cambios, pero aún así, ver a Mario le recordaba lo que era ser joven, lleno de energía y posibilidades. Elena nunca se había casado, y aunque había disfrutado de su libertad y de su sexualidad sin ataduras, a veces se preguntaba qué habría sido de su vida si hubiera tomado un camino diferente. Pero esas eran reflexiones para otro momento. Ahora, lo que importaba era que Mario estaba bajo su cuidado mientras sus padres estaban de viaje, y ella estaba decidida a asegurarse de que todo saliera bien.
—Mario —llamó Elena, interrumpiendo el silencio que solo era roto por los sonidos del juego—. ¿Podrías ayudarme a barrer las habitaciones? No es mucho, pero sería de gran ayuda.
El joven levantó la vista, sus ojos verdes brillando con una mezcla de sorpresa y ligera molestia. —¿Ahora? —preguntó, como si el mundo entero dependiera de que terminara esa partida.
Elena sonrió con paciencia. —No te quitará mucho tiempo, cielo. Además, un poco de ejercicio no te vendrá mal.
Mario suspiró, pero finalmente apagó la consola y se levantó del sofá. —Está bien, voy.
Mientras Mario se dirigía hacia las habitaciones, Elena lo observó con una sonrisa divertida. Era un chico bueno, aunque a veces un poco perezoso, como cualquier joven de su edad. Ella, por su parte, se dirigió a la cocina para terminar de recoger los platos del almuerzo, tarareando una melodía antigua que le traía recuerdos de su juventud.
Las habitaciones estaban en el segundo piso, y Elena subió las escaleras con calma, llevando la escoba y el recogedor. Mario ya estaba en la primera habitación, barriendo con desgano. Elena entró y comenzó a ayudarlo, moviendo los muebles para asegurarse de que no quedara ni un rincón sin limpiar.
—Aquí, detrás de la cama —dijo Elena, señalando con la escoba.
Mario se agachó y, al mover la cama, algo llamó su atención. —¿Qué es esto? —murmuró, sosteniendo en su mano un par de braguitas de encaje negro.
Elena se acercó, su corazón latiendo con una mezcla de sorpresa y excitación. —Ah, esas son mías —dijo con una sonrisa, aunque en su interior sabía que no era del todo cierto. Las había dejado allí a propósito, una pequeña trampa para ver cómo reaccionaba Mario.
El joven las miró con curiosidad, su rostro enrojeciendo ligeramente. —¿Las quieres? —preguntó, extendiéndoselas.
Elena negó con la cabeza, su voz suave y tentadora. —Quédate con ellas, si quieres. No las necesito.
Mario las miró de nuevo, y esta vez, sus ojos se iluminaron con una chispa de algo que Elena no pudo identificar del todo. —Gracias —murmuró, guardándolas en su bolsillo.
Terminaron de barrer la habitación en silencio, pero Elena notó que Mario estaba distraído, sus pensamientos claramente en otro lugar. No dijo nada, pero sonrió para sí misma, sabiendo que había plantado una semilla de curiosidad en la mente del joven.
Más tarde, mientras Elena estaba en la cocina preparando la cena, escuchó el sonido de un teléfono cayendo al suelo en el piso de arriba. —Mierda —murmuró Mario desde su habitación.
Elena sonrió y subió las escaleras con el teléfono en la mano. Sabía que era de Mario, y esta era su oportunidad para ver qué estaba haciendo. Al llegar a la puerta de su habitación, la encontró entreabierta. Dentro, Mario estaba de pie junto a la cama, las braguitas de encaje en su mano y su polla joven y erecta asomando por la cintura de sus pantalones.
El corazón de Elena latió con fuerza, una oleada de excitación recorriéndola de pies a cabeza. Había visto muchas pollas en su vida, pero había algo en la de Mario que la atrajo de una manera que no podía explicar. Era joven, dura y perfectamente formada, un símbolo de la vitalidad que ella ya no poseía pero que aún anhelaba.
Sin pensarlo dos veces, Elena empujó la puerta y entró en la habitación. Mario se giró, sus ojos ampliándose de sorpresa al verla allí. —Eh… —balbuceó, intentando cubrir su erección con las manos.
Elena no dijo nada. Se acercó a él con pasos lentos y deliberados, sus ojos fijos en la polla que Mario intentaba ocultar. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, extendió su mano y la tomó con firmeza, sintiendo el calor y la dureza de la juventud en sus dedos.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Mario, su voz temblorosa.
Elena sonrió, su aliento cálido en su oído. —Lo que deberías haber hecho desde el principio —murmuró, antes de arrodillarse frente a él.
Mario intentó protestar, pero las palabras se le atascaron en la garganta cuando Elena lamió la punta de su polla con la punta de la lengua. Un gemido escapó de sus labios, y sus manos se aferraron a los hombros de Elena mientras ella comenzaba a chuparlo con lenta deliberación.
La boca de Elena era cálida y húmeda, sus labios envolviendo la polla de Mario con una habilidad que solo la experiencia podía dar. Su lengua trazó círculos alrededor de la cabeza, saboreando el sabor salado de su pre-eyaculación antes de deslizarse hacia abajo, tomando tanto de su longitud como podía.
—Joder… —gimió Mario, su cuerpo temblando con la intensidad de las sensaciones.
Elena sonrió en torno a su polla, disfrutando del sabor de su juventud. Lo miró a los ojos mientras lo chupaba, viendo cómo su rostro se distorsionaba con el placer. Era una visión que la excitaba más de lo que podía expresar, y su propia humedad comenzó a acumularse entre sus muslos mientras continuaba con su tarea.
Cuando la polla de Mario estuvo dura como la piedra, Elena se puso de pie, sus ojos brillando con deseo. —Ahora es mi turno —murmuró, antes de empujarlo suavemente hacia la cama.
Mario se dejó caer sobre las sábanas, sus ojos siguiendo cada movimiento de Elena mientras se desabrochaba la blusa y la dejaba caer al suelo. Su cuerpo no era el de una joven, pero había una belleza en sus curvas maduras, en la suavidad de su piel y en la confianza con la que se movía.
Se quitó la falda, revelando unas bragas de encaje que contrastaban con su edad pero que, de alguna manera, la hacían ver aún más deseable. Mario la miró con ojos hambrientos, su polla palpitando con anticipación.
Elena se acercó a la cama, sus manos acariciando los muslos de Mario antes de deslizarse hacia arriba, rozando la cabeza de su polla con la punta de los dedos. —¿Quieres follarme, cielo? —preguntó, su voz ronca de deseo.
Mario asintió, incapaz de hablar.
Elena sonrió y se posicionó sobre él, guiando la cabeza de su polla hacia su entrada antes de bajar lentamente, sintiendo cómo la llenaba poco a poco. El calor y la dureza de Mario dentro de ella la hicieron gemir, y sus paredes vaginales se contrajeron en torno a él, apretándolo con una intensidad que lo hizo jadear.
—Joder, estás tan estrecha —gimió Mario, sus manos aferrándose a sus caderas mientras comenzaba a moverse dentro de ella.
Elena cabalgó sobre él con lentitud al principio, disfrutando de la sensación de su polla joven y dura llenándola por completo. Sus pechos rebotaban con cada movimiento, y su rostro estaba enrojecido por el esfuerzo y el placer.
—Más rápido —demandó Mario, sus caderas levantándose para encontrarse con las de ella.
Elena sonrió y aumentó el ritmo, moviéndose sobre él con una ferocidad que no había sentido en años. El sonido de la carne chocando contra la carne llenó la habitación, mezclándose con los gemidos y jadeos de ambos.
Mario la agarró por las caderas, guiando sus movimientos mientras la follaba con una intensidad que la dejó sin aliento. Sus bolas golpeaban contra ella con cada embestida, y Elena sabía que no duraría mucho más.
—Voy a correrme —gimió Mario, su voz ronca de necesidad.
—Hazlo —susurró Elena, su propio orgasmo acercándose rápidamente.
Las paredes de su vagina se apretaron en torno a la polla de Mario, y ella gritó su nombre mientras su cuerpo temblaba con la fuerza de su liberación. Mario la siguió poco después, su polla palpitando dentro de ella mientras vaciaba su semen en su interior.
Cuando finalmente se detuvieron, Elena se derrumbó sobre el pecho de Mario, su respiración entrecortada y su corazón latiendo con fuerza. Mario la abrazó, sus manos acariciando su espalda con ternura.
—Eso… fue increíble —dijo Mario, su voz aún temblorosa.
Elena sonrió, su rostro enterrado en su cuello. —Lo fue —murmuró, antes de levantarse y ajustarse la ropa.
Mientras salía de la habitación, no pudo evitar mirar atrás, viendo a Mario aún tendido en la cama, su cuerpo relajado y satisfecho. Era una imagen que sabía que recordaría durante mucho tiempo, un recordatorio de que, aunque su cuerpo ya no fuera joven, su espíritu aún podía arder con la misma intensidad que siempre había tenido.
Y mientras cerraba la puerta detrás de ella, Elena sonrió para sí misma, sabiendo que esta no sería la última vez que compartiría un momento así con Mario. La vida, después de todo, era demasiado corta para no disfrutar de cada oportunidad que se presentara.
por: © Mary Love
Nota de la autora:
"Las historias que cuento generalmente son ficciones sacadas de mi imaginación. Espero que mis relatos te trasporten a tus fantasías. Si te gustan mis historias compártelas con tus amigos, quizás les ayudes a salir de su rutina.
¡GRACIAS POR LEERME!










