Deseo y sexo en la albufera durante las fiestas de San Juan


LA NOCHE EN
la Albufera de Alicante era un abrazo húmedo y cargado de promesas. La brisa salada entraba por las ventanas abiertas, acariciando la piel como una lengua invisible y traviesa. Antonio, un hombre de 55 años robusto y bronceado por el sol del mediterráneo, regresó a casa después de una cena animada con los amigos de la barraca durante las Hogueras de San Juan. El licor aún ardía en sus venas, y las risas compartidas con Carlos, el informático de 27 años de mirada traviesa y cuerpo atlético, le habían dejado un cosquilleo especial. Entre copas, Carlos le había susurrado el nombre de una página de relatos eróticos explícitos. Antonio, novato en esos mundos digitales, lo apuntó en su móvil con el pulso acelerado.

Al entrar en casa, el silencio lo recibió como un cómplice. Loli, su esposa de 50 años, dormía plácidamente en la cama. Su melena castaña se desparramaba sobre la almohada, y su cuerpo curvilíneo apenas cubierto por una fina camiseta de tirantes que se pegaba a sus pechos voluptuosos y pesados. Los pezones oscuros se marcaban claramente bajo la tela, duros y tentadores. Antonio sintió cómo su polla empezaba a engordar solo con mirarla.
Se sentó frente al ordenador en el salón, la pantalla iluminando su rostro. Entró en la página y se sumergió en la sección de intercambios y tríos. Los relatos eran puro fuego: mujeres gritando de placer mientras dos pollas las penetraban al mismo tiempo, lenguas lamiendo coños chorreantes, semen caliente salpicando tetas y culos. Su polla se puso dura como una barra de hierro, palpitando dolorosamente contra el pantalón. Sacó el juguete masturbador que Loli le había regalado, un tubo de silicona suave y apretado que imitaba un coño caliente y jugoso. Se untó generosamente con lubricante, el líquido frío resbalando por su grueso tronco y sus huevos pesados. Deslizó el juguete sobre su erección y empezó a masturbarse con fuerza mientras leía.
“Joder, qué caliente está esto”, gruñó, acelerando el ritmo. Imaginaba a Loli siendo follada por un desconocido mientras él miraba. El orgasmo se acercaba rápido. “¡Me estoy corriendo, sigue, no pares!”, jadeó para sí mismo, embistiendo el juguete como si fuera un coño real. Su polla explotó, llenando el interior de semen espeso y caliente mientras su cuerpo se convulsionaba. Se limpió, apagó todo y se metió en la cama junto a Loli, aún con la polla semierecta rozando su muslo suave.
A la mañana siguiente, el sol dorado bañaba los canales de la Albufera. Durante el desayuno, Loli llevaba una camiseta ajustada que marcaba sus tetas grandes y firmes y unos shorts cortos que dejaban ver sus muslos bronceados y su culo redondo. “¿Qué tal anoche?”, preguntó mientras untaba mermelada en la tostada, sus labios carnosos brillando. Antonio mintió a medias, excitado por el secreto. El día transcurrió con normalidad, pero la tensión sexual crecía en el ambiente.
Por la noche, después de cenar y beber vino tinto, el aire se volvió denso y cargado de deseo. Loli se fue a la cama con una mirada pícara. Antonio se quedó solo un rato más, leyendo otro relato en el móvil sobre una esposa que se follaba al amigo del marido. Su polla volvió a endurecerse. Cuando entró en el dormitorio, Loli estaba desnuda de cintura para abajo, solo con la camiseta subida, mostrando su coño depilado, hinchado y ya húmedo.
“Ven aquí, cabrón”, murmuró ella con voz ronca. Su mano se coló bajo las sábanas y agarró la polla dura de Antonio. “¡Hostia, qué polla tan dura tienes! ¿Qué te pasa hoy?” Antonio confesó lo de la página. Loli sonrió con picardía. “Cuéntame uno de esos relatos mientras me metes mano”.
Se lanzó sobre ella. Besó su cuello, mordiendo suavemente, bajando hasta sus tetas. Chupó un pezón duro, tirando de él con los labios mientras sus dedos encontraban el coño empapado de Loli. Los labios vaginales estaban hinchados y resbaladizos. Deslizó dos dedos dentro, follándola lentamente, sintiendo cómo las paredes calientes y apretadas lo succionaban.
“¡Umm, qué rico! No pares”, gimió Loli, abriendo más las piernas. “¡Lame mi clítoris, Antonio! Méteme la lengua”. Él bajó la cabeza y obedeció. Su lengua plana lamió el clítoris hinchado y sensible en círculos rápidos, saboreando sus jugos dulces y salados. Chupó con fuerza, metiendo dos dedos más profundo, curvándolos para tocar su punto G. Loli arqueaba la espalda, empujando su coño contra su boca. “¡Cómeme mi coño, sí! ¡Lame mi clítoris más rápido, joder!”
Mientras la devoraba, Antonio susurró: “¿Te gustaría que Carlos te comiera el coño así? ¿Que su lengua joven te hiciera gritar?” Loli jadeaba más fuerte, sus caderas moviéndose frenéticas. “¡Estás loco! Pero… joder, sigue hablando”. “Imagínatelo, sus dedos metiéndose en tu coño jugoso mientras yo miro. ¿Te gustaría que te follara con su polla joven y dura?”
“¡Métemela ya!”, suplicó Loli. Antonio se colocó entre sus muslos y empujó su polla gruesa dentro de ella de un solo golpe. El coño de Loli lo envolvió, caliente, mojado y apretado. Empezó a follarla con embestidas profundas y fuertes, sus huevos golpeando contra su culo. “¡Me estoy corriendo, sigue, no pares!”, gritó Loli, sus tetas rebotando con cada embestida. Sus uñas se clavaron en la espalda de Antonio. “¡Más fuerte, fóllame como si fueras Carlos partiéndome el coño!”
“¿Te gusta imaginar su polla joven abriéndote?” gruñó Antonio, acelerando. “¡Dime que te correrías con él!” Loli, perdida en el placer, gritó: “¡Sí! ¡Me corro con Carlos! ¡Su polla me está follando, joder, qué rabo tiene! ¡Me estoy corriendo, sigue no pares!” Su coño se contrajo violentamente alrededor de la polla de Antonio, chorreando jugos mientras un orgasmo brutal la sacudía. Antonio siguió follándola sin piedad, prolongando su placer.
Después del primer orgasmo, Loli lo empujó y se puso de rodillas. Sus tetas pesadas colgaban, pezones duros como piedras. Sacó el lubricante de cereza y el juguete. Embadurnó la polla de Antonio, sus huevos y su ano con el gel caliente. Deslizó el juguete sobre su erección, masturbándolo con movimientos expertos y lentos, apretando para simular un coño. “Qué polla tan rica tienes, Carlos”, ronroneó entrando en el juego. “Aprovecho que Antonio no está para comerte el rabo. Esto es nuestro secreto, cabrón”.
Antonio gemía de placer. “Cuéntame más, Loli. ¿De verdad te pondrías cachonda con él?” Ella aceleró el movimiento del juguete. “Un día vino a casa cuando no estabas. Hablamos de sexo y vi cómo se le ponía dura en los vaqueros. Me mojé entera. Quise arrodillarme y chupársela hasta el fondo, tragarme su leche joven, pero me contuve”. Antonio estaba al límite. “¡No pares, sigue así, me voy a correr!” “¡Umm, me estoy corriendo, qué placer!”, rugió él mientras su semen explotaba dentro del juguete en chorros potentes.
Exhaustos pero aún excitados, se tumbaron hablando. Loli, con el coño aún palpitante y lleno de sus jugos, confesó: “Me encanta que hayamos abierto esto. El sexo sin tabúes me pone muchísimo. Te quiero, pero imaginar que Carlos me folla mientras tú miras o participas… me vuelve loca”. Antonio sonrió. “Habla con él. Tántalo. Un trío sería brutal: tu boca llena de polla joven, tu coño siendo follado, tus tetas cubiertas de semen”.
La conversación siguió cargada de detalles explícitos. Fantasearon con posiciones: Loli cabalgando a Carlos mientras Antonio la penetraba por atrás, doble penetración que la haría gritar “¡Cómeme mi coño y méteme las dos pollas!”. Imaginaron a Silvia, la novia de algún amigo, uniéndose para un festival de lenguas, coños lamiéndose y pollas entrando en todos los agujeros. La noche en la Albufera se llenó de gemidos recordados y promesas húmedas. Sus cuerpos sudorosos se entrelazaron de nuevo, besos profundos y caricias que prometían que aquella fantasía pronto dejaría de ser solo palabras.

Por: © Mary Love

📖 1001 Sombras de Mary Love


Nota de la autora:
"Las historias que cuento generalmente son ficciones sacadas de mi imaginación; algunas inspiradas en historias que me mandan mis seguidores. 
Si te ha gustado mi relato interactúa conmigo, deja un comentario. Puedes hacerlo como anónimo."
¡GRACIAS POR LEERME!

(Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electro óptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito del autor/a)

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El regreso del marido


DESPUÉS DE
aquella noche maratónica en la habitación secreta, Alex y Elena se despidieron con un beso profundo y húmedo en la puerta. Sus lenguas se enredaron con hambre, saboreando todavía los fluidos del otro. Elena sentía el coño aún hinchado y palpitante, chorreando los restos de semen de Alex que le corrían por los muslos. “Llámame pronto, mi puta favorita”, le susurró él mordiéndole el labio inferior. Ella solo sonrió con picardía, sabiendo que su marido Carlos regresaría al día siguiente.

El sábado por la mañana, Elena condujo hasta el aeropuerto vestida con un ligero vestido veraniego que se pegaba a sus curvas generosas: tetas firmes y grandes, cintura estrecha y un culo redondo que hacía girar cabezas. Recogió a Carlos, un hombre de 50 años, atractivo en su madurez, cabello plateado, cuerpo aún fuerte y esa presencia autoritaria que imponía respeto. La besó en la mejilla, pero sus ojos ya tenían un brillo distinto.
Por la noche, en el comedor iluminado solo por velas, cenaban filete con vino tinto. Elena llevaba un elegante pero provocador vestido negro ceñido que marcaba sus pezones endurecidos y dejaba ver el nacimiento de sus pechos. Carlos la observaba con intensidad mientras cortaba la carne.
—Cuéntame, amor… ¿Qué has hecho mientras estaba fuera? —preguntó con voz calmada pero cargada de intención—. Sé que esta casa grande puede ser muy… entretenida.
Elena sonrió, sorbiendo el vino y recordando cómo Alex la había follado salvajemente sobre la encimera de la cocina, derramando cava sobre sus tetas y lamiéndolo mientras la penetraba con fuerza.
—Nada especial. Gimnasio, paseos, lectura… lo de siempre.
Carlos sonrió de forma enigmática.
—Suena aburrido. Pero estoy seguro de que una mujer como tú, con ese cuerpo que vuelve loco a cualquiera, ha encontrado formas mucho más interesantes de entretenerse. Quizás con alguien más joven y vigoroso.
Elena sintió un cosquilleo de alarma, pero también una humedad repentina entre las piernas. Antes de que pudiera responder, Carlos sacó su teléfono y reprodujo un vídeo. En la pantalla, Elena aparecía completamente desnuda en la bañera, montando a Alex con furia. Sus tetas rebotaban mientras gritaba de placer.
—Cómeme el coño, Alex… ¡Lame mi clítoris! —se escuchaba claramente en la grabación.
Elena se quedó helada, pero su coño se contrajo de excitación. Carlos se levantó, rodeó la mesa y la besó con una pasión que llevaba años sin mostrar. Sus manos fuertes subieron por sus muslos, apartando el vestido y descubriendo que no llevaba bragas.
—No estoy enfadado, Elena. Me ha puesto cachondo como nunca verte comportarte como la ninfómana insaciable que eres. He visto cada detalle: cómo te corriste gritando en la cocina, cómo te dejó el coño rojo e hinchado en la habitación secreta. Y quiero más.
La levantó en brazos y subieron las escaleras hacia la habitación secreta, llena de espejos, juguetes, esposas y una enorme cama circular. Carlos la tiró sobre la cama y le arrancó el vestido de un tirón. Elena quedó expuesta, con las piernas abiertas, el coño brillante de excitación.
—Quiero que me cuentes todo mientras te follo —ordenó él quitándose la ropa. Su polla estaba dura y gruesa, más grande de lo que Elena recordaba.
Elena se tocó el clítoris hinchado frente a él.
—Alex me sedujo en el parque… me metió los dedos mientras caminábamos. Luego en la cocina me puso contra la encimera, me abrió las nalgas y me lamió el culo y el coño hasta que me corrí en su boca. Después me folló duro, derramando cava sobre mis tetas y chupándolas mientras me penetraba.
Carlos gruñó de excitación y se lanzó sobre ella. Le separó las piernas con fuerza y hundió la lengua en su coño empapado.
—Cómeme mi coño —gimió Elena agarrándole la cabeza—. ¡Lame mi clítoris! Así… ¡joder, qué bueno!
Carlos devoraba su sexo con hambre, succionando el clítoris hinchado, metiendo dos dedos gruesos y curvándolos para tocar su punto G. Elena arqueaba la espalda, apretando sus tetas y pellizcándose los pezones.
—Me estoy corriendo… ¡sigue, no pares! ¡No pares, Carlos!
Un orgasmo violento la sacudió, chorros de squirt salpicaron la cara de su marido. Él no se detuvo, lamiendo cada gota mientras ella temblaba.
Luego la puso a cuatro patas frente a los espejos para que pudiera verse. Carlos la penetró de un solo empujón brutal, llenándola por completo.
—Dios, estás tan mojada y abierta… ese cabrón te dejó bien follada —gruñó mientras la embestía con fuerza, sus huevos golpeando contra su clítoris.
Elena gemía como una perra en celo, empujando hacia atrás para recibir cada centímetro.
—Fóllame más duro… Quiero que me uses como a tu puta. Imagina que Alex está aquí, mirándonos… o follándome la boca mientras tú me das por el coño.
Carlos aceleró el ritmo, agarrándola del pelo y dándole nalgadas fuertes que dejaban marcas rojas en su culo perfecto. Los espejos reflejaban la escena desde todos los ángulos: las tetas de Elena balanceándose, su cara de placer absoluto, la polla gruesa entrando y saliendo de su coño empapado.
—Dime cómo te folló en esta misma cama —exigió.
— Me esposó las muñecas al cabecero… me puso un vibrador en el clítoris y me folló como un animal durante horas. Me corría una y otra vez, suplicándole que no parara. Me llenó el coño de semen tres veces… y luego me hizo limpiar su polla con la boca.
Carlos rugió de placer y la penetró aún más profundo, rozando sus paredes vaginales con cada embestida. Cambiaron de posición: Elena se sentó sobre él, cabalgándolo salvajemente. Sus tetas rebotaban frente a la cara de Carlos, quien las mordía y chupaba con fuerza.
—Cómeme las tetas… ¡sí! Me estoy corriendo otra vez… ¡sigue, no pares! ¡Fóllame el coño!
El orgasmo la atravesó como una ola, contrayendo su vagina alrededor de la polla de Carlos. Él no pudo más y la llenó de semen caliente, chorros espesos que salían a borbotones mientras ella seguía moviéndose, ordeñándolo hasta la última gota.
Pero no habían terminado. Carlos sacó un vibrador grueso y lo introdujo en el coño aún lleno de semen, empujando su propia corrida hacia dentro. Luego la puso de lado y la penetró analmente, lento pero profundo.
—Eres mi zorra… y quiero verte con Alex en vivo. Quiero que te folle mientras yo miro, y luego te follaremos los dos a la vez. Una polla en tu coño y otra en tu boca o en tu culo.
Elena gemía descontrolada, masturbándose el clítoris mientras la doble penetración (polla en el culo y vibrador en el coño) la llevaba al límite.
—Lame mi clítoris… quiero correrme con las dos pollas dentro. ¡Me estoy corriendo! ¡Sigue, no pares!
Otro orgasmo intenso la hizo gritar. Su cuerpo convulsionaba de placer. Carlos se corrió por segunda vez, esta vez en su culo, marcándola como suya.
Se quedaron abrazados, sudorosos y exhaustos, pero con la promesa de más. Al día siguiente llamarían a Alex. Elena ya imaginaba la escena: los dos hombres usándola, llenándola, haciéndola correrse una y otra vez mientras gritaba “cómeme mi coño”, “lame mi clítoris” y “me estoy corriendo, no paréis”.
La noche apenas comenzaba. Elena, la ninfómana insaciable, había encontrado en su marido un cómplice perfecto para sus perversiones más profundas. Y Alex sería el ingrediente joven y salvaje que los llevaría a nuevos límites de placer.

Por: © Mary Love

Nota de la autora:
"Las historias que cuento generalmente son ficciones sacadas de mi imaginación; algunas inspiradas en historias que me mandan mis seguidores. 
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Deseo y sexo en la albufera durante las fiestas de San Juan

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