La casa del placeton: Capitulo 17, "Sinfonia de metal y carne"

En el capítulo anterior: Adelaida y Señorito interrumpen bruscamente su sesión con Lucía, dejándola temblando y exhausta en el colchón. La atención de Adelaida se centra entonces en Carlota, quien sigue arrodillada y sumisa, con un consolador en la boca. Adelaida se acerca, su presencia imponiéndose sobre Carlota, y la posiciona con firmeza, marcando su dominio. Sin preámbulos, introduce un consolador en el ano de Carlota, penetrando profundamente y provocando una mezcla de dolor y placer. Carlota, con el consolador aún dentro, recibe la orden de limpiar los fluidos de Lucía del cuerpo de Adelaida. Su vacilación es castigada con un tirón brutal del cabello, forzándola a obedecer. Con la mano de Adelaida presionando su espalda y el consolador en su interior, Carlota es empujada a lamer los fluidos, su humillación y sumisión reaching un nuevo nivel. La doble penetración y la degradación la sumergen en un placer oscuro, arqueando su espalda en silencio, pidiendo más sin palabras. La habitación se llena con los sonidos de su sumisión, creando una melodía sádica que marca su completa rendición.

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La casa del placeton:
📖 Capitulo 17, "Sinfonia de metal y carne"

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"El aire de la habitación era denso, caliente y cargado de olor a sexo: una mezcla espesa de coños mojados, culo dilatado y sudor. Carlota, arrodillada y completamente sometida, lamía con desesperación el abdomen de Adelaida, intentando borrar hasta el último rastro de los fluidos de Lucía. Su lengua plana y caliente recogía los hilos viscosos de corrida que aún brillaban sobre la piel tersa de su sobrina."
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El enorme consolador de silicona negra del arnés de Adelaida estaba enterrado hasta la base en el ano de Carlota. Cada vez que la tía se movía, el grueso falo la abría sin piedad, estirando su esfínter rojo e hinchado en un círculo perfecto y brillante de saliva y lubricante. El dolor ardiente se mezclaba con un placer sucio y profundo que la hacía babear.


Adelaida, fría y sádica, sujetaba con fuerza el cabello de su tía, usándolo como correa. Con la otra mano cogió el pesado vibrador de metal plateado de la mesita. Lo encendió. El zumbido grave y potente inundó la habitación.—Limpia bien, puta. Quiero que no quede ni una gota de la leche de Lucía en mi cuerpo —ordenó con voz gélida.


Carlota gimió contra la piel de su sobrina cuando sintió la cabeza fría y dura del vibrador presionar entre sus labios vaginales hinchados y enrojecidos. Su coño estaba empapado, chorreando hilos transparentes de excitación que le corrían por los muslos. Adelaida no tuvo piedad: empujó el vibrador de un solo movimiento, metiéndolo hasta el fondo en el apretado y caliente interior de su tía.—¡Ahhh! ¡Joder! —gritó Carlota, con la boca todavía pegada al vientre de Adelaida.


Ahora estaba completamente llena: el grueso consolador negro violando su culo hasta las entrañas y el vibrador metálico martilleando su coño. Las vibraciones potentes viajaban a través de la fina pared que separaba ambos agujeros, haciendo que su clítoris palpitara con fuerza y que su ano se contrajera violentamente alrededor de la silicona.


Adelaida empezó a follarla con el vibrador sin compasión, entrando y saliendo con movimientos rápidos y profundos mientras giraba la muñeca para que la cabeza metálica golpeara directamente contra el punto G de su tía. El sonido era obsceno: schlick-schlick-schlick, el metal brillante salía cubierto de crema espesa y blanquecina que Carlota expulsaba sin control.—Estás chorreando como una perra en celo —se burló Adelaida, tirándole más fuerte del pelo—. Mira cómo te gotea el coño. Todo el suelo está mojado con tus fluidos.


Carlota ya no podía pensar. Su lengua lamía frenéticamente los restos de corrida de Lucía, tragándoselos mientras su cuerpo era destruido de placer. Sus tetas pesadas colgaban y se balanceaban, los pezones duros como piedras. De su coño brotaba cada vez más crema, resbalando por el vibrador y goteando en gruesos hilos hasta formar un charco debajo de ella.


Adelaida cambió el ángulo, presionando el vibrador hacia arriba con fuerza, atacando sin descanso ese punto hinchado y sensible. Al mismo tiempo, empezó a mover las caderas, follando el culo de Carlota con el arnés en estocadas cortas y brutales.


El orgasmo golpeó a Carlota como un tren.Sus ojos se pusieron en blanco. Un gemido gutural y largo brotó de su garganta mientras su coño se contraía violentamente alrededor del metal. De repente, un chorro potente y caliente salió disparado de su vagina, empapando el vibrador, la mano de Adelaida y el suelo. No paraba. Squirt tras squirt, su cuerpo se convulsionaba mientras Adelaida seguía follándola sin detenerse, prolongando el orgasmo hasta que Carlota lloraba y babeaba, completamente rota.


—Así, córrete como la zorra que eres —gruñó Adelaida, sin sacar ni el vibrador ni el consolador—. Sigue limpiando mientras te meas de placer.


Carlota, con la cara empapada de lágrimas, saliva y fluidos, siguió lamiendo con la boca abierta, tragando y gimiendo, convertida en un simple juguete tembloroso y chorreante. Su ano palpitaba alrededor del grueso falo, su coño escupía crema y squirt con cada espasmo, y su mente se había disuelto por completo en la voluntad cruel y excitante de su sobrina.


La melodía sádica había alcanzado su punto más alto, y Carlota era solo un instrumento destrozado, empapado y vibrante de placer y humillación.


Por: © Mary Love


Nota de la autora:
"Las historias que cuento generalmente son ficciones sacadas de mi imaginación; algunas inspiradas en historias que me mandan mis seguidores. Espero que mis relatos te hagan soñar y cumplir tus fantasías. Si te gustan mis relatos compártelos con tus amigos, quizás les ayudes a salir de su rutina.
Si te ha gustado mi relato interactué conmigo, dime que es lo que te ha gustado y que has sentido cuando lo has leído. Envíame un correo a: tequierodori.com@gmail.com
¡GRACIAS POR LEERME!

(Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electro óptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito del autor/a)

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La casa del placeton: Capitulo 16, "La limpieza de la dominadora"

 En el capítulo anterior: El silencio post-orgásmico se rompe cuando Adelaida, con una sonrisa cruel, saca un arnés de doble penetración de una bolsa de cuero. Carlota, exhausta, observa cómo Adelaida se acerca y, sin palabras, le indica que se lo ponga. Carlota, rendida, comienza a chupar la polla de goma, mientras Adelaida se ajusta el arnés, introduciendo la polla más corta en su propio coño. Señorito, comprendiendo el plan, se arrodilla frente a Lucía, aún temblorosa, y restriega su polla semierecta contra sus labios. Adelaida, ahora lista, se posiciona detrás de Lucía, la levanta y la penetra con la polla de goma más larga, mientras Señorito introduce su polla en la boca de Lucía. Carlota sigue chupando, creando un engranaje de carne y látex: cada embestida de Adelaida empuja a Lucía hacia adelante, haciéndola tragar más profundo la polla de Señorito, cuyo empuje la hace retroceder sobre el consolador. Los sonidos obscenos llenan la habitación: golpes de carne, gorgoteos ahogados, succiones desesperadas y gruñidos de placer. El ciclo de depravación se reinicia, más intenso y sádico que antes.

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La casa del placeton:
📖 Capitulo 16, "La limpieza de la dominadora"

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"Adelaida sometía a Carlota a una humillación extrema y visceral, obligándola a lamer los jugos espesos de Lucía de su propio cuerpo mientras la penetraba brutalmente por el culo con un grueso consolador de doble punta. La tía, atrapada entre el asco más profundo y un deseo oscuro y enfermizo, terminó rindiéndose por completo a un placer corrupto y absoluto."
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El engranaje de carne, sudor y látex seguía su ritmo salvaje. Cada embestida de Adelaida impulsaba el grueso consolador que tenía enterrado en su propio coño empapado, clavándolo sin piedad en el estrecho y caliente agujero de Lucía. La joven quedaba suspendida entre los dos cuerpos como un simple juguete de carne. El empuje de Adelaida la lanzaba hacia delante, obligándola a tragarse hasta las amígdalas la polla gruesa y venosa de Señorito, cuya cabeza hinchada le golpeaba el fondo de la garganta. Luego él retrocedía, solo para volver a follarle la boca con fuerza, mientras el consolador de Adelaida salía casi por completo del coño destrozado de Lucía para volver a entrar hasta el fondo con un sonoro chap-plof.


Los sonidos eran obscenos: el chapoteo húmedo y constante de los fluidos, el golpe seco de las caderas de Adelaida contra las nalgas abiertas de Lucía, los gorgoteos ahogados de la garganta de la joven y los gruñidos animales de los dos que la estaban usando como un agujero. El coño de Lucía chorreaba sin control, dejando hilos espesos y brillantes de corrida que resbalaban por sus muslos y por el arnés de Adelaida.


Con frialdad calculada, Adelaida se retiró de un tirón seco. El consolador salió del coño hinchado y rojo de Lucía con un audible schlop, dejando el agujero abierto, palpitante y goteando una mezcla espesa de sus propios jugos vaginales, lubricante y flujo abundante. Señorito también se sacó de la boca de la joven; un grueso hilo de saliva espesa mezclada con precum se estiró desde su glande morado y brillante hasta los labios hinchados y babosos de Lucía, antes de romperse. La chica se derrumbó sobre el colchón como una muñeca rota, temblando, con el culo y el coño completamente expuestos y chorreando, emitiendo un quejido bajo y continuo.


La mirada de Adelaida se clavó entonces en Carlota.


Su tía seguía arrodillada al borde de la cama, con un consolador más pequeño todavía metido en la boca, follándose la garganta de forma mecánica. Su cuerpo maduro —tetona, con estrías en las caderas y nalgas, y moretones frescos— brillaba de sudor. Adelaida se acercó por detrás sin tocarla todavía, dejando que su presencia y el olor fuerte de su coño excitado invadieran a Carlota.


Las manos de Adelaida se posaron con fuerza sobre las anchas caderas de su tía. No fue una caricia: fue una posesión. Hundió los dedos en la carne blanda y la colocó exactamente como quería: rodillas muy separadas, espalda arqueada, culo alto y completamente expuesto, el agujero arrugado visible y palpitante.


La cabeza gruesa y aún cubierta de los jugos brillantes de Lucía se presionó contra el ano de Carlota. Sin lubricante extra. Sin palabras. Solo presión implacable. Carlota contuvo la respiración cuando el grosor forzó su esfínter, que se abrió dolorosamente hasta que el enorme consolador se hundió de golpe hasta el fondo, estirándola al límite. El otro extremo del arnés se clavó más profundo en el coño chorreante de Adelaida, arrancándole un gemido ronco de placer.


—Límpiala —ordenó Adelaida con voz cortante, señalando su propio abdomen y muslos, donde una película espesa y brillante de los jugos de Lucía se había extendido: hilos viscosos, cremoso-blancuzcos mezclados con su propia humedad.


Carlota dudó. El asco le revolvió el estómago.


Adelaida respondió agarrándola brutalmente del pelo y tirando su cabeza hacia atrás, al tiempo que le clavaba el consolador hasta el fondo del intestino con un golpe seco de caderas.—Que la limpies, puta.


Empujó la cara de su tía contra su vientre. La lengua temblorosa de Carlota salió y lamió por primera vez. El sabor fuerte, salado y ligeramente ácido de los fluidos vaginales de Lucía le inundó la boca. Tragó con dificultad, sintiendo cómo el asco se mezclaba con una excitación enfermiza.


Adelaida empezó a follarla entonces con embestidas largas, profundas y brutales. Cada vez que sacaba casi todo el consolador del culo de Carlota y volvía a metérselo hasta los huevos de látex, empujaba la cara de su tía contra su coño y abdomen. Carlota no tenía escapatoria: lamía, sorbía y tragaba los jugos espesos de Lucía mientras su propio ano era brutalmente dilatado y usado.


La lengua de la tía recorría la piel caliente de Adelaida, recogiendo cada hilo viscoso, limpiando los restos de corrida de otra mujer de los muslos y del monte de Venus de su sobrina. El sonido húmedo y obsceno de sus lametones se mezclaba con el plap-plap-plap del arnés contra sus nalgas maduras y el chapoteo del consolador entrando y saliendo de su culo abierto.


Adelaida, cada vez más excitada, agarró la cabeza de Carlota con ambas manos y frotó su coño empapado directamente contra la boca y nariz de su tía, obligándola a beberse todo. El culo de Carlota se contraía alrededor del grueso látex, succionándolo, mientras un chorro caliente de su propia corrida le bajaba por los muslos.


—Más adentro… trágatelo todo, zorra —gruñó Adelaida, acelerando el ritmo, follándole el culo sin piedad mientras usaba la cara de su tía como trapo para limpiarse los restos de la follada anterior.


Carlota, completamente rota, solo gemía contra el coño de su sobrina, el cuerpo temblando de placer humillado, pidiendo más con cada arqueo desesperado de su espalda. En ese momento no era más que un agujero anal y una boca servil, y nunca se había sentido más viva.


Por: © Mary Love


Nota de la autora:
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La casa del placeton: Capitulo 15, “Sinfonía de carne y látex”

En el capítulo anterior: El aire denso en la habitación aún vibra con los ecos del clímax reciente. Señorito, con un gruñido bestial, se desprende del amasijo de cuerpos y ordena a Lucía ponerse a cuatro patas. Ella obedece, presentando sus agujeros con sumisión animal. Él la embiste brutalmente por el culo, sin delicadeza, mientras Carlota, movida por un impulso irresistible, se arrastra debajo de Lucía y lame su coño goteante, saboreando sus fluidos con devoción. Adelaida, con su sonrisa sádica, introduce un consolador en la boca de Carlota, quien lo chupa con desesperación, imaginando que es la polla de Señorito. Luego, Adelaida lo retira y lo hunde en el coño de Carlota, creando una conexión única: la base del consolador presiona la polla de Señorito a través de la delgada pared que separa el coño y el culo de Lucía. El placer se duplica para Señorito, cuyas embestidas se vuelven más salvajes. Carlota, llena por Adelaida y sintiendo cada golpe de Señorito a través del consolador, alcanza un clímax abrumador, sus contracciones transmitiendo vibraciones finales a la polla de Señorito. Con un rugido, él se corre con fuerza en el culo de Lucía, sellando el dominio absoluto sobre sus cuerpos en una sincronía perfecta de placer y sumisión. El tren de carne ha llegado a su destino, dejando a todos exhaustos y destrozados.

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La casa del placeton:
📖 Capitulo 15, “Sinfonía de carne y látex”


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“Adelaida, con una sonrisa de crueldad, introduce un arnés de doble penetración, reconfigurando el tren de carne entre Lucía, Carlota y Señorito en una maquinaria de lujuria y sumisión donde cada movimiento es el combustible del otro”.
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El silencio que siguió al clímax fue un ente vivo, denso y palpable, vibrando con los estertores agotados de los cuerpos entrelazados. El aire, ya pesado, se había vuelto casi una sustancia, una sopa espesa de olores a semen, a coño, al sudor ácido de cuatro cuerpos en movimiento. Señorito, con un gemido gutural, se deslizó fuera del culo de Lucía. Un hilo de semen lechoso y brillante goteó del orificio dilatado de la joven, cayendo sobre los muslos de Carlota, quien yacía inmóvil debajo, con la cara y el pecho resbaladizos por los fluidos ajenos. Lucía se derrumbó sobre el costado, temblando, sus ojos vidriosos fijos en el techo.


Pero la pausa no duró. Adelaida, que había observado la escena desde el borde de la cama con la intensidad de un científico estudiando un experimento, se movió. Una curva lentísima se dibujó en sus labios, no una sonrisa de placer, sino un destello de crueldad pura, de una curiosidad insaciable. Dejó caer el consolador mojado en el suelo con un golpe sordo y húmedo. Se dirigió a una esquina de la habitación, donde una pequeña bolsa de cuero yacía olvidada. El roce de la cremallera al abrirse sonó agudo y metálico en el estertor de la pos-orgía.


De su interior extrajo un nuevo instrumento, una construcción de correas negras y metal frío que brilló pálidamente a la luz de la farola. Un arnés. Pero no era uno cualquiera. De su parte frontal brotaban dos pollas de goma, una más larga y gruesa, destinada a penetrar, y otra más corta y curvada, diseñada para ser introducida en el coño de quien lo llevara. Era una máquina de doble penetración.


Carlota levantó la cabeza con un esfuerzo visible, sus ojos cansados intentando enfocar el nuevo objeto. Adelaida se acercó a ella, moviéndose con una gracia felina que contrastaba con el agotamiento general. Sin decir palabra, pasó una de las correas del arnés por la cintura de Carlota, como si la midiera. Luego, con la punta de la polla de goma más grande, le rozó la mejilla, dejando un rastro húmedo y frío sobre su piel sudorosa. La orden era silenciosa, inequívoca.


La mandíbula de Carlota se aflojó. Abrió la boca, un gesto de rendición tan automático como respirar. Adelaida introdujo la polla de goma lentamente, observando cómo los labios de su tía se estiraban para acomodar su circunferencia. El sabor del látex, mezclado con los ecos de los jugos de Lucía y el semen de Señorito que aún impregnaban el juguete, inundó la boca de Carlota. Ella comenzó a chupar, no con pasión, sino con una dedicación vacía y devota, su lengua moviéndose alrededor de la cabeza falsa, sus mejillas huecándose con cada succión. Un sonido húmedo y rítmico, el único en la habitación aparte de la respiración pesada, llenó el silencio.


Mientras Carlota trabajaba, Adelaida se apartó y se puso el arnés. Las correas de cuero crujieron al tensarse contra sus caderas esbeltas, ajustándose perfectamente. La polla más corta se deslizó dentro de su propia coño, ya húmedo por la excitación que le proporcionaba el dominio absoluto, y un leve estremecimiento le recorrió el cuerpo al sentirse llena. Ahora, armada y lista, se giró hacia Lucía, que yacía semi-inconsciente sobre el colchón.


Señorito, que se había estado limpiando con una esquina del edredón, vio el movimiento y comprendió al instante. Su mirada se cruzó con la de Adelaida, un pacto silencioso de depravación compartida. Se levantó y se arrodilló frente a la cabeza de Lucía. Su polla, aunque flácida tras el orgasmo, comenzó a latir y a endurecerse de nuevo al contemplar el espectáculo que se avecinaba. La agarró por la base y la restregó contra los labios entreabiertos de Lucía.


Adelaida, por su parte, se colocó detrás de Lucía. Agarró a la joven por las caderas y la levantó, posicionándola de nuevo a cuatro patas. Con un movimiento brusco y experto, guio la larga polla de goma hacia la entrada del coño de Lucía, que todavía estaba húmedo y sensible. La penetró de una sola embestida, hundiendo el juguete hasta el fondo. Lucía soltó un grito ahogado que se convirtió en un jadeo cuando, al mismo tiempo, Señorito aprovechó para introducir su propia polla, ya semierecta, en su boca.


El tren de carne se había reconfigurado, volviéndose aún más complejo y sádico. Carlota, arrodillada al borde de la cama, seguía chupando la polla de goma que ahora era una extensión de Adelaida. Detrás de ella, Adelaida embestía a Lucía con fuerza, cada golpe de sus caderas impulsando a la joven hacia adelante, haciéndola tragar más profundo la polla de Señorito. Y cada vez que Señorito embestía la boca de Lucía, el empuje la hacía retroceder sobre el consolador de Adelaida. Eran un engranaje perfecto de carne y látex, una maquinaria de lujuria y sumisión donde el movimiento de uno era el combustible del otro. Los sonidos se mezclaban en una sinfonía obscena: el golpe seco de la carne de Adelaida contra el culo de Lucía, los gorgoteos ahogados de Lucía, las succiones desesperadas de Carlota y los gruñidos de placer de Señorito. El ciclo había comenzado de nuevo, más depravado, más implacable.


Por: © Mary Love


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La casa del placeton: Capitulo 14, “El tren del deseo y placer”

En el capítulo anterior: El sonido húmedo de Lucía devorando a Carlota desencadena la dominación de Señorito, quien la aparta con fuerza y toma el control. "Se acabó el aperitivo", gruñe, golpeando el muslo de Carlota y anunciando un "tren" sexual. Adelaida, complaciente, sujeta a Carlota por el cabello, susurrándole que será su juguete. Señorito penetra el ano de Carlota con brutalidad, provocando un grito de shock y placer. Lucía, excitada, se une, montando a Señorito mientras él sigue dentro de Carlota, creando una fricción triple. Adelaida, impaciente, se coloca sobre el rostro de Carlota, obligándola a lamerla. El "trenecito" se completa: Señorito embiste a Lucía, presionando a Carlota contra Adelaida, quien usa su cara como objeto de placer. El ritmo se intensifica, con gemidos, golpes de carne y olores abrumadores. Carlota, al borde de la locura, es sobreestimulada por vía anal, vaginal y oral. Adelaida disfruta de su degradación. Señorito aumenta la velocidad, Lucía cae sobre los senos de Carlota, mordiéndolos. "Corre en ella", ordena Señorito, y el clímax estalla: Lucía se convulsa, Adelaida aprieta a Carlota, y ella grita en éxtasis y dolor. Señorito, amo del tren de carne, disfruta de la degradación compartida mientras el aire vibra con los ecos de su dominio.

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La casa del placeton:
📖Capitulo 14, “El tren del deseo y placer”


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“La habitación vibra con los ecos del clímax cuando Señorito ordena a Lucía que se ponga a cuatro patas. Lo que sigue es una danza de dominación absoluta: Carlota devora a Lucía mientras Adelaida une sus cuerpos con un consolador que convierte el placer en circuito cerrado de sumisión”.
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El aire en la habitación, denso y casi sólido, vibraba aún con los ecos del clímax. Los cuerpos yacían en un montón de extremidades entrelazadas y sudorosas, un tapiz de carne exhausta. Carlota temblaba, un espasmo residual que recorría su cuerpo maduro y marcado, sus senos caídos levantándose y cayendo con cada jadeo ahogado. Lucía, sobre ella, era un peso caliente y pesado, su aliento agitado contra el cuello de su tía. Adelaida observaba desde el borde de la cama, su sonrisa sádica intacta, el consolador todavía firmemente en su mano, brillando con los fluidos de la fiesta carnal.


Pero el dominio de Señorito no conocía el reposo. Con un gruñido bajo que sonó más como una bestia sacudiéndose el sueño que un hombre, se desprendió del amasijo de cuerpos. Su polla, aún semi-erguida y reluciente, se liberó del abrazo de Lucía con un sonido húmedo. Se puso de rodillas en el colchón, su figura imponente a la luz pálida de la farola que se filtraba por la puerta. Su mirada se posó en Lucía, que todavía intentaba recuperar el aliento.


—A cuatro patas, perra —ordenó su voz, un trueno gutural que no admitía réplica.


Lucía reaccionó con una obediencia instintiva. A pesar del temblor en sus piernas, se deslizó de encima de Carlota y se giró, apoyando las manos y las rodillas en el colchón empapado. Su espalda se arqueó, presentando sus dos agujeros con una sumisión animal que excitó a Señorito hasta la médula. Él se colocó detrás de ella, agarrándola por las caderas con una fuerza que hizo que sus dedos se hundieran en su carne. Sin previo aviso, sin delicadeza, guio su polla hacia el ojito apretado de Lucía y embistió con una brutalidad que sacudió toda la cama.


Un grito agudo y rasgado se escapó de la garganta de Lucía, una mezcla de dolor y un placer tan intenso que rozaba la agonía. Señorito no le dio tiempo a adaptarse. Comenzó a follarla por el culo con un ritmo salvaje, cada embestida tan profunda que hacía que sus nalgas temblaran como gelatina. El sonido de su piel golpeando la de ella era una percusión violenta y húmeda que llenaba la habitación.


Mientras tanto, Carlota, movida por un impulso que estaba más allá del pensamiento consciente, se arrastró. Su cuerpo era un mapa de dolores deliciosos, pero su necesidad de participar, de ser usada, era más fuerte. Se deslizó debajo de Lucía, colocando la cabeza justo debajo de su coño, que goteaba excitación. Con los ojos cerrados, extendió la lengua y la pasó por los labios hinchados de Lucía, saboreando el sabor salado y dulce de sus fluidos. Cada vez que Señorito embestía, el cuerpo de Lucía bajaba, presionando su coño contra la boca de Carlota, quien lamía con devoción, limpiando y adorando.


Fue entonces cuando Adelaida decidió unirse de nuevo al juego. Se acercó de rodillas a la cabeza de Carlota, su rostro iluminado por una sonrisa de pura maldad. Sin decir una palabra, presionó la cabeza del consolador contra los labios entreabiertos de su tía. Carlota no necesitó más instrucciones. Abrió la boca y lo dejó entrar, aspirándolo con una fuerza desesperada. Lo chupó y lo lamió como si fuera la polla de carne y hueso de Señorito, imaginando su sabor, su textura. Lo lubricó con su saliva, con su sumisión, haciéndolo resbalar hasta el fondo de su garganta mientras gemía contra el coño de Lucía.


Adelaida observó, complacida, cómo la silicona se cubría de un brillo húmedo. Con un movimiento brusco, retiró el juguete de la boca de Carlota con un sonido obsceno. Se deslizó hacia la parte inferior del cuerpo de su tía, separando sus piernas temblorosas. Sin preámbulos, hundió el consolador lubricado en el coño de Carlota de un solo golpe profundo. Carlota arqueó la espalda, un grito ahogado perdiéndose en la carne de Lucía.


Pero la verdadera genialidad de la posición de Adelaida se hizo evidente en el siguiente instante. El consolador era lo suficientemente largo para que, mientras ella lo embestía en el coño de Carlota, la base del juguete presionara firmemente contra la polla de Señorito, que estaba sodomizando a Lucía solo a través de la delgada pared que separaba el coño del culo de la joven.


Señorito sintió la nueva presión de inmediato. Una vibración adicional, un ritmo ajeno que se sumaba al suyo. Miró hacia abajo y vio a Adelaida, sonriendo, controlando la estimulación que ahora llegaba a través de Lucía. El placer se duplicó, volviéndose casi insoportable. Sus embestidas se volvieron más erráticas, más salvajes, impulsadas por la doble sensación.


Para Carlota, el efecto era devastador. Estaba siendo llenada por Adelaida mientras su boca era usada por Lucía, y a través del consolador, podía sentir el poder de cada embestida de Señorito. Era un circuito cerrado de lujuria y dominación. El clímax la golpeó como una ola de marea, inesperado y abrumador. Su cuerpo se convulsionó, sus piernas se cerraron con fuerza alrededor de la muñeca de Adelaida y un grito ronco y prolongado escapó de su garganta.


La contracción violenta del coño de Carlota sobre el consolador, a su vez, transmitió una vibración final y pulsante a la polla de Señorito. Fue el empujón que lo llevó al borde. Con un rugido que hizo temblar las paredes, se hundió hasta los huevos en el culo de Lucía y se corrió, eyaculando con una fuerza que lo dejó vacío y temblando. El clímax de Carlota y el de Señorito estallaron en perfecta y tortuosa sincronía, un eco de placer y sumisión que sellaba el dominio absoluto que tenían sobre sus cuerpos. El tren de carne había llegado a su destino final, dejando a todos destrozados en la vía.


Por: © Mary Love


Nota de la autora:
"Las historias que cuento generalmente son ficciones sacadas de mi imaginación; algunas inspiradas en historias que me mandan mis seguidores. Espero que mis relatos te hagan soñar y cumplir tus fantasías. Si te gustan mis relatos compártelos con tus amigos, quizás les ayudes a salir de su rutina.
Si te ha gustado mi relato interactué conmigo, dime que es lo que te ha gustado y que has sentido cuando lo has leído. Envíame un correo a: tequierodori.com@gmail.com
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La casa del placeton: Capitulo 13, “El tren de la carne”

En el capítulo anterior: El aire en la habitación está cargado de sexo y sudor, con Carlota yaciendo exhausta, su cuerpo maduro temblando tras un intenso encuentro. Adelaida, aún dominándola, permite que respire, mientras Señorito observa con deseo animal. Lucía, excitada por la escena, rompe el silencio con un gemido gutural y se lanza sobre Carlota. Con agresividad, hunde sus uñas en los hombros de la mujer y muerde su cuello, mezclando dolor y placer. "Qué rica estás... Te sabes a puta usada", susurra Lucía, lamiendo el sudor y los fluidos de Adelaida en el pecho de Carlota. Adelaida, complacida, da espacio a Lucía, disfrutando de su tía como propiedad. Señorito comenta con burla: "Tiene hambre, ¿verdad?", mientras Lucía baja hacia el abdomen, besando las estrías y mordisqueando las caderas. Carlota, abrumada, se aferra a las sábanas, jadeando. Adelaida ordena: "No dejes ni un centímetro, Lucía. Asegúrate de que sepa quién la está comiendo". Lucía obedece, lamiendo los muslos internos y saboreando los fluidos, mientras Señorito la compara con un perro. "Es mejor que un perro", corrige Adelaida, "ella la está poseyendo". Carlota suplica, "Por favor...", y Lucía interpreta como invitación, separando sus piernas y lamiendo su centro con voracidad. Adelaida, extasiada, observa cómo Lucía reduce a Carlota a un objeto de consumo sexual, culminando la noche en una sinfonía de sumisión y placer.

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La casa del placeton:
📖 Capitulo 13, “El tren de la carne”


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“Señorito toma el control, formando un trenecito sexual con Carlota, Lucía y Adelaida. Penetraciones brutales, dominación y placer extremo se entrelazan en una escena donde los límites se desdibujan y el deseo impera”.
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El sonido húmedo y obsceno de la lengua de Lucía devorando a Carlota fue el detonante final para Señorito. La paciencia se evaporó de su mirada, reemplazada por un hambre carnal y autoritaria que reclamaba el mando de la situación. Con un movimiento brusco, apartó a Lucía a un lado, no con suavidad, sino con la fuerza necesaria para dejar claro que él era quien dictaba el ritmo ahora. El aire en la habitación pareció condensarse, pesado y eléctrico, mientras él subía a la cama, su peso haciendo crujir los somieres bajo la tensión de cuatro cuerpos ansiosos.


—Se acabó el aperitivo —gruñó Señorito, su voz ronca y cargada de un deseo imperioso. Su mano descendió con un golpe seco sobre el muslo de Carlota, dejando una huella roja que palpitó sobre la piel madura—. Vamos a armar el tren. Esta vieja carrocería va a soportar todo lo que le metamos.


Adelaida, que observaba desde su posición de privilegio con una sonrisa gélida, entendió al instante la dinámica. No hubo resistencia, solo una complacencia calculadora. Se deslizó hacia la cabecera de la cama, agarrando a Carlota por el pelo húmedo y forzando a su tía a levantar la cabeza.


—Escúchalo bien, puta —susurró Adelaida al oído de Carlota, mordisqueando el lóbulo con crueldad—. Vas a ser nuestro juguete, nuestra vía. No te atrevas a desconectar.


Señorito se colocó en el centro, dominando el espacio. Su erección era prominente, palpitante con el flujo de sangre que la endurecía hasta el límite del dolor. Sin previo aviso, agarró a Carlota por las caderas, sus dedos hundiéndose en la carne blanda y flácida de su cintura, y la posicionó sobre sus rodillas. Con un empujón feroz, penetró su ano, que ya estaba lubricado por los fluidos previos pero que aún ofreció la resistencia satisfactoria de un músculo que luchaba por adaptarse a la invasión. Carlota soltó un grito ahogado, su cuerpo arqueándose instintivamente, una mezcla de shock y placer brutal recorriéndole la columna vertebral.


—¡Ah! ¡Sí! —gritó ella, sus manos aferrándose desesperadamente a las sábanas—. ¡Dadme más!


Pero Señorito no estaba satisfecho con solo un ocupante en su tren. Giró la cabeza hacia Lucía, que miraba con los ojos brillantes y la respiración entrecortada, todavía saboreando el residuo de Carlota en sus labios.


—Tú, perra —ordenó Señorito, señalando el espacio frente a él—. Súbete aquí. Monta esta verga mientras yo sigo dentro de su culo. Quiero sentiros apretadas.


Lucía no dudó. Con la agilidad de una felina, se trepó sobre el cuerpo de Carlota, colocando sus rodillas a ambos lados de la cintura de Señorito. La posición era incómoda, un rompecabezas de extremidades entrelazadas y carne contra carne, pero la excitación borraba cualquier molestia. Señorito guio su miembro hacia la entrada de Lucía, que estaba empapada y hambrienta. Con un movimiento de caderas sincronizado, se hundió en ella, mientras su otro miembro, o mejor dicho, la base de su mano y los dedos que seguían trabajando el ano de Carlota, mantenían la presión constante sobre la mujer mayor.


La sensación fue asfixiante para Carlota. Lucía, al sentarse sobre el regazo de Señorito, presionó su peso contra el abdomen y el pubis de Carlota, aplastándola contra el colchón. Cada embiste de Señorito hacia adelante empujaba a Lucía contra el clítoris hinchado de Carlota, creando una fricción triple y devastadora.


—¡Maldita sea! —chilló Carlota, su voz quebrándose—. ¡Me rompéis! ¡Me rompéis!


—Eso es lo que queremos —siseó Adelaida, acercándose desde la cabecera. No quería ser una mera espectadora. Con movimientos fluidos, se colocó sobre el rostro de Carlota, sus muslos flanqueando la cabeza de su tía—. Abre la boca, tía. Mi coño también necesita combustible en este tren.


Carlota, sumisa hasta la médula, abrió la boca obedientemente. Adelaida bajó sus caderas, enterrando el sexo húmedo y caliente directamente en la cara de Carlota. La nariz de la mujer mayor quedó aplastada contra el perineo de Adelaida, obligándola a respirar el aroma profundo y musgoso de su sobrina mientras su lengua trabajaba frenéticamente para lamer y penetrar lo que podía alcanzar.


El "trenecito" estaba ahora completo y en movimiento. Señorito era la locomotora, el motor que impulsaba toda la estructura. Con cada embistido profundo en el coño de Lucía, su pelvis golpeaba el trasero de Carlota, empujándola hacia arriba y forzando su cara más profundamente contra la entrepierna de Adelaida. El ritmo se volvió frenético, una máquina de carne sudorosa y sonidos guturales.


Los gemidos de Lucía eran agudos, como chillidos de un animal en celo, mientras sentía cómo el miembro de Señorito la llenaba y estiraba, sus testigos golpeando su piel con cada golpe seco. Adelaida, arriba, gemía con un tono más bajo, controlado, disfrutando de la vibración de los gritos de Carlota contra su vulva, usando la cara de su tía como un mero objeto para su frotación.


—¡Más fuerte! —bramó Señorito, agarrando el cabello de Lucía con una mano y el hombro de Carlota con la otra, usando ambos puntos de anclaje para impulsarse con violencia salvaje—. ¡Quiero oíros gritar como las perras que sois!


La habitación se llenó de los ruidos de la carne chocando contra la carne: un chap, chap, chap húmedo y rítmico que se mezclaba con los jadeos y los sollozos. El olor a sexo era abrumador, una densa niebla de feromonas, sudor y fluidos corporales que parecía adherirse a las paredes.


Carlota estaba perdida en un torbellino de sensaciones. Su ano, su cocho y su boca estaban siendo utilizados simultáneamente. La falta de aire, la presión en su pecho y la sobreestimulación en sus zonas más íntimas la llevaron al borde de la locura. Ya no formaba palabras coherentemente; solo emitía sonidos primordiales, guturales, transformados por la asfixia y el éxtasis en algo casi inhumano.


—Mírala —dijo Adelaida, levantando la vista un segundo para observar a las otras dos mujeres, su cara brillando por el sudor y el jugo de Carlota—. Está hecha una ruina y aún así no puede dejar de temblar. Es perfecta.


Señorito aumentó la velocidad, sus caderas moviéndose como un pistón descontrolado. La tensión en el room subió de nivel. Lucía ya no pudo sostenerse sobre sus brazos y cayó hacia adelante, su cabeza descansando entre los senos caídos de Carlota, mordiéndolos en un ataque de lujuria incontrolable mientras era follada sin piedad.


—¡Ah, ah, me voy a correr! —gritó Lucía, su voz apagada por la piel de Carlota.


—¡Corre en ella! ¡Llénala! —ordenó Señorito, dando un golpe final, profundo y devastador que hizo que las tres mujeres temblaran como una sola entidad.


El clímax fue una onda expansiva. Lucía se convulsionó, sus músculos vaginales apretando al miembro de Señorito en espasmos rítmicos. Adelaida apretó los muslos alrededor de la cabeza de Carlota, alcanzando su propio pico mientras se frotaba contra la boca y la nariz de su tía. Y Carlota, atrapada en el centro del huracán, soltó un grito ahogado y prolongado que resonó en todo el cuarto, su cuerpo arqueándose en una espasmo total mientras el dolor y el placer explotaban en su cerebro al mismo tiempo.


Señorito se mantuvo firme, disfrutando de las contracciones de los cuerpos a su alrededor, sintiéndose el amo absoluto de aquel tren de carne y deseos, mientras el aire a su alrededor parecía vibrar con los ecos de la degradación compartida.


Por: © Mary Love


Nota de la autora:
"Las historias que cuento generalmente son ficciones sacadas de mi imaginación; algunas inspiradas en historias que me mandan mis seguidores. Espero que mis relatos te hagan soñar y cumplir tus fantasías. Si te gustan mis relatos compártelos con tus amigos, quizás les ayudes a salir de su rutina.
Si te ha gustado mi relato interactué conmigo, dime que es lo que te ha gustado y que has sentido cuando lo has leído. Envíame un correo a: tequierodori.com@gmail.com
¡GRACIAS POR LEERME!

(Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electro óptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito del autor/a)

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La casa del placeton: Capitulo 12, “Sinfonía de Carne y Sal”

 

En el capítulo anterior: En una habitación cargada de tensión, Adelaida domina a su tía Carlota, usando su rostro como herramienta para su satisfacción, mientras le ordena tragar todo sin dejar escapar ni una gota. Carlota, asfixiada y desesperada, lucha instintivamente, pero su cuerpo responde con una traición electrizante. Adelaida alcanza un clímax brutal, vaciando su fluido en la boca de Carlota, humillándola en su momento de mayor vulnerabilidad. Señorito, observando desde el pie de la cama, pierde el control y comienza a embestir a Carlota con furia ciega, ignorando sus quejidos sofocados. Lucía, por su parte, intensifica su ataque, usando sus dedos con precisión cruel dentro de Carlota y golpeando su clítoris con palmadas dolorosas. El trío se convierte en una máquina de carne y sudor incontrolable, creando una sinfonía de depravación. Carlota, atrapada en el centro, siente su mente disociarse mientras el dolor y la sobreestimulación la llevan a un orgasmo violento y doloroso, convulsionando bajo el peso de Adelaida. Esta, aún jadeando, disfruta de su poder absoluto, ordenando a Carlota sufrir por ella. Señorito y Lucía no ceden, manteniendo el ritmo brutal hasta que Carlota colapsa, reducida a un objeto usado, temblando en las secuelas de un placer que ha roto su mente. La habitación queda resonando con los jadeos de los verdugos y el silencio derrotado de Carlota.


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La casa del placeton:
📖 Capitulo 12, “Sinfonía de Carne y Sal”


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“Lucía se lanza sobre Carlota, devorando su cuerpo con una voracidad animal, mientras Adelaida y Señorito observan con placer sádico. La habitación se llena de sonidos húmedos y jadeos, en una sinfonía de sumisión y deseo descontrolado”.
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El aire en la habitación permanecía denso, una niebla tangible compuesta por el olor a sexo, sudor y la salinidad de los fluidos corporales que empapaban las sábanas. Carlota yacía inmóvil, su pecho alzándose y cayendo con un esfuerzo visible, como si sus pulmones hubieran olvidado cómo funcionar de manera autónoma. Su cuerpo, un mapa de curvas maduras y piel marcada por el tiempo, temblaba con espasmos irregulares, las estrías de su abdomen brillando húmedas bajo la luz tenue que se filtraba desde la calle. Adelaida, aún arrodillada sobre ella, desplazó su peso ligeramente, permitiendo que una bocanada de aire alcanzara a la mujer postrada, pero sin ceder un centímetro de su territorio de dominio.


Señorito, de pie al pie de la cama, se secó la frente con el dorso del brazo, sus ojos brillando en la penumbra con una fiebre animal que no había desaparecido. Observaba el cuerpo sacudido de Carlota como un depredador que contempla a su presa una vez que la lucha ha cesado, satisfecho pero aún vigilante, sus manos grandes y rojas descansando pesadamente sobre los tobillos de la mujer, anclándola a la realidad de su sumisión.


Fue entonces cuando Lucía rompió el silencio. No con palabras, sino con un sonido gutural, un gemido bajo que resonó en su garganta, puro y hambriento. La excitación que había estado acumulando, contenida mientras observaba el clímax de Carlota, finalmente desbordó sus diques. Sus ojos se clavaron en la piel de la tía, en la mezcla de sudor, los fluidos de Adelaida y el brillo febril que cubría el cuerpo maduro. No hubo aviso, ni pausa para considerar la decoro o la resistencia de la víctima; Lucía simplemente se movió.


Con la agilidad de un gato, se lanzó hacia adelante sobre el colchón. Sus manos, con uñas largas y afiladas, se posaron brutalmente sobre los hombros de Carlota, hundiéndose en la carne blanda y sudorosa. Antes de que Carlota pudiera emitir un sonido de sorpresa o dolor, Lucía bajó la cabeza y su boca encontró la piel expuesta del cuello de la mujer. No fue un beso tierno; fue un mordisco, una succión voraz que buscaba extraer el sabor mismo de la humillación y el placer que impregnaban la piel de Carlota.


Carlota gimió, un sonido débil y roto, intentando girar la cabeza, pero Lucía ya estaba en movimiento. La mujer joven bajó su atención hacia el pecho de Carlota, donde los senos caídos y marcados por la gravedad se alzaban con cada jadeo difícil. Lucía lamió la piel entre el pecho y la clavícula, recogiendo la sal del sudor mezclado con el rastro de lo que Adelaida había dejado allí. Su lengua era plana y húmeda, deslizándose con fuerza, como si quisiera limpiar cada poro pero a la vez marcarlo con su propia saliva.


—Qué rica estás... —susurró Lucía contra la piel húmeda, su voz distorsionada por la carne que estaba masticando suavemente. —Te sabes a puta usada.


Adelaida, que todavía mantenía su posición estratégica sobre el torso de Carlota, miró hacia abajo. Una sonrisa curva, llena de una diversión sádica y fría, se dibujó en sus labios. No intervino. En su lugar, desplazó su peso ligeramente hacia atrás para dar más espacio a Lucía, disfrutando del espectáculo de ver a otra persona devorar a su propiedad. Le gustaba ver cómo el cuerpo de su tía reaccionaba, cómo los músculos se contraían involuntariamente bajo el ataque oral de Lucía, cómo la piel se erizaba a pesar del agotamiento extremo.


Señorito se rió, un sonido seco y grave desde el pie de la cama. —Tiene hambre, ¿verdad? —comentó, cruzándose de brazos mientras observaba cómo Lucía bajaba aún más, su cabeza desapareciendo momentáneamente mientras besaba el estómago blando de Carlota.


Lucía no respondió, o quizás no pudo hacerlo. Estaba demasiado ocupada. Sus labios recorrieron las estrías del abdomen de Carlota, besándolas como si fueran líneas sagradas, lamiendo la piel floja que temblaba bajo su toque. Cada lamido era audible, un sonido húmedo y obsceno que llenaba la habitación. Lucía parecía obsesionada con la textura, con la temperatura, con la realidad física de la mujer debajo de ella. Mordisqueó la cadera de Carlota, dejando una marca roja y brillante que contrastaba con el tono apagado de la piel madura.


Carlota, atrapada entre el peso residual de Adelaida y la voracidad de Lucía, solo podía soltar jadeos entrecortados. Sus manos, que yacían inertes a los lados, comenzaron a moverse, no para empujar, sino para aferrarse a las sábanas. Los dedos se retorcieron en la tela, buscando un ancla en un mar de sensaciones abrumadoras. La lengua de Lucía era caliente, rugosa y persistente, moviéndose con una urgencia que transmitía una desesperación propia, una necesidad de consumir y ser parte de la degradación ajena.


Adelaida inclinó la cabeza a un lado, observando con la calma de una científica que estudia un experimento exitoso. —No dejes ni un centímetro, Lucía —ordenó suavemente, su voz cortando el aire pesado. —Asegúrate de que sepa quién la está comiendo.


Lucía respondió con un gemido de aprobación, vibrando contra la piel del vientre de Carlota. Bajó más aún, acercándose a la entrepierna still sensible y hinchada, pero en lugar de atacar directamente, se desvió hacia los muslos internos. La piel allí era más suave, más delgada y sensible. Lucía pasó su lengua a lo largo de la línea donde el muslo se encontraba con la pelvis, recogiendo los fluidos que habían corrido hacia abajo durante el orgasmo anterior. El sabor era fuerte, metálico y salado, una mezcla potente que parecía alimentar su frenesí en lugar de saciarlo.


Señorito se acercó un paso, atraído por el movimiento y el sonido. —Mírala —dijo, dirigiéndose a Adelaida aunque sus ojos estaban fijos en la espalda arqueada de Lucía. —Es como un perro con un hueso.


—Es mejor que un perro —corrigió Adelaida, bajando una mano para acariciar el cabello empapado de sudor de Carlota, un gesto de ternura grotesca dado el contexto. —Un perro solo muerde. Ella la está poseyendo.


Carlota arqueó la espalda, un movimiento involuntario y espasmódico, cuando Lucía mordisqueó el pliegue suave de su ingle. El dolor se mezcló con un placer residual y punzante, enviando sacudidas eléctricas a través de sus nervios ya sobrecargados. —Por favor... —logró susurrar, su voz apenas un hilo, aunque no estaba claro si estaba pidiendo clemencia o más.


Lucía interpretó el sonido como invitación. Con un movimiento brusco, levantó las piernas de Carlota, separándolas con fuerza para exponerla completamente a la luz tenue y a su mirada codiciosa. No hubo preparación, ni juegos previos. Lucía se lanzó de nuevo, esta vez dirigiendo su atención directamente al centro húmedo y roto de Carlota. Su lengua aplanó la zona, lamiendo con largas y lentas pasadas que limpiaban la mezcla de fluidos, provocando que las caderas de Carlota se levantaran del colchón en un reflejo automático de búsqueda.


Adelaida observó cómo la cara de Lucía se hundía entre los muslos de su tía, cómo las mejillas de la joven se hundían con la succión, y sintió un escalofrío de placer recorrer su propia columna vertebral. El poder no solo residía en lo que ella hacía, sino en lo que podía ordenar que otros hicieran, y ver a Carlota siendo devorada viva, reducida a un mero objeto de consumo sexual por la mujer que tenía encima, era la culminación perfecta de la noche. La habitación se llenó de los sonidos húmedos y rítmicos de la boca de Lucía trabajando, acompañados por los jadeos recuperados de Carlota y la respiración pesada de los observadores, una sinfonía final de sumisión absoluta.


Por: © Mary Love


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📖 El encuentro apasionado de Laura en la residencia estudiantil

"Estoy en mi cama leyendo un eBook en mi Kindle, y mi compañera de hospedaje en la residencia universitaria toca en mi habitación para pedirme permiso para usar mi ordenador, me provoca y aprovecho para follarla. Madre mía, no me esperaba que fuera tan ardiente, ni que tuviera un coño tan bien esculpido."

✒️ Estaba tumbado en mi cama, con las luces tenues de la habitación de la residencia universitaria, sumergido en un eBook de thriller en mi Kindle. La noche era tranquila, o eso creía. Apenas llevaba unos pantalones cortos de deporte y una camiseta vieja cuando escuché dos golpes suaves en la puerta.—Adelante —dije, sin apartar la vista de la pantalla.


Era Laura, mi compañera de hospedaje. Llevaba una camiseta de tirantes ajustada que marcaba sus tetas firmes y unos shorts cortísimos que dejaban al descubierto sus piernas largas y suculentas. Su pelo castaño caía suelto sobre los hombros y me miró con esos ojos verdes que siempre parecían esconder algo.


—Oye… ¿puedo usar tu ordenador un momento? El mío se ha muerto y tengo que enviar un trabajo urgente —dijo, cerrando la puerta detrás de ella con un clic que sonó más definitivo de lo normal.—Claro, está en el escritorio. La contraseña es… —empecé, pero ella ya se había acercado a la cama en lugar del ordenador.


Se sentó en el borde, muy cerca de mis piernas, y se inclinó ligeramente hacia delante. Sus tetas casi se salían del escote.


—Gracias… Eres un salvavidas —murmuró, mordiéndose el labio inferior—. La verdad es que no solo venía por el ordenador. Llevo semanas pensando en esto.


Antes de que pudiera procesar sus palabras, su mano se posó en mi muslo y subió lentamente hacia la entrepierna. Mi polla reaccionó al instante, endureciéndose bajo la tela fina de los pantalones.


—Laura… ¿qué coño? —susurré, pero no la detuve.


Ella sonrió con picardía y se subió a la cama, gateando hasta quedar a horcajadas sobre mí. Sentí el calor de su coño contra mi muslo.


—Shhh… Llevas mirándome el culo cada vez que cocinamos juntos. No te hagas el inocente ahora —susurró, bajando la mano y apretando mi verga ya dura como una piedra.


Gemí y tiré el Kindle a un lado. La agarré por la cintura y la atraje hacia mí, besándola con hambre. Su boca era caliente y sabía a menta. Nuestras lenguas se enredaron mientras mis manos subían por debajo de su camiseta y le apretaba las tetas, firmes y con los pezones ya duros como guijarros.


—Joder, qué buena estás… —gruñí.


Laura se quitó la camiseta de un tirón, liberando sus pechos perfectos. Me incorporé y me metí uno en la boca, chupando y mordisqueando el pezón mientras ella gemía y se restregaba contra mi polla. Le bajé los shorts de un tirón junto con las bragas. Estaba completamente depilada, y cuando separé sus labios con los dedos, descubrí que ya estaba empapada.


—Madre mía… —murmuré al ver su coño.


No me esperaba algo así. Sus labios mayores eran suaves y carnosos, pero por dentro era una obra de arte: rosado, brillante de excitación, con un clítoris hinchado que asomaba perfectamente y un agujero estrecho que parecía hecho a medida. Deslicé dos dedos dentro y estaba ardiendo, apretadísimo, succionándome.


—Fóllame ya —suplicó ella, quitándome los pantalones con urgencia.


Mi polla saltó libre, gruesa y venosa. Laura se colocó encima, agarró mi verga y se la metió de golpe hasta el fondo. Los dos gemimos al unísono. Su coño era increíble: caliente, mojado, con unas paredes que me apretaban como un guante de terciopelo. Empezó a cabalgarme con fuerza, subiendo y bajando, sus tetas rebotando delante de mi cara.


—Joder, Laura… estás ardiendo —jadeé, agarrándola del culo y clavándole los dedos mientras empujaba hacia arriba.


Ella se inclinó hacia delante, apoyando las manos en mi pecho, y aceleró el ritmo. Su coño hacía sonidos húmedos y obscenos cada vez que me tragaba entero. Gemía sin control, llamándome guarro, pidiéndome más duro. Le di la vuelta y la puse a cuatro patas. Desde atrás su culo era una puta maravilla, redondo y firme. Le metí la polla de una embestida profunda y empecé a follarla como un animal, golpeando sus nalgas con mis huevos.


—Así… ¡más fuerte! —gritaba ella, empujando hacia atrás.


Le metí un dedo en el culito mientras la penetraba y eso la volvió loca. Su coño se contrajo violentamente alrededor de mi verga, ordeñándome. No aguanté más. La follé con todo, profundo y salvaje, hasta que exploté dentro de ella, llenándola de leche caliente mientras ella se corría gritando, temblando entera, su coño palpitando y chorreando alrededor de mi polla.


Nos quedamos jadeando, sudados y pegados. Laura se giró, me miró con una sonrisa satisfecha y lamió un hilo de semen que le caía por el muslo.


—No me esperaba que fueras tan puta… ni que tu coño estuviera tan bien esculpido —le dije, todavía recuperando el aliento.


Ella se rio bajito y se acercó a mi oído:


—Esto solo ha sido el principio. Mañana te toca a ti venir a mi habitación.

Por: © Mary Love


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📖 Una pequeñita pelirroja y dos latina en un trio lesbico

✒️ La habitación del lujoso hotel estaba iluminada solo por la luz tenue de las lámparas de noche, creando sombras suaves sobre las sábanas de seda negra. Sofía, una latina curvilínea de piel canela y cabello negro azabache que le caía en ondas salvajes hasta la cintura, estaba de rodillas sobre la cama. A su lado, Valeria, su amiga y también latina, de cuerpo voluptuoso, tetas grandes y firmes con pezones oscuros, y un culo redondo que invitaba a ser agarrado, lamía con hambre el cuello de la tercera invitada.


Ella era Mia. Una pelirroja diminuta de apenas 1,50 metros, piel blanca como porcelana salpicada de pecas, y un cuerpo tan petite que parecía una muñeca sexual hecha para ser manejada. Sus tetas eran pequeñas, apenas un puñado, con pezones rosados y sensibles que ya estaban duros como diamantes. Su coño estaba completamente depilado, rosado y diminuto, ya brillando de excitación.


—Ven aquí, princesita —ronroneó Sofía, agarrando a Mia por la cintura con facilidad y levantándola como si no pesara nada. La pelirroja soltó un gemido agudo cuando Sofía la sentó sobre su regazo, abriéndole las piernitas delgadas.


Valeria se colocó detrás de Mia, presionando sus grandes tetas contra la espalda de la pelirroja mientras le mordía el lóbulo de la oreja.—Tan pequeña… tan jodidamente apretada que vas a gritar —susurró Valeria, deslizando una mano entre las piernas de Mia y separando sus labios vaginales con dos dedos. El coñito de Mia era tan pequeño que apenas cabían.


Mia jadeaba, temblando. Sofía bajó la cabeza y atrapó uno de sus pezoncitos rosados entre los labios, chupándolo con fuerza mientras su lengua lo azotaba. Al mismo tiempo, Valeria hundió un dedo grueso en el coño de Mia, sintiendo cómo las paredes internas la apretaban como un puño caliente y húmedo.


—Ay, fuck… es tan estrecha —gruñó Valeria, añadiendo un segundo dedo y follándola lentamente, entrando y saliendo mientras el sonido húmedo llenaba la habitación.


Mia arqueaba la espalda, gimiendo sin control. Sus manitas se aferraban a los hombros de Sofía.—Por favor… quiero probarlas —suplicó con voz entrecortada.


Las dos latinas sonrieron con malicia. Colocaron a Mia boca arriba en el centro de la cama, abriéndole las piernas al máximo. Sofía se subió a horcajadas sobre su cara, bajando su coño depilado y jugoso directamente sobre la boca de la pelirroja. Mia sacó la lengua con desesperación, lamiendo entre los labios gruesos de Sofía, saboreando su jugo dulce y salado mientras la latina empezaba a frotarse contra su rostro.


Valeria, mientras tanto, se colocó entre las piernas abiertas de Mia. Separó los labios rosados de su coñito y hundió la lengua profundamente, follándola con la boca mientras chupaba su clítoris hinchado. Mia gritaba contra el coño de Sofía, vibrando contra su clítoris.


—Así, puta pequeña, cómeme entera —gemía Sofía, moviendo las caderas y ahogando a Mia en su humedad. Sus tetas grandes rebotaban mientras se tocaba los pezones.


Valeria introdujo dos dedos en el coño de Mia mientras le devoraba el clítoris, curvándolos para golpear ese punto sensible dentro de ella. El cuerpo diminuto de Mia se convulsionaba. Estaba empapada, chorreando por los muslos de Valeria.


No tardó mucho. Mia explotó primero, gritando dentro del coño de Sofía mientras su pequeño cuerpo se sacudía en un orgasmo intenso. Sus jugos salpicaron la barbilla de Valeria.


Las latinas no le dieron tregua. Cambiaron de posición. Ahora Valeria se acostó y atrajo a Mia sobre ella en 69. La pelirroja hundió la cara entre las nalgas grandes y suaves de Valeria, lamiéndole el culo y el coño al mismo tiempo. Sofía, detrás de Mia, cogió un strap-on grueso de color negro, lo lubricó con saliva y lo presionó contra la entrada diminuta de la pelirroja.


—Vas a tomar todo, princesita —gruñó Sofía, empujando lentamente.


Mia chilló de placer y dolor mezclado mientras el grosor del juguete la abría. Centímetro a centímetro, Sofía la follaba más profundo, hasta que sus caderas chocaban contra el culito blanco y pecoso de Mia. Cada embestida hacía que la cara de Mia se hundiera más en el coño de Valeria, que gemía y retorcía las caderas, corriéndose en la lengua de la pelirroja.


El trío se volvió salvaje. Sofía follaba a Mia con fuerza, agarrándola por las caderas delgadas, mientras Valeria se corría una y otra vez en su boca. Mia, completamente llena y deshecha, solo podía gemir y babear.


Finalmente, Sofía sacó el strap-on y las tres se juntaron en un beso húmedo y profundo, lenguas enredadas, saboreando sus propios jugos. Mia, exhausta y temblando, quedó en medio de las dos latinas curvilíneas, que la acariciaban y besaban su cuerpo petite.


—Esta noche apenas empieza, pequeña —susurró Valeria, mordiéndole el cuello.


Mia sonrió, con los labios hinchados y la cara brillante de fluidos.—Quiero más… todo.


Por: © Mary Love


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Arrugada Julia folla a Nancy con strap-on


📖 Me llamo Julia y tengo setenta y ocho años. Mi piel ya no es la de antes: está arrugada, suave como papel viejo, con manchas que cuentan los años y pliegues que se marcan especialmente en los muslos, el vientre y los pechos caídos. Pero mi deseo no ha envejecido. Al contrario. Se ha vuelto más voraz, más preciso, más sucio. Y Nancy, mi preciosa Nancy, es mi juguete favorito.

Tiene veintidós años, un cuerpo firme y jugoso que parece esculpido para ser devorado. Pelo negro largo, tetas redondas y altas con pezones que se ponen duros al menor roce, un culo respingón que se menea cuando camina y un coño depilado, rosado y siempre listo para mí. Le encanta que la llame mi juguete. Se lo susurro al oído mientras le meto los dedos y ella tiembla como una puta en celo.

Esa tarde estábamos en mi apartamento antiguo, con las cortinas corridas y la luz tenue de una lámpara que iluminaba sus curvas. Nancy había venido con una falda corta y una blusa ajustada sin sujetador. Sabía perfectamente lo que provocaba en mí.

—Ven aquí, mi niña —le ordené desde el sofá, abriendo las piernas. Mi bata de seda se abrió mostrando mis muslos arrugados y mi coño maduro, ya húmedo.

Nancy se acercó con esa sonrisa traviesa que me vuelve loca. Se arrodilló entre mis piernas y me miró desde abajo.

—¿Qué quiere hoy mi abuelita lesbiana? —preguntó con voz dulce pero cargada de lujuria.

—Quiero que seas mi putita obediente. Quítate la ropa. Despacio.

Se levantó y empezó a desnudarse. Primero la blusa, dejando al aire esas tetas perfectas. Los pezones ya estaban duros. Luego la falda, revelando un tanga negro diminuto que apenas cubría su monte de Venus. Se lo quitó lentamente, girando para mostrarme su culo. Me humedecí los labios.

—Acércate. Quiero olerte.

Nancy se puso de pie frente a mí, separando ligeramente las piernas. Me incliné hacia adelante, arrugando mi cara contra su coño. Inspiré profundo. Olía a joven, a excitación fresca, a ese aroma dulce y almizclado que me volvía salvaje. Saqué la lengua y lamí despacio desde abajo hacia arriba, separando sus labios hinchados.

—Mmm… abuelita… —gimió ella, agarrándome del pelo canoso.

—Calla y abre más las piernas, juguete. Quiero comerte entera.

Mi lengua vieja pero experta entró en su coño. Lo lamí con lentitud al principio, saboreando cada pliegue, chupando su clítoris hinchado. Nancy empezó a mover las caderas contra mi cara. Sus jugos me corrían por la barbilla y goteaban sobre mis tetas arrugadas.

—Qué rica estás, mi zorrita. Tan mojada para esta vieja lesbiana… —murmuré contra su carne.

Le metí dos dedos arrugados pero fuertes, curvándolos hacia arriba buscando su punto G. Nancy soltó un gemido más alto.

—¡Sí! ¡Ahí, abuelita! ¡Fóllame con los dedos!

Empecé a bombearlos con ritmo, sacándolos y metiéndolos mientras mi lengua seguía atacando su clítoris. Su coño apretaba mis dedos, succionándolos. Podía sentir cómo se tensaba.

—No te corras todavía —le advertí, sacando los dedos de golpe. Los puse frente a su boca—. Chúpate.

Nancy obedeció, lamiendo sus propios jugos de mis dedos arrugados con mirada viciosa.

La hice tumbarse en la cama grande de mi habitación. Me quité la bata completamente, mostrando mi cuerpo envejecido: tetas grandes y caídas con pezones grandes y oscuros, vientre suave y lleno de pliegues, caderas anchas y mi coño con labios grandes y arrugados, ya brillando de excitación.

Me coloqué encima de ella en posición 69. Mi coño maduro quedó justo sobre su cara.

—Lámeme, Nancy. Come el coño de tu abuelita.

Sentí su lengua joven y ansiosa entrando en mí. Gimió contra mi carne mientras yo bajaba la cabeza y volvía a devorar su coño. Chupaba fuerte, haciendo ruidos obscenos, metiendo la lengua lo más profundo posible. Sus caderas se levantaban buscando más fricción.

—Joder, abuelita… tu coño sabe tan bien… está tan mojado y caliente… —murmuró ella entre lametones.

Le di un cachete en el muslo.—Más profundo, puta. Méteme la lengua.

Nancy obedeció, empujando su cara contra mi coño arrugado. Su nariz rozaba mi ano mientras su lengua me follaba. Yo hacía lo mismo con ella, añadiendo un dedo en su culo apretado.

El placer subía rápido. Mis caderas empezaron a moverse solas, frotando mi coño contra su boca. Sentía cómo mis jugos le empapaban la cara.—Voy a correrme en tu cara, mi juguete… —gruñí.

Nancy chupó más fuerte mi clítoris. El orgasmo me golpeó como una ola. Mis paredes vaginales se contrajeron violentamente, soltando un chorro de jugos que le inundó la boca y la barbilla. Grité sin vergüenza:

—¡Sí! ¡Me corro, joder! ¡Toma el coño de tu abuelita, zorra!

Mi cuerpo arrugado temblaba encima de ella. Nancy siguió lamiendo, tragando todo lo que salía de mí.

Cuando bajé un poco, me giré y la besé con fuerza, probando mi propio sabor en su lengua. Mis tetas caídas se aplastaban contra sus tetas firmes. Le pellizqué los pezones mientras mi mano bajaba a su coño empapado.

—Ahora te voy a follar como te mereces —le susurré al oído.

Saqué mi strap-on favorito del cajón: uno grueso, de venas marcadas y unos veinte centímetros. Me lo ajusté alrededor de las caderas. Nancy se puso a cuatro patas, levantando ese culo perfecto.

—Mírame —le ordené.

Se giró, con la cara roja y los labios hinchados.

—Fóllame, abuelita… méteme esa polla gruesa. Quiero que me destroces el coño.

Coloqué la punta en su entrada y empujé de una vez. Su coño joven se abrió para mí, tragándose casi toda la longitud. Nancy soltó un gemido largo y gutural.

—¡Dios! ¡Qué grande! ¡Me estás llenando!

Empecé a moverme. Primero despacio, disfrutando cómo sus paredes apretaban el dildo. Luego más rápido, agarrándola de las caderas, clavando mis uñas en su carne firme. El sonido de mis caderas golpeando su culo llenaba la habitación: plap, plap, plap.

—Así, mi putita. Toma la polla de tu abuelita lesbiana. ¿Te gusta que te folle esta vieja arrugada?

—¡Sí! ¡Me encanta! ¡Fóllame más fuerte! ¡Soy tu juguete, tu zorra joven!

Aceleré el ritmo, follándola con fuerza. Mis tetas se balanceaban con cada embestida. Le metí un dedo en el culo mientras la penetraba, doblemente.

Nancy empezó a temblar. Su coño se contraía alrededor del dildo.

—Abuelita… me voy a correr… ¡me corro!

—Córrete, puta. Córrete en mi polla.

Su orgasmo fue explosivo. Gritó mi nombre, empujando hacia atrás contra mí. Sentí cómo sus jugos salían a chorros, empapando mis muslos arrugados y las sábanas. Su cuerpo se convulsionaba, el culo temblando, los gemidos volviéndose casi sollozos de placer.

No la dejé recuperarse. La giré sobre su espalda, le levanté las piernas y volví a penetrarla en misionero. Ahora podía ver su cara mientras la follaba.

—Mírame a los ojos mientras te corro otra vez —le exigí.

Nancy tenía la mirada vidriosa, perdida en el placer. Sus tetas rebotaban con cada golpe fuerte de mis caderas. Le escupí en la boca y ella tragó, gimiendo.

—Más… dame más… quiero que me destroces, Julia… ¡soy tu juguete sexual!

Mis movimientos eran salvajes ahora. El dildo entraba y salía completamente, golpeando su cervix. Le pellizcaba el clítoris con los dedos mientras la follaba.

Sentí que otro orgasmo se acercaba para ella. Su coño se puso aún más apretado, succionando la polla de silicona.

—¡Me corro de nuevo! ¡Joder, abuelita! ¡Tu polla me está matando de gusto!

Esta vez su orgasmo fue más intenso. Arqueó la espalda, gritando incoherentemente. Sus jugos salpicaron mi vientre arrugado. Siguió corriéndose durante casi un minuto, temblando y contrayéndose.

Me saqué la polla y me coloqué sobre su cara.

—Límpiala. Chúpala.

Nancy, aún jadeando, abrió la boca y lamió el dildo cubierto de sus propios jugos. Mientras tanto, yo me frotaba el clítoris contra su tetas.

Después la hice tumbarse y me senté sobre su cara otra vez, frotando mi coño maduro contra su lengua. Ella me comía con hambre, metiendo dos dedos en mi coño mientras lamía mi ano.

—Qué bien me comes el culo, mi niña… eres una puta experta…El placer subió rápido otra vez. Me corrí por segunda vez, inundándole la cara con mis jugos. Mis piernas arrugadas temblaban alrededor de su cabeza.

Pasamos horas así. La follé en diferentes posiciones: contra la pared, con ella encima cabalgándome, en la ducha donde el agua corría por nuestros cuerpos contrastantes —el mío viejo y arrugado, el suyo joven y firme—.

En un momento, mientras la tenía contra la encimera de la cocina, follándola por detrás con el strap-on, le susurré al oído:

—Dime qué eres.

—Soy tu juguete, abuelita… tu zorra joven… mi coño es tuyo para que lo uses cuando quieras…

—Buena chica.

Le di una palmada fuerte en el culo y seguí embistiéndola hasta que se corrió otra vez, gritando mi nombre.

Cuando por fin nos tumbamos exhaustas en la cama, Nancy se acurrucó contra mi cuerpo arrugado, besando mis tetas caídas con ternura.

—Gracias, abuelita… me encanta ser tu juguete —murmuró.

Yo le acaricié el pelo, sonriendo satisfecha. Mi mano bajó hasta su coño aún hinchado y sensible, acariciándolo suavemente.

—Esto apenas empieza, mi niña. Mañana te voy a atar y te voy a hacer correrte hasta que no puedas más.

Nancy sonrió, mordiéndose el labio.

—No veo la hora.

Nuestra relación es así: yo, la abuelita lesbiana arrugada y dominante, y ella, mi preciosa y obediente chica jovencita. Mi juguete sexual perfecto. Y cada encuentro es más sucio, más intenso y más placentero que el anterior.

Por: © Mary Love


Nota de la autora:
"Las historias que cuento generalmente son ficciones sacadas de mi imaginación; algunas inspiradas en historias que me mandan mis seguidores. Espero que mis relatos te hagan soñar y cumplir tus fantasías. Si te gustan mis relatos compártelos con tus amigos, quizás les ayudes a salir de su rutina.
Si te ha gustado mi relato interactué conmigo, dime que es lo que te ha gustado y que has sentido cuando lo has leído. Envíame un correo a: tequierodori.com@gmail.com
¡GRACIAS POR LEERME!

(Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electro óptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito del autor/a)

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La cara oculta de la luna: Capitulo 8, "La maquina de carne y fluidos"

En el capítulo anterior: Elena, tras alcanzar un intenso clímax, se recupera rápidamente y toma el control, ordenando a Sandra que se ponga a cuatro patas. Sandra, aún aturdida por el placer, obedece, ofreciendo su cuerpo en una postura sumisa. Alejandro, sin perder tiempo, se arrodilla detrás de Sandra, abre sus nalgas y la penetra con fuerza, llenándola en una embestida profunda. Mientras Alejandro la toma con ferocidad, Elena se posiciona frente a Sandra, agarrándola del cabello y exigiendo que le dé placer oral. Elena se frota contra la boca de Sandra en un tribadismo salvaje, buscando fricción y presión, mientras grita órdenes para que Sandra use su lengua con urgencia. La escena se intensifica con cada embestida de Alejandro, que hunde la cara de Sandra contra el coño de Elena, creando un engranaje de placer caótico. Alejandro, al ver a Elena dominando a su esposa, se excita aún más y anuncia su inminente eyaculación. Elena le ordena que se corra dentro de Sandra, y él obedece, llenándola con su semen en una embestida final. El orgasmo de Sandra, desencadenado por la eyaculación de Alejandro, la hace gritar contra el coño de Elena, cuya contracción vaginal y vibraciones llevan a Elena a su propio clímax, inundando la boca de Sandra con su flujo. Los tres colapsan, exhaustos y sudorosos, en una mezcla de cuerpos y fluidos, con el aire cargado de sexo y satisfacción. Alejandro se retira lentamente, dejando un hilo de fluido conectar su miembro con Sandra, mientras Elena sonríe, satisfecha y dominante, en el sofá.

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📖 La cara oculta de la luna:
 Capitulo 8, La maquina de carne y fluidos

"El silencio de la sala solo se rompía por el crepitar rítmico de la leña en la chimenea y los jadeos roncos y entrecortados de tres cuerpos exhaustos. El aire era denso, pesado, cargado de olor a sudor, coño mojado, semen y esa salinidad metálica y dulce que queda después de un buen polvo salvaje."


Alejandro yacía recostado contra el sofá, el pecho subiendo y bajando con violencia, intentando recuperar el aliento. Su polla, todavía semierecta y brillante, reposaba sobre su muslo, cubierta de una mezcla espesa de su propio semen y los jugos abundantes de Sandra. A su lado, Sandra temblaba, con los muslos empapados y abiertos, el coño hinchado y enrojecido por los orgasmos anteriores, el rostro enrojecido y manchado de saliva y semen.


Pero Elena no había terminado. Su energía parecía infinita. Se levantó con movimientos felinos, desnuda y brillante de sudor, los ojos ardiendo de lujuria dominante. Sin decir una palabra, empujó el hombro de Alejandro con autoridad.—Túmbate boca arriba en la alfombra —ordenó con voz ronca y áspera.


Alejandro obedeció al instante. Se colocó sobre la espalda, las piernas abiertas, exponiendo su polla gruesa que aún latía, reluciente de fluidos. Elena se colocó sobre él a horcajadas, mirándolo desde arriba como una reina que reclama su trofeo. Agarró esa polla con fuerza, apretando la base, sintiendo cómo palpitaba caliente y pegajosa entre sus dedos. La masturbó un par de veces con movimientos bruscos, extendiendo la mezcla viscosa de semen y lubricación natural por toda la longitud.


Sin preámbulos, alineó la gruesa cabeza contra su ano apretado y comenzó a bajar. Quería sentir cada centímetro abriéndola.—Métemela entera —gruñó—. Quiero que me rompas el culo.


Alejandro empujó hacia arriba con fuerza. El esfínter de Elena se resistió al principio, un anillo apretado y caliente que cedió lentamente. La cabeza gruesa forzó la entrada con un sonido obsceno, y Elena soltó un gemido gutural cuando el grosor de la polla la abrió de golpe. Centímetro a centímetro, su ano tragó toda la verga hasta el fondo, hasta que sus nalgas firmes descansaron contra los muslos de él.—¡Joder, sí! —gritó ella, arqueando la espalda—. Más fuerte, cabrón. Quiero sentir cómo me revientas por dentro.


Alejandro la agarró de las caderas y empezó a embestir con brutalidad desde abajo. Cada golpe era profundo, salvaje, haciendo que sus huevos pesados chocaran contra las nalgas de Elena con un sonoro slap-slap-slap. La polla entraba y salía de su ano cada vez más rápido, abriéndola, estirándola, follándola sin piedad. El interior de Elena era un calor abrasador y apretado que estrujaba la verga con cada embestida.


Sandra, aún arrodillada en el sofá, observaba hipnotizada. El espectáculo de su marido follando el culo de Elena con tanta fuerza la ponía cachonda de nuevo. Se arrastró por la alfombra como una perra en celo hasta llegar a ellos. El cuerpo de Elena brillaba de sudor y restos de fluidos. Sandra sacó la lengua y empezó a lamer con devoción absoluta: primero el abdomen tenso, recogiendo el sudor salado y los restos de semen que se habían esparcido, luego subió a los pechos pesados, chupando y lamiendo los pezones duros mientras Elena seguía cabalgando brutalmente la polla.—Sí, lame, zorra —jadeó Elena entre gemidos—. Limpia todo lo que tu marido y yo hemos ensuciado. Saborea mi sudor y su semen.


Sandra gemía mientras lamía, su lengua recorriendo la piel caliente y temblorosa de Elena, bajando cada vez más cerca del punto donde la gruesa polla de Alejandro entraba y salía del ano dilatado de su amante. El olor a sexo era abrumador: culo, polla, coño mojado y sudor. Sandra estaba completamente entregada, adorando el cuerpo de la mujer que dominaba su matrimonio mientras esta se corría de placer anal.


Elena aceleró el ritmo, moviendo las caderas con furia, follando ella misma esa polla con el culo. Sus nalgas rebotaban con fuerza contra Alejandro, que gruñía como un animal debajo de ella, clavándosela hasta el fondo con cada embestida.


El trío se convirtió otra vez en una máquina de placer sucio y salvaje: Alejandro reventando el culo de Elena, Elena usando esa polla para correrse, y Sandra, sumisa y devota, lamiendo y limpiando cada gota de sudor y fluidos con la lengua, completamente entregada al placer de sus dominantes. El fuego crepitaba, los gemidos y el sonido húmedo de carne contra carne llenaban la habitación, y la noche aún estaba lejos de terminar.



Por: © Mary Love

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