Voluntaria y Marcus, sexo y placer en silla de ruedas

Me llamo Cristina, y mi labor como voluntaria en la ONG va mucho más allá de empujar sillas de ruedas o leer en voz alta. Ayudo a personas con movilidad reducida a recuperar sensaciones que el destino les arrebató: el roce de la piel, el calor de un cuerpo contra otro, el éxtasis que hace que el corazón lata como si aún pudiera correr. Y cuando el deseo se enciende en sus ojos, cuando veo esa hambre contenida durante años, me entrego sin reservas. No es caridad; es lujuria compartida, es romper las cadenas del cuerpo con el fuego del placer.

Marcus fue el primero en cruzar esa línea conmigo. Treinta y ocho años, hombros anchos de exjugador de rugby, piernas inmóviles desde aquel maldito accidente. Sus ojos azules ardían cada vez que entraba en su apartamento. Aquella tarde el aire estaba cargado de vapor del baño caliente. Le quité la camiseta empapada, revelando su torso esculpido, cicatrices que contaban historias de dolor y fuerza. Sus pezones se endurecieron al instante bajo mis dedos. “Cristina… tócame como si me desearas de verdad”, susurró con voz ronca.

Mis manos bajaron por su abdomen, deteniéndose en el bulto monstruoso bajo la toalla. Lo liberé de un tirón. Su polla saltó, gruesa, venosa, con el glande hinchado y brillante de pre-semen. Medía fácilmente veintidós centímetros, palpitante, caliente como hierro al rojo. “Joder, Cristina, mírala… está así por ti desde que entraste”. La rodeé con ambas manos; apenas cabía. Empecé a masturbarlo con movimientos lentos, firmes, sintiendo cómo se hinchaba más, cómo las venas se marcaban bajo mis palmas. “Más fuerte… apriétala, nena… sí, así… me estás volviendo loco”.

Me arrodillé entre sus piernas abiertas. Lamí la gota que perlaba la punta, saboreando su esencia salada y almizclada. Luego abrí la boca y lo engullí entero. Su glande golpeó el fondo de mi garganta; tragué saliva para acomodarlo más profundo. Marcus gruñó, sus manos fuertes agarrando mi pelo. “Chúpamela toda… métetela hasta las amígdalas… joder, tu garganta es tan estrecha… sigue, no pares”. Baboseaba su polla, saliva cayendo por su tronco hasta sus bolas pesadas. Las lamí también, succionando una dentro de mi boca mientras mi mano seguía bombeando la verga.

Me puse de pie, quitándome la blusa con violencia. Mis tetas grandes y pesadas rebotaron libres, pezones duros como piedras rosadas. “Chúpalas, Marcus… muerde mis pezones hasta que grite”. Se inclinó hacia adelante lo que pudo; su boca se cerró alrededor de uno, succionando con fuerza brutal, dientes rozando la areola. El dolor-placer me hizo gemir alto. Bajé la falda y las bragas empapadas de un solo movimiento. Mi coño estaba hinchado, los labios abiertos, brillando de jugos que ya corrían por mis muslos. “Mira cómo me tienes… estoy chorreando por tu polla”.

Me monté sobre él en la silla, guiando su miembro a mi entrada. Bajé despacio, sintiendo cómo me abría, cómo me llenaba centímetro a centímetro hasta que mis nalgas tocaron sus muslos inertes. “¡Joder, Cristina! Estás tan apretada… tu coño me está estrujando… muévete, fóllame duro”. Empecé a subir y bajar, mis tetas rebotando frente a su cara. Él las agarró, pellizcando los pezones con saña. “Sigue así… rebota más fuerte… quiero verte correrme encima”. El sonido era obsceno: chapoteo húmedo, piel contra piel, mis gemidos mezclados con sus gruñidos.

Cambiamos de posición. Lo ayudé a tumbarse en la cama, almohadas bajo sus caderas para elevarlo. Me puse a cuatro patas, culo en pompa frente a él. “Fóllame por detrás… métemela hasta el fondo”. Empujó con los brazos, entrando de golpe. Su polla golpeaba mi punto G sin piedad. “Tu coño está chorreando… mira cómo te abro… apriétame más, zorra”. Metí dos dedos en mi clítoris, frotándolo en círculos rápidos. “No pares… me estoy corriendo… ¡me corro, Marcus!”. Mi orgasmo explotó, paredes vaginales convulsionando alrededor de su verga, squirteando jugo caliente sobre sus bolas.

Él no se detuvo. “Sigue así que me voy a venir… voy a llenarte el coño”. Aceleró, embistiendo con fuerza desesperada. “Mira, siente como tu coño se moja con mi leche… ¡toma toda mi corrida!”. Eyaculó dentro, chorros espesos y calientes que sentí palpitar uno tras otro, desbordándose y goteando por mis muslos.

No paramos. Me giré, me senté sobre su cara. Su lengua se hundió en mí, lamiendo su propio semen mezclado con mis jugos. “Sabe a nosotros… tan sucio y rico… lame mi clítoris, chúpalo fuerte”. Mientras, yo volví a chuparle la polla, que ya se endurecía de nuevo. La mamé con avidez, garganta profunda, arcadas que solo lo ponían más cachondo. “Trágatela entera… sí… me voy a correr en tu boca esta vez”. Lo hice gemir alto; su semen caliente me llenó la garganta, tragué todo, lamiendo cada gota.

Luego lo monté otra vez, esta vez de espaldas, culo hacia su cara. Metí un dedo en mi ano mientras su polla me follaba el coño. “Méteme un dedo ahí… quiero sentirte en las dos partes”. Lo hizo, empujando un dedo grueso en mi culo mientras su verga entraba y salía del coño. El doble estímulo me volvió loca. “¡Me corro otra vez! No pares… fóllame más duro… ¡me estoy corriendo!”. Convulsioné violentamente, mi ano apretando su dedo, mi coño ordeñando su polla hasta que eyaculó de nuevo, llenándome hasta el límite.

Pasamos horas así: posiciones adaptadas, juguetes vibradores presionados contra mi clítoris mientras él me penetraba, corridas múltiples, semen goteando por todas partes, gemidos constantes. “Sigue así que me voy a venir otra vez… no pares, que me corro… siente cómo palpita dentro de ti… tu coño es mío”. Cada orgasmo era más intenso, más sucio, más liberador.

Al final, exhaustos, sudorosos, con los cuerpos temblando, nos quedamos abrazados. “Cristina… me has devuelto la vida… no solo el placer, sino la sensación de ser deseado”. Besé su boca hinchada. Mi trabajo como voluntaria había mutado en algo salvaje, carnal, necesario. Les doy lo que sus limitaciones les niegan: el éxtasis crudo, el olvido del cuerpo roto en medio de un orgasmo que sacude el alma.


© 2026, Mary Love
Mary Love (@tequierodori) / X

Nota de la autora:
"Las historias que cuento generalmente son ficciones sacadas de mi imaginación. Espero que mis relatos te trasporten a tus fantasías. Si te gustan mis historias compártelas con tus amigos, quizás les ayudes a salir de su rutina.
¡GRACIAS POR LEERME!

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Ramsés e Iset, pasión erótica en el Egipto Antiguo


  ISET LA BELLA SE HABÍA acercado sin ruido y le sonreía bajo la luz plateada de la luna que bañaba las columnas del palacio real. Ramsés permanecía sentado en el suelo de mármol fresco, sumido en una meditación que lo había alejado del bullicio de la fiesta. Sus ojos se abrieron lentamente al sentir su presencia, y el aire de la noche se cargó de un ardor que ninguno de los dos podía ya ignorar.

—¿Está triste mi príncipe? —preguntó la bella.

—No, meditaba —murmuró él, con la voz ronca por el cansancio y algo más profundo.

—Una meditación muy profunda… —susurró Iset, y su sonrisa se volvió sensual y traviesa, cargada de intención—.

Todos los invitados se han ido, mis padres y los criados duermen profundamente. Estamos solos, mi príncipe. Solo tú y yo.
Ramsés no había tenido conciencia del tiempo; molesto consigo mismo por haberse dejado llevar, se levantó con un movimiento ágil. Su cuerpo alto y musculoso se recortaba contra la penumbra, el taparrabo apenas ocultando la reacción que ya empezaba a despertar en él.
—Perdonadme, dejo vuestra casa ahora mismo —dijo, aunque sus pies no se movían, atrapados por la visión de ella.
Iset no se apartó. Con los cabellos sueltos cayendo como una cascada oscura sobre sus hombros desnudos, los senos firmes y redondos expuestos al fresco de la noche, los pezones ya endurecidos por el deseo, y un ardor turbador brillando en el fondo de sus ojos oscuros, le cerró el paso. Su piel dorada parecía brillar bajo la luna, y el aroma sutil de aceites perfumados de loto y mirra envolvió a Ramsés como una caricia invisible.
—¿Os ha dicho alguna mujer que sois hermoso y seductor? —preguntó ella con voz suave, casi un ronroneo, mientras sus dedos rozaban apenas el borde del taparrabo de él.
Con los cabellos sueltos, los senos desnudos y un ardor turbador en el fondo de los ojos, le cerró el paso por completo, pegando su cuerpo al de él lo suficiente para que Ramsés sintiera el calor que emanaba de su piel.
—¿No sois la prometida de mi hermano? —preguntó él, aunque su voz temblaba, traicionada por el deseo que ya latía con fuerza entre sus piernas.
—¿El hijo de un rey hace caso de chismes? —replicó Iset, y su mano se posó audaz sobre el pecho desnudo de Ramsés, sintiendo cómo su corazón se aceleraba—. Amo a quien quiero, y no amo a tu hermano. Es a ti a quien deseo, aquí y ahora. Siento tu pasión, Ramsés… la misma que me consume a mí.
—Hijo de un rey… ¿Aún lo soy? —susurró él, pero ya sus manos se alzaban para rozar la curva de su cintura.
—Follame y haz que me venga de placer —suplicó ella, y su voz se quebró en un gemido bajo—. Hazme sentir viva, hazme tuya bajo estas estrellas.
Juntos se desataron el taparrabo con dedos temblorosos y ansiosos. La tela cayó al suelo, revelando la polla erecta y pulsante de Ramsés, gruesa, dura, con la punta ya brillante por la humedad del deseo.
Iset lo miró con deseo, mordiéndose el labio inferior. Ella quedó completamente desnuda ante él: las curvas suaves de sus caderas, el vientre plano, y entre sus muslos, la carne íntima ya hinchada y húmeda, reluciendo con los jugos de su excitación.
—Yo venero la belleza, Ramsés, y tú eres la belleza misma —susurró ella, pero fue él quien tomó el control.Las manos del príncipe se volvieron caricias expertas, no concediendo ninguna iniciativa a la joven; quería dar y no tomar nada, ofrecer a su amante el fuego que se había apocado de su ser. Sus dedos recorrieron la piel sedosa de sus hombros, bajaron por sus brazos, y luego subieron para ahuecar sus senos perfectos. Los amasó con ternura, pellizcando suavemente los pezones erectos hasta que Iset arqueó la espalda y dejó escapar un gemido largo y sensual.
—Oh, Ramsés… tus caricias me están volviendo loca —jadeó ella, mientras él se inclinaba para capturar un pezón entre sus labios, succionándolo con hambre, lamiéndolo en círculos lentos y húmedos. Su lengua caliente trazaba patrones que la hacían temblar.
Conquistada, ella se dejo llevar enseguida. Con un instinto de una increíble seguridad, Ramsés descubrió los lugares secretos de su placer y, a pesar de su fogosidad, se demoró con ternura. Sus manos bajaron por el vientre tembloroso de Iset, separaron suavemente sus muslos y encontraron su centro femenino, ya empapado y palpitante. Sus dedos acariciaron los pliegues hinchados, rozando su clitoris encapuchado sensible de su placer hasta que ella se retorció contra él.
—Estás tan húmeda para mí… tan deseosa de sentir mi polla dentro de tu coño —murmuró él contra su cuello, introduciendo un dedo lentamente en su estrecha abertura virgen. Iset gimió alto, clavando las uñas en sus hombros.
—Más… por favor, dame más placer —suplicó ella, moviendo las caderas contra su mano.
Él añadió un segundo dedo, curvándolos para rozar ese punto mágico dentro de ella, ese lugar rugoso que la hace volverse loca mientras su pulgar continuaba excitando su clítoris hinchado. Los gemidos de Iset llenaban la noche, cada vez más altos, más urgentes. Su cuerpo se tensó como un arco, y de pronto explotó en el primer orgasmo, sus paredes internas contrayéndose alrededor de los dedos de Ramsés en olas de puro éxtasis.
— ¡Sí! ¡Me vengo… oh diosa Hathor, me vengo por ti! —gritó ella, el cuerpo sacudido por espasmos de placer ardiente.
Pero Ramsés no se detuvo. La tumbó suavemente sobre una esterilla cubierta de cojines de seda que cubrían el suelo, y se arrodilló entre sus piernas abiertas. Su boca descendió sobre su sexo empapado, lamiendo con devoción cada gota de su esencia dulce, succionando su clítoris con hambre mientras sus dedos seguían penetrándola. Iset la bella enredó los dedos en sus cabellos cobrizos, presionándolo su boca más cerca, acercando su rostro en busca de más placer.
—Tu lengua… ¡es deliciosa! ¡No pares, mi príncipe, lame mi coño virgen hasta que me deshaga otra vez! Sé tú el primero en abrir las puertas de este paraíso, penetra en el y goza de placer —jadeó ella, y sus palabras cargadas de deseo lo encendieron aún más.
Ella era virgen, como él. En medio de la dulzura de la noche, se ofrecieron el uno al otro, embriagados por un deseo que no dejaba de renovarse. Cuando Iset alcanzó el segundo orgasmo contra su boca, gritando su nombre, Ramsés se incorporó. Su polla la tenia tan dura que dolía, la cabeza rosácea y morada y brillante, venas marcadas por la necesidad.
Iset lo miró con ojos nublados de lujuria y extendió la mano para rodear su grosor. Sus dedos no alcanzaban a cerrarse del todo alrededor de él. Lo acarició de arriba abajo, extendiendo la humedad que brotaba de la punta, apretando justo debajo del glande hasta que Ramsés gruñó.
—Tan grande… tan caliente… quiero sentirte dentro de mí —susurró ella, guiándolo hacia su entrada.
Ramsés frotó la cabeza gruesa de su virilidad contra sus pliegues húmedos, refregando sus jugos por su coño, y luego empujó lentamente, suave. La estrechez virginal de Iset la bella lo envolvió como un guante caliente y sedoso. Ella jadeó al sentir la primera resistencia, un leve dolor que rápidamente se transformó en placer ardiente cuando él la penetró centímetro a centímetro, hasta que sus caderas se encontraron por completo.
— ¡Ah! ¡Estás llenándome por completo! —gimió Iset, clavando las uñas en su glúteos atrayéndolos hacia ella—. ¡Muévete, Ramsés, baila dentro de mi coño… fóllame con esa polla gruesa!. El dios Min se hacia presente entre ellos para que sus cuerpos se fundieran en una tormenta de placer.
Él comenzó a moverse con embestidas lentas y profundas, saliendo casi por completo para volver a hundirse hasta el fondo. El sonido húmedo de su unión llenaba el aire, mezclado con los gemidos de ambos. Los senos de Iset rebotaban con cada golpe, y Ramsés los capturaba con la boca, mordisqueando los pezones mientras aceleraba el ritmo.
—Tu coño me aprieta tan bien… tan caliente y mojado… me estás volviendo loco —gruñó él, perdiendo el control poco a poco.
Los movimientos se volvieron más urgentes. Iset levantó las piernas, envolviéndolas alrededor de su cintura, abriéndose más para él. Cada embestida golpeaba ese punto profundo que la hacía ver estrellas.
— ¡Más fuerte! ¡Penétrame más hondo, mi amor! ¡Quiero sentir cómo me rompes de placer! —gritaba ella, el cuerpo cubierto de una fina capa de sudor.
Ramsés la tomó con pasión desenfrenada, sus caderas chocando contra las de ella con fuerza. El placer crecía como una ola imparable. Iset sintió cómo el orgasmo se acercaba de nuevo.
— ¡Me vengo otra vez! ¡No pares, estoy a punto… lléname con tu leche caliente cuando te corras! —chilló ella en pleno éxtasis, y su sexo se contrajo violentamente alrededor de él, ordeñándolo con espasmos de puro placer.
Ramsés no pudo resistir más. Con un rugido gutural, se hundió hasta el fondo y explotó, derramando chorros calientes y espesos de su semilla dentro de ella, llenándola por completo mientras ambos se perdían en el orgasmo más intenso de sus vidas.
— ¡Sí, Iset… toma todo de mí… me corro tan duro por ti! —gruñó él, temblando mientras las últimas gotas salían de su miembro pulsante.
Se derrumbaron juntos, respirando agitadamente, sus cuerpos aún unidos. Pero el deseo no se apagó. Minutos después, Iset lo besó con hambre renovada, montándose sobre él. Su sexo aún goteante se deslizó sobre la verga que empezaba a endurecerse de nuevo.
—Otra vez… quiero cabalgarte hasta que grites mi nombre —susurró ella, bajando lentamente sobre él, empalándose por completo.
Esta vez fue ella quien marcó el ritmo, moviendo las caderas en círculos y arriba y abajo, sus senos rebotando frente al rostro de Ramsés, que los lamía y succionaba sin piedad. Sus manos agarraron sus nalgas, guiándola más fuerte.
— ¡Móntame más rápido, mi diosa! ¡Tu coño está chupando mi polla como si nunca quisiera soltarla! —jadeó él, y sus palabras sucias la hicieron gemir más alto.
Iset cabalgaba con pasión salvaje, sintiendo cómo su miembro la llenaba hasta el límite en cada descenso. El placer crecía otra vez, más intenso.
— ¡Estoy llegando… otra vez! ¡Siente cómo me corro en tu verga dura! —gritó ella, y su cuerpo se convulsionó en un orgasmo demoledor, apretándolo dentro de ella.
Ramsés la volteó sin salir de su interior, colocándola de rodillas y penetrándola desde atrás con embestidas profundas y rápidas. Sus manos acariciaban sus senos colgantes, pellizcando los pezones mientras la follaba con fuerza.
— ¡Dime que eres mía! ¡Quiero oírte suplicar mientras te lleno otra vez! —exigió él.
— ¡Soy tuya, Ramsés! ¡Fóllame como quieras, lléname de tu deseo ardiente! ¡Me vengo… otra vez por ti! —aulló Iset, y juntos alcanzaron el clímax final, él derramándose una vez más en lo más profundo de su vientre, mientras ella se deshacía en oleadas de placer que la dejaron temblando.
Exhaustos, se abrazaron en la intimidad de la noche, sus cuerpos pegajosos de sudor y fluidos, pero sus corazones latiendo al unísono. El deseo había sido saciado… por ahora. Pero ambos sabían que esta pasión solo acababa de comenzar.

© 2026, Mary Love
Mary Love (@tequierodori) / X

Nota de la autora:
"Las historias que cuento generalmente son ficciones sacadas de mi imaginación. Espero que mis relatos te trasporten a tus fantasías. Si te gustan mis historias compártelas con tus amigos, quizás les ayudes a salir de su rutina.
¡GRACIAS POR LEERME!

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