Las aventuras de Victor: sexo en Menorca y la sierra de Córdoba

DESPUES DE QUE Katerina diera el visto bueno definitivo y se marchara de vuelta a Hamburgo con el coño aún sensible y una sonrisa de oreja a oreja, el hotel cambió de manos en menos de dos meses. Laura me mandó quedarme unas semanas más para “supervisar la transición”, pero los dos sabíamos que era una excusa para que siguiera disfrutando del paraíso mientras ella cerraba los números en Madrid.

Clara y Natalia se convirtieron en mis anfitrionas oficiales. Javier seguía en la cocina preparando langostas y arroz caldoso, pero ahora con más tranquilidad: el nuevo dueño alemán prometió mantener el personal y hasta invertir en un spa con vistas al mar. Las tardes se volvieron largas y calurosas.

Una mañana Clara me propuso algo diferente:

—Víctor, ¿has estado en la Cova des Coloms? Es una gruta enorme en el Migjorn, la llaman la catedral subterránea. Casi nadie llega hasta el fondo… perfecto para perderse un rato.

Natalia añadió con picardía:

—Y lleva linterna… y condones. Por si nos perdemos de verdad.

Fuimos los tres en todoterreno hasta Es Migjorn Gran, dejamos el coche y caminamos media hora por un sendero de cabras hasta la boca de la cueva. Entramos agachados, con el haz de las linternas bailando en las paredes húmedas. Al cabo de unos minutos el techo se elevó como una catedral gótica natural, con estalactitas colgando como cañones de órgano. El silencio era absoluto, solo se oía el goteo lejano y nuestras respiraciones aceleradas.

Clara se quitó la camiseta empapada de sudor y la tiró al suelo.

—Aquí nadie nos oye… ni nos ve.

Me empujó contra una roca lisa y se arrodilló. Natalia se colocó detrás de mí, lamiéndome el cuello mientras su hermana me bajaba el bañador. La mamada fue lenta, profunda, con eco. Cada gemido rebotaba en las paredes y volvía multiplicado. Cuando ya no aguanté más las puse a las dos de espaldas contra la piedra fría, una al lado de la otra. Las penetré alternando: primero Clara por el coño, luego Natalia por detrás. El contraste del calor de sus cuerpos contra la piedra helada las volvía locas. Terminamos los tres sentados en el suelo arenoso, exhaustos, con la linterna iluminando gotas de sudor y semen brillando en sus tetas.

Salimos de la cueva al atardecer, con las piernas temblando y riéndonos como adolescentes. Esa noche, en la terraza del hotel, Laura me llamó por videollamada.

—Víctor… ¿Qué coño es esa marca roja en tu cuello?

—Una estalactita traicionera —mentí.

Ella sonrió con malicia.

—Pues prepárate, porque en dos semanas te quiero en Córdoba. He cerrado un acuerdo con una ganadería en la sierra para un posible proyecto de agroturismo de lujo. El dueño quiere que lo vea todo… y tú eres el experto en “inspecciones detalladas”.

La finca en la sierra de Córdoba.

Aterricé en Sevilla y alquilé un 4×4. Dos horas después, subiendo por carreteras de curvas entre encinas y dehesas, llegué a la finca “Dehesa La Encina Negra”, una ganadería de toros bravos en plena Sierra Morena cordobesa. El dueño, Don Rafael, era un hombre de unos 55 años, curtido por el sol, con bigote espeso y mirada de quien ha lidiado más de un toro y más de una mujer.

Me recibió con un apretón de manos fuerte y un vaso de fino frío.

—Aquí no hay prisas, Víctor. Mañana veremos los toros. Hoy… cena, vino y conversación.

La cena fue en el patio empedrado de la casa principal: jamón de bellota, salmorejo, presa ibérica a la brasa y vino de la tierra. Estaba también su hija Carmen, de unos 32 años, morena, con ojos negros profundos y cuerpo de amazona que se adivinaba bajo una camisa vaquera ajustada y pantalones de montar. Era veterinaria de la ganadería y montaba a caballo desde niña.

Después de la cena, Don Rafael se excusó diciendo que tenía que revisar unos partos de vacas. Nos quedamos Carmen y yo solos con la botella de amontillado.

—¿Te gustan los toros, Víctor? —preguntó mientras se quitaba las botas y ponía los pies descalzos sobre otra silla.

—Me gustan los retos… y los animales con carácter.

Ella sonrió y se levantó.

—Ven, te enseño algo que no sale en los folletos turísticos.

Me llevó a las cuadras iluminadas solo por focos tenues. Olía a paja, cuero y bestia. En un cercado interior había un toro joven, negro como la noche, de nombre “Huracán”. Aún no había lidiado, pero ya tenía esa mirada fija y peligrosa.

Carmen se apoyó en la valla y susurró:

—Dicen que los toros bravos transmiten su energía… ¿quieres comprobarlo?

Se desabrochó dos botones de la camisa, dejando ver el encaje negro del sujetador. Me acerqué por detrás, le besé el cuello y bajé las manos hasta desabrocharle el pantalón. Ella se giró, me empujó contra la valla y se arrodilló en la paja. Me la chupó con la misma intensidad con que miraba a los toros: concentrada, sin miedo, profunda. Cuando ya estaba al límite, se levantó, se bajó los pantalones y se apoyó en la madera, ofreciéndome el culo perfecto.

—Fóllame aquí… que Huracán vea cómo se doma a una hembra.

La penetré con fuerza, agarrándola de las caderas. Cada embestida hacía temblar la valla y al toro se le oía resoplar al otro lado, como si aprobara el espectáculo. Carmen gemía sin contención, arañando la madera. Terminamos los dos de pie, sudorosos, con el toro observándonos como un público silencioso y peligroso.

Al día siguiente recorrimos la dehesa en todoterreno: cientos de hectáreas de encinas, toros pastando en grupos, vacas con terneros. Carmen conducía y me explicaba todo: selección genética, trapío, casta. Pero cada vez que parábamos en un claro apartado, bajábamos del coche.

En uno de esos claros, junto a un arroyo, extendió una manta.

—Aquí no hay cámaras, ni turistas… solo nosotros y la sierra.

Nos desnudamos completamente. El sol de mediodía quemaba la piel. Me tumbé y ella se subió encima, cabalgándome despacio al principio, luego con furia. Le chupé las tetas mientras ella se movía, y cuando se corrió gritando, la giré y la puse a cuatro patas. La penetré por detrás mientras le lamía el cuello y le susurraba:

—Eres más brava que cualquiera de tus toros.

Terminamos revolcándonos en la manta, cubiertos de tierra y sudor, riéndonos como locos.

Esa noche Don Rafael nos invitó a una pequeña tienta privada: soltar novillos en una plaza de campo para probarlos. Carmen toreó a pie con una muleta, moviéndose con una elegancia felina. Yo solo miré… y después, en la casa, en su habitación con vistas a la dehesa, repetimos todo lo del día, pero más lento, más intenso, con la ventana abierta para que entrara el olor a monte y el mugido lejano de los toros.

Al cabo de una semana le mandé el informe a Laura: la finca tenía potencial brutal para agroturismo de lujo + experiencias taurinas. Recomendé compra parcial y un centro de bienestar con spa inspirado en las aguas termales cercanas.

Pero antes de volver a Madrid, Carmen me susurró al oído en el aeropuerto:

—Vuelve cuando quieras, Víctor… la próxima vez te enseño a montar a caballo… y a domar otras cosas.

Sonreí. Sabía que volvería.


Mary Love (@tequierodori) / X

Nota de la autora:
"Las historias que cuento generalmente son ficciones sacadas de mi imaginación. Espero que mis relatos te trasporten a tus fantasías. Si te gustan mis historias compártelas con tus amigos, quizás les ayudes a salir de su rutina.
¡GRACIAS POR LEERME!

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Las aventuras de Victor: sexo en un hotel en la isla de menorca

HABIA LLEGADO A la isla de Menorca, a un Hotel pequeñito de 40 habitaciones en un acantilado con vistas a una cala de esas que salen en las películas bañada por un azul mediterráneo. Laura, mi jefa, asesora financiera internacional me habia enviado a inspeccionar si era viable la compra del hotel, su estado de conservación y si seria factible hacer la inversión de 20 millones de euros, pues un grupo alemán estaba interesado en la compra. Yo soy Victor, tengo 48 años y soltero, soy su asesor y hombre de confianza de Laura, pues buceo bastante bien en las esferas del poder financiero y político de esta vieja Europa. 

El Hotel es propiedad de dos hermanas, Clara y Natalia su padre lo construyo después de la guerra civil española. Ellas lo heredaron a morir su padre y su madre en un accidente. 

Clara de 40 años, es la esposa de Javier de 42 años que se encarga del restaurante, y Natalia la hermana de Clara, diez años mas joven que ella, y doce años mas joven que Javier, su cuñado. Varios camareros, dos jardineros y cuatro camareras de piso componen la plantilla de trabajadores.

Clara y Javier habían sido padres hace un año, tenían una niña preciosa, aun le daba de mamar la leche de sus pechos. Aunque el matrimonia habia caído en el aburrimiento y la desidia. Natalia era soltera y madre de un bebe de dos meses, un surfista noruego la dejo embarazada y no quiso saber nada de ese compromiso.

Cuando fui a mi habitación estaba rendido, la “visita” a los pisos del hotel me habían castigado bastante y para rematar en la terraza, a pleno sol, me tosté la espalda y el culo, aunque Clara sufrió más, ya que, estando tumbada, se puso como una gamba roja de Denia.

Su hermana lo comprendió enseguida, al verla blanca por delante y roja por la espalda, dedujo que yo había sido el causante de esa postura y por su propia experiencia sabía que le había follado por el culo.

Aún así, todavía tardé en acostarme, ya que debía mandar un informe a Laura, mi jefa, quería que supiese puntualmente mis progresos. Le conté que había llegado bien y que por casualidad estaba hospedado en el mismo hotel que nos interesaba, en calidad de invitado. A mi jefa le gustó el plan y me aconsejó que aprovechara para recorrer las habitaciones, para ver si era rentable la restauración.

Le informé que ya lo había hecho y se admiró, aunque en seguida sospechó que mi inspección tendría algún matiz, y entre risas le dije que sí y que ya se lo contaría. Laura hizo como si se pusiera celosa, así que le prometí que la compensaría “largamente”, ella gimió sospechando a qué me refería, para luego reclamar que no solo quería “largamente” sino también “anchamente”. Aunque se dice que: "donde tengas la olla, no metas la polla" Laura y yo llevábamos un año follando con una complicidad que dejaban las cosas claras.  A Laura le encantaba mi polla precisamente por mi tamaño, 27 centímetros y mi calibre ni muy gorda ni muy delgada la volvía loca, en especial esa leve curva hacia arriba con el glande esculpido, que cuando la penetraba rozaba en esa zona rugosa que a las mujeres le vuelven locas.

Cuando apagué la luz oí a lo lejos el lloro de la niña de Clara, seguramente tenía hambre y quería mamar, me relamí instintivamente al pensar en sus duros pezones. Me dormí enseguida y cuando me desperté miré el reloj, eran las seis de la madrugada y al parecer en la habitación de Clara había actividad. Imaginé que, a lo mejor, a Javier le había dado ganas de follar a su mujer, quizá animado por la alegría de vender el hotel, estuve atento y solo oí el murmullo de Clara contándole lo mucho que me había gustado las habitaciones, incluso la terraza.

Yo esperaba que él se motivara y la follara, pero me decepcionó, porque aunque ella estaba mimosa él se levantó con la excusa de que tenía que preparar los desayunos en el restaurante del hotel. Al momento oí cómo se duchaba, se afeitaba y salía hacia abajo.

No tardé en oír el roce de una mano en mi puerta, el abrir y cerrar silenciosamente, y el notar cómo alguien se metía en mi cama y me susurraba.

Víctor, ¿estás durmiendo?

—Mmm. Casi.

—¿Has oído a mi marido?

—Sí, por desgracia.

—¿Y qué te parece?

—Al principio pensé que te iba a follar después de contarle lo que me enseñaste, aunque no todo, por suerte, jajaja, pero luego me decepcionó, me hubiera gustado oír cómo te corrías varias veces con él.

—¡Qué más da, es una vez de tantas!, pero lo de correrme varias veces no lo desestimo, por eso he venido a verte, quiero que tú me folles sin prisa y que me hagas volar entre nubes de algodón, jajaja.

—¿Y tu niña?

—Ya le he dado de mamar y duerme, mira como me gotean todavía las tetas, si quieres me sacas la leche y yo saco la tuya, ¿vale?

—¡Qué caliente estas!, me gusta, porque tienes algo que me encanta, esa picardía, esa mirada… mmm.

—No es picardía, es deseo de que me des tu polla y me hagas sentir el placer que  Javier no me... jajaja.

—Vale, tús deseos son ordenes para mi, levanta las piernas hasta el pecho, y adivina por donde te va a entrar mi polla.

—Mmm, empiezas duro, ¿verdad?

—Ya lo verás.

—Pues no te tengo miedo, métela por donde prefieras.

—A tus órdenes… mi puta recién parida

Ella esperaba que se la clavara por el culo, pero la sorprendí metiéndola entre sus pliegues y los labios abiertos, lo cierto es que se hundió tan fácil que me extrañó, entonces le pasé la mano y me sorprendió no encontrar la melena pelirroja en su Monte de Venus.

—¿Eh, qué ha pasado aquí?

—Adivina, jajaja, me he depilado toda, ahora no vas a tener impedimento, y a la primera… para adentro. Jajaja.

—Joder, Clara, me sorprendes a cada momento, te la voy a meter hasta los huevos, luego no te quejes.

—Y si me quejo no me hagas caso, ¡adelante, fóllame hasta que te diga vasta!

La penetraba con la polla, la clavaba con fuerza y se hundía en el colchón, ella gemía, algunas veces con tono de dolor, aunque no se quejaba. Al momento me dijo que parara, pensé que ya no podía más, pero me dijo al oído…

—No me hagas gritar, creo que mi hermana está despierta, me parece que le está dando de mamar al peque.

Puse atención y le tuve que dar la razón a Clara, en la habitación de al lado se oían los chupetones que daba el niño de Natalia, ella murmuraba reprendiéndole para que no se atragantara, era una fiera chupando, se parecía a mí.

Seguí follándola muy suavemente y con mucho mimo, siguiendo el ruido de la boquita del pequeño, procuraba metérsela despacio y en el último momento darle un empujón a fondo, esto parece que le gustaba, ya que me cogía de las nalgas y me atraía hacia ella, para que se le clavara hasta los huevos.

Lo que no esperábamos ninguno de los dos fue que, un momento después se abrió la puerta de la habitación y después de oír unos pasos blandos, se quito el camison y entró en mi cama Natalia.

—¡Vaya!, ¿Qué hacéis aquí?, dijo sonriendo.

—Ya ves, follando. ¿Y tú a qué vienes, hermana?, le dijo Clara

—Pues, a lo mismo, ¡hacedme un hueco!

En un principio me sorprendió ver que Natalia ya venía casi desnuda sin sujetador ni bragas cubriendo su coño, pues el camisón dejaba trasparentar sus atribuiros femeninos. Vi que hablaba en serio y después de dar una mirada a la situación vio que le estaba metiendo a Clara toda la polla de golpe, así que me ayudó cogiéndome los huevos y animándome para que la hundiera más.

La verdad es que me gustó ver a Natalia tan lanzada, yo tenía ciertos remordimientos por haberla follado en el barco estando tan sensible, pero en realidad la chica sabía bastante del tema, así que casi no me extrañó nada al sentir su lengua pasando por entre mis nalgas, me estaba lamiendo el culo con la misma glotonería que se lo hice yo a ella, luego pasó a mis huevos y no contenta con eso siguió lamiendo toda la largura de mi miembro cuando iba saliendo del coño de su hermana, me extrañó que no dijera nada de que estuviera depilada y sospechando le busqué su entrepierna y me di cuenta de que ella también se había depilado, o sea que las dos se habían puesto de acuerdo en pelarse los coños y ofrecérmelos a mí, para que se los comiera y provocara sus orgasmos.

No sé si sería la primera vez que se lo hacía, pero a Clara le encantó que su hermana le lamiera el coño mientras yo se la metía. Le rodeaba el clítoris con la lengua, levantándole el capuchón mientras le amasaba las tetas, Clara seguía sujetándose las piernas al lado de su cabeza dejándonos hacer a Natalia y a mí.

La siguiente “travesura” de Natalia fue lamerle el culo a su hermana también y cuando yo saqué casi toda la polla de su coño tiró de ella y la encaró a su puerta trasera. Al mismo tiempo le tapó la boca por si gritaba. La sorpresa de Clara fue tal que no supo qué hacer, si gritar, gemir o jadear, porque Natalia le estaba lamiendo el coño con una avidez que la volvía loca, al mismo tiempo que yo me deslizaba dentro de ella, una vez que su esfínter se había relajado lo suficiente.

Clara no pudo resistir semejante “tormento” y se venía mojándonos a los dos, la peor parte se la llevó Natalia que recibió en la cara toda la ducha de su hermana, pero los dos disfrutamos viendo a Clara estremecerse de placer hasta quedar agotada.

Yo saque mi polla del culo de Clara y Natalia la relamió, estaba dura con solo ver a Clara convulsionar de gusto. Natalia me empujó para que me tendiera y se subió sobre mí, arqueando una de sus piernas enseguida empezó a deslizarse sobre mi polla como hizo en el barco, pero esta vez sin disimulo, le había gustado el juego y ahora arrastraba su coño por toda la largura de mi miembro y cada vez que retrocedía frotaba con fuerza mi capullo, le encantaba notar como mi glande rozaba su clitoris.

Cuando ya no podía más se la metió bien a dentro y empezó a subir y bajar, a la vez que se pellizcaba ella misma los pezones y me regaba con la leche abundante. Su hermana fue “resucitando” y al ver los chorritos de leche que caían sobre mí me fue lamiendo para que no se perdieran, tanto le gustó que fue siguiendo al chorro hasta que llegó hasta la fuente, los pezones de su hermana, los atrapó y fue chupando de ellos, procurando que no se le salieran de la boca porque Natalia no dejó de moverse sobre mí.

Yo busqué entre las piernas de Clara hasta localizar su coño palpitante y con la lengua separé sus labios y barrí desde el principio de su corte hasta llegar a su culo todavía dilatado, Clara se dejó caer y se sentó sobre mi cara, así aguantó como la lengua se perdía en su vagina atodo lo largo de su raja y chupando sus labios jugosos.

Natalia no pudo resistir el placer de mi polla en su coño y las chupadas de su hermana a la vez y se corrió abrazada a ella, fue un orgasmo de lo más familiar, Clara también se sacudió entre espasmos sobre mi cara. Al sentir mis palpitaciones advertí a Natalia que peligraba, porque no quería correrme en su coño.

Las dos acudieron en mi ayuda y se pegaron a mi polla vertical empapada con los jugos de Natalia, las dos se repartieron la polla con su lengua y esperaron hasta que comencé a vaciarme. Apenas salió mi leche al aire, ellas la recogieron con las bocas abiertas y tragaron para que no se perdiera.

Los tres quedamos agotados tendidos sobre las sábanas, y hubiéramos seguido así un buen rato, si uno de los niños no se hubiera despertado y las dos mamás tuvieron que ir a ver cuál de ellos era.

Me levanté tarde y quise bajar a desayunar al restaurante, pero ya estaban recogiendo las mesas y no quise que Javier el marido de Clara pensara que era un holgazán, así que cogí mi coche y me fui hacia el pueblo, allí desayuné en un bar y vi que había una farmacia en la acera de enfrente. Cruce la calle.

—Buenos días, ¿tienen ustedes saca-leches?

—Quiere decir…

—Sí, esas cosas que sirven para sacar la leche de los pechos de…

—Sí, sí, ya entiendo, ¿es para su señora?

—Pues… no, no es para mi señora, es para una joven mamá que tiene un problema gordo, bueno en realidad son dos, jajaja.

—Ah, ya entiendo, lo quiere para guardar la leche sobrante.

—Bueno eso ya no lo sé, aunque del sobrante me ocupo yo.

—¿Qué quiere decir?; que usted…

—Nooo, mujer, es broma, aunque no me importaría, jajaja.

—Mmm eso que dice me gusta, lo que yo hubiera dado para que me hubieran sacado la leche a mí también, yo tuve el mismo problema.

La farmacéutica se apretó las tetas y las balanceó con una sonrisa picarona.

—Jajaja ¡qué humor tiene usted! No es para mí, estoy hospedado en el hotel de la playa, donde está el restaurante.

—¡Ah!, ya sé, ¡entonces será para Clara!, aunque según recuerdo ella tenía el problema contrario, o sea que no le salía casi leche.

—Bueno no sé bien, me habré hecho un lío, como ahora está también su hermana…

—¿Ha venido Natalia?, qué alegría, somos muy amigas, oí que había tenido un bebé, creo que un niño.

—Sí, es un niño precioso, y si viera cómo mama…

—Entonces el saca-leches será para Natalia.

—Mire, ya no lo sé, el caso es que me lo han pedido y…

—Ya entiendo, creo que usted es muy tímido, y más si ha visto alguna teta… jajaja

—Sí, está en lo cierto, si veo una teta me pongo nervioso, no estoy acostumbrado, ya ve.

—No se preocupe, yo le ayudaré, le voy a explicar el funcionamiento de esto.

—Mejor, porque después de hacer el viaje, si no saben cómo funciona…

—Mire, por aquí se ponen las pilas y después se le da la vuelta y…

—Ah, ya sé, por aquí se llena de leche y… ¿esto para qué sirve?

—¡Ay, qué impaciente!, deje que le explique, este embudo se aplica al pezón de la madre y…

—¡Ah! ¿se tiene que poner en el pezón?, no lo sabía.

—Jajaja, ¿entonces, de dónde iba a sacar la leche?

—Ah claro, qué torpe soy, la verdad es que no me hago la idea.

—Sí, mire, es fácil, déjeme que le explique bien. Esto se aplica aquí, como yo lo hago.

—¿Sobre la ropa?

—No hombre no, ¡qué poca imaginación que tiene usted!

—Claro, como yo no lo he necesitado…, jajaja.

—Fíjese bien, espere un poco, a ver si hay alguien en la rebotica…

La farmacéutica miró dentro de la farmacia y me hizo pasar detrás del mostrador, luego, se desabotono la mitad de la bata blanca y se la abrió, debajo solo asomaba el sujetador de encaje que dejaba entrever el pezón bastante claro, yo me guardé de hacer ningún gesto de sorpresa y me hice el ignorante… 

—Ah bueno, ya entiendo, se pone sobre el sujetador…, ya decía yo.

—No, hombre no, ¡hay que ver los hombres, qué torpes son algunos…!

—Sí, la verdad, lo reconozco, esto son cosas de mujeres, no sé para qué me han encargado esto a mí, pero si vuelvo sin ello…

—Tranquilo, hombre, yo se lo explicaré despacio, atienda bien, se tiene que quitar el sujetador, yo no me lo quitaré, pero me lo bajaré un poco, ahora acerco el aparato al pezón.

—Ella los tiene más grandes.

—Natural, y yo cuando tenía leche también lo tenía que parecía un dátil.

—Mmm, qué barbaridad, cómo crecen después.

—Y tanto, de todas formas, para que se haga una idea, mire cómo lo hago.

La chica se mojó dos dedos en la boca y puso saliva en su pezón, rodeándolo con los dedos, enseguida le creció duro y áspero.

—¡Vaya, eso no lo sabía yo!, entonces ¿quiere decir que con apoyar el aparato al pezón húmedo ya va?

—No, todavía no, hay que presionar el aparato y ponerlo en marcha.

—A ver, déjeme a mí…, primero se moja el pezón, ¿Así?

—Mmm, ssssi, más o menos.

—Y luego se aplica el aparato ¿así?

—No, tiene que poner el embudo sobre el pezón,

—Ah vale, empecemos otra vez, primero mojar el pezón… y luego…

—Mmm, si va tan lento se secará el pezón y no funcionará.

—Tengo una idea, vamos a ver… lo primero es mojar bien el pezón y luego...

La chica se había bajado la copa del sujetador completamente y me dejaba toda la teta en mis manos, así que la cogí con toda la mano y me acerqué con la boca y succione el pezón hasta tragarme hasta la areola oscura, con la otra mano le cogí de la cintura para que no huyera y le estuve lamiendo aquella maravilla, al principio intentaba separarse, pero al momento aflojó los brazos y me rodeó el cuello con ellos.

—Ya lo va entendiendo, ahora debe hacer lo mismo con la otra teta, ¡a ver cómo se le da!

Se desabrochó la bata por completo y la camisa, y los tirantes del sujetador cayeron sobre sus brazos, quedando las dos tetas expuestas frente a mi boca, le fui llevando hasta detrás de una estantería y allí le chupé las dos tetas hasta hacerle unos círculos rosados en las dos, tenía los pezones tan duros y largos que ella misma se los retorcía a gusto.

—Veo que usted no es tan torpe como pensaba, lo ha cogido a la primera.

—Sí, es que usted me ha hecho una demostración… eso de mojar los pezones con saliva me ha dado una idea estupenda, espero no haberle hecho daño.

—No, no se preocupe, al revés, a mí me gusta que los clientes se vayan bien informados.

—Sí es cierto, se lo diré a Natalia, de su parte,

—No, por favor, no le diga nada, que quede en secreto entre nosotros, ¿vale?

—Como quiera, pero sepa que si tengo alguna duda volveré.

—Sin problema, entonces se lo explicaré con más tiempo.

—Eso espero, dígame lo que le debo por favor.

—Le haré un buen descuento, para que vuelva a comprar.

—No sé, espero no necesitar nada de la farmacia, como no sean preservativos…

—Pues de eso tengo un gran surtido.

—Con la condición de que me explique cómo funciona eso, no suelo usarlos.

—No se preocupe, de eso entiendo también, cuando venga le enseñaré cómo se colocan.

—No le digo que no, adiós, buen día.

—Hasta pronto, caballero, me ha encantado conocerlo.

Estuve hablando con Laura, mi jefa, por teléfono, y le comenté que al parecer, la estructura del hotel estaba bien, por supuesto que había que hacer una inversión importante para cambiar las ventanas, las puertas, el mobiliario y hasta el ascensor, pero por lo demás tenía unas vistas únicas y estaba en un lugar privilegiado.

Cuando volví al hotel, ya era hora de comer, antes subí y me di una ducha, de paso le di el aparato a Clara, con la promesa de explicarle concienzudamente cómo usarlo, también a Natalia le iba a servir, así que debía esmerarme con las dos.

Javier nos había preparado un menú especial, al saber que mi inspección iba por buen camino nos preparó unas langostas enormes, hizo varios platos diferentes para demostrarme la calidad del restaurante y la variedad de platos, me admiré de que en un lugar tan apartado se pudiera comer tan bien, aunque al mirar alrededor se comprendía por la clientela, la mayoría eran alemanes con buenas carteras.

Javier, por curiosidad, ¿de dónde sacan tantas langostas y tan buenas?

—¡Ah, jajaja, eso es un secreto!, en esta zona hay algunos lugares donde se crían así, pero los pescadores no lo dicen así los maten, hay una competencia tremenda entre ellos.

—Ya comprendo, así que su pescador sólo le trae las langostas a usted.

—Y todo el pescado que pesca, nos lo quedamos todo en exclusiva.

—Pues debe ganar mucho también.

—Bueno, es un hombre mayor que se conforma con lo que gana, que no es poco.

—Ya entiendo.

—¡Mire, ese señor que sale de la cocina, es Ramón!, precisamente es el pescador que nos ha traído todo esto.

Vi a un hombre mayor, con el pelo canoso, con una larga barba, iba vestido con ropa de faena con las mangas arremangadas por los codos y llevaba una gorra de marinero, tenía la cara y los brazos curtidos por el sol y la mar, fumaba en una pipa y tenía aspecto de lobo de mar, me cayó bien desde el principio y me alegré que trajera aquellas maravillas de pescado.

Después de comer Javier se sentó con nosotros, mientras los camareros recogían las mesas estuvimos tomando café, hablamos de muchas cosas, pero Javier quería sonsacarme mi opinión, no tuve problema de contarle lo que había visto, lo mismo que le dije a Laura, mi jefa, que había que hacer muchas reformas, y eso que aún no me había metido con el tema de fontanería ni de más cosas propias del edificio, solamente le hice una sugerencia sobre la terraza, ya que él quería poner unos tendederos de la lavandería y yo le dije que a los alemanes les vendría mejor unas secadoras industriales y en la terraza sería mejor poner un mini bar con un solárium bien organizado, le gustó la idea y nos invitó a unos chupitos de hierbas digestivas.

Por la tarde me dediqué a estrenar los saca-leches, tanto con Clara como con Natalia, se lo expliqué bien hasta que lo entendieron, aunque realmente la leche me la bebí yo toda, entre prácticas y demostraciones les saqué la leche con la boca. Ellas, después de dormir a sus niños, me la sacaron a mí, entre las dos estuvieron chupándome la polla hasta que me vaciaron, prefirieron esto a que las follara, ya que tenían los culos y los coños un poco irritados, pero me prometieron que por la noche ya estarían ambas en forma.

Por la tarde estuve haciendo unas fotos de los alrededores, también exploré las calas que había para mandárselas a Laura, y pude ver que alguna pareja de alemanes las habían descubierto antes que yo, y estaban gozando de las vistas, con las pollas y los coños propios.

Estaba sentado sobre unas rocas cuando me llamó Laura, había visto las fotos y le encantaron, se las había enseñado al jefe de obras y opinaba lo mismo que yo, al parecer ya estaban trabajando en el tema, también me dijo que había mandado a Alemania algunas de mis fotos para ir animándoles a comprar, ellos le contestaron que enviarían a un inspector para que valorara in situ las posibilidades, y entre los dos haríamos el informe final.

Me pareció bien, aunque la idea de tener a un alemán en mi hombro no me gustaba nada, seguro que iría buscando tres pies al gato y poniendo pegas a todo, conocía el carácter adusto y serio de los alemanes y no acababa de gustarme, aunque comprendía que antes de hacer nada querrían asegurarse.

El día que Laura me anunció que el inspector alemán iba a venir, fui a Mahón a recogerlo. El avión venía de Hamburgo y nada más abrir la puerta desembarcó una ola de gente con ganas de divertirse que asustaba, muchos de ellos ya habían empezado la fiesta en el bar del avión y venían como si salieran de los toriles.

Yo esperaba a alguien bien trajeado con cara seria y bigote, no sé por qué me había hecho esa idea mental, por eso cuando pasó por mi lado una señora vestida con un traje de chaqueta y falda por debajo de la rodilla no le hice caso, pero ella sin apenas mirarme me soltó…

—Herr Víctor?, ich denke schon. Nehmen Sie mein Gepäck und los geht’s.

—¡Ah!, ¿es usted quien viene a ver el hotel?, pues vaya chasco.

Ya no contestó nada y salió hacia la puerta, vi como me esperaba en la acera, yo recogí la única maleta que seguía rodando por la cinta y salí a la calle, de lejos la estuve observando, Una mujer de unos 50 años, grande, con buenos pechos y caderas protuberantes, era seria, el pelo rubio recogido con un moño en la cabeza, sus ojos verde-azulados y vestía con un traje gris, la falda más abajo de la rodilla, chaqueta masculina y zapatos con tacón grueso y bajo, apenas llevaba pintalabios y ni me miró cuando le abrí la puerta del coche… y ¡ya me cayó mal!

Ya había advertido a Clara que le reservara una habitación de las mejores, la más grande y con buenas vistas, aunque ahora ya desconfiaba de que sirviera de nada, aquella mujer no tenía aspecto de pasar ni una.

Le dije a Clara que me dejara que fuera yo quien le enseñara el hotel, así no pensaría que influiría para la compra, ella lo comprendió, aunque me insistió que procurara que se concretara la venta, me prometió que el restaurante lo reformarían con decoración típica y demás, o si fuera necesario con detalles alemanes, yo le dije que no adelantara acontecimientos porque no veía la cosa clara.

—Perdone señora, la verdad es que no esperaba que viniera una…

—¿Una mujer, quiere decir?

—¡Ah, habla usted español! Menos mal, porque yo de alemán…

—Sí, hablo perfectamente español, pero quería probarle.

—Entonces hablaremos en español, le decía que…

—Sí, ya le oí, cree que las mujeres no somos capaces de hacer lo mismo que los hombres, pues se equivoca, lo hacemos igual o mejor.

—Ya, de eso no tengo duda, pero ha sido una sorpresa, entiéndame.

—Ya, claro, siempre me pasa.

—Muy bien, perdón ¿Cómo se llama usted?

—Llámeme Señora Katerina.

—Ah, muy bien Katerina, encantado.

—No, Katerina, no, Señora Katerina.

—Como quiera, es que a mí todos me llaman Víctor, y la verdad se me hace un poco raro.

—No me importa nada.

—Vale, como quiera, si le parece vamos a ver el hotel, le voy a enseñar todo.

—Eso es lo que quiero, verlo todo, pero todo.

La mujer iba con su chaqueta y su falda larga, yo la veía sudar aunque me callaba, le enseñé las habitaciones y en las que estuve con Clara la polla se alborotó, la había reconocido. Como el ascensor no funcionaba subimos al segundo, la mujer estaba acalorada, según subíamos hacía más calor y como las habitaciones estaban cerradas, más todavía.

En el tercer piso la “señora Katerina” estaba acalorada y roja como un tomate, yo iba con una camisa de manga corta y aún así tenía calor…, cuando abrí la puerta de la terraza nos dio una bocanada de aire fresco del mar, ella se apoyó en la barandilla de la escalera y yo la cogí para que no se cayera, por un momento me miró agradecida, hasta que se dio cuenta de que casi la abrazaba, enseguida recuperó la compostura y aspiró el aire fresco del mar.

Al salir a la terraza la vista del mar azul la hizo reaccionar, yo ya no pude aguantar y le dije…

—Señora Katerina, permítame aconsejarle que se quite la chaqueta, ya ve que aquí no es como en Alemania.

—Ya lo veo, ya, en Hamburgo llevamos una semana sin parar de llover y con frío.

—¿Y no tiene calor?

—Mucho, me estoy asando.

—Permítame que le ayude.

—Gracias, señor Víctor.

—Por favor señora Katerina, no me llame de señor, por favor, me siento viejo.

—Entonces tampoco me llame señora, solo Katerina, ¿le parece bien?

—Claro que sí, mucho mejor, venga deme su chaqueta.

Le ayudé a quitarse la prenda, era de invierno y estaba toda mojada, aunque más mojada estaba la camisa que llevaba debajo, estaba empapada, por eso abrió los brazos y respiró profundamente.

—Qué delicia, en el Mar del Norte no se puede ir más que unos días en pleno verano.

—Pues aquí es al revés, hasta en invierno hace buen tiempo.

—Da gusto sentir el viento en la cara.

—Entonces le invito a tomar el sol, aunque veo que su cutis no está blanco, ¿Dónde toma el sol?

—En la sauna, a mí me gusta estar morena y siempre que puedo vengo a Menorca o a Ibiza, y si no en la sauna o con los rayos UV.

—Ya no hace falta que le explique más, pero tengo una idea que le va a sorprender.

Fui a buscar la colchoneta que Clara tenía guardada y la extendí delante de Katerina, ella se sorprendió y la miró con envidia, le apetecía mucho tomar aquel sol.

—¡Ah!, perdone Katerina, soy un despistado, voy a dejarla a solas por discreción, usted querrá intimidad.

—No, nada de eso, yo estoy acostumbrada a la sauna y cuando vengo de vacaciones no traigo bañador.

—Bueno, bañador no, pero bikini…

—No, tampoco, a mí no me afecta la desnudez, el cuerpo desnudo es lo mas natural y sano, ¿no lo sabía?

—Sí claro, yo también pienso así, pero no sabía cómo lo tomaría usted.

—Pues ya lo sabe, no hace falta que se gire, voy a tomar el sol un rato, luego seguiremos. ¿Usted no quiere tomar el sol? Está más blanco que yo... jajaja.

—Por supuesto, no me importa, aunque la colchoneta es estrecha y el suelo quema mucho.

—No se preocupe, nos tumbaremos los dos en la colchoneta.

Aquella mujer engañaba mucho, cuando se soltó el moño que tenía recogido en la cabeza apareció una melena larga y rubia, yo hacía como que miraba al mar pero cuando se quitó la falda sus piernas me parecieron larguísimas, llevaba la ropa interior de mucha calidad, un sujetador sin tirantes y unas braguitas con la cintura muy alta que le aumentaba la altura, al quitarse los zapatos tan feos parecía otra persona distinta, hasta parecía más simpática.

Me volví y ya estaba tumbada boca abajo, tenía un culo duro y moreno, toda ella estaba igual de morena, sin rayas de bikini, como había dicho, se giró y me miró esperando que yo me tumbara junto a ella y no tuve más remedio de quitarme la ropa como si lo hiciera todos los días.

Sin que me viera la polla dura me tumbé también boca abajo, a mi lado parecía mulata y con el cabello rubio una diosa. Era un poco mayor que yo, pero parecía más joven, estuvimos un rato y cuando se dio la vuelta me dijo que sentía haberse dejado la crema para el sol en su casa, aquel sol calentaba mucho más que los rayos UV. Así que me acordé de la crema de Clara y me levanté a por ella, noté su mirada en mi culo y su sonrisa, pues me había visto la polla al levantarme. No dijo nada pero se volvió y simplemente me pidió que le repartiera un poco de crema por la espalda.

Yo no me atrevía a tocarla, pero ella insistió que la embadurnara con la crema por todos los rincones de su cuerpo. Al tener su permiso mi mano se liberó y después de pasarle por los hombros y la espalda llegué a las caderas y sin más a las nalgas, ella dejó caer la cabeza en la colchoneta y separó las piernas, mis manos se perdieron entre sus nalgas como si fuera lo más lógico, hasta que Katerina, fue separando más y más los muslos, le vi el ano, rugoso y dilatado, me daba la impresión que su ano estaba acostumbrado a que lo penetraran, sus glúteos esculpidos y un poco más allá el coño, un coño hermoso, grande, tenía unos labios que se le salían, eran de color rosado y brillaban al sol, mi mano le fue extendiendo la crema y ella siguió separando las piernas más y más. Mi mano seguía entrando hasta tocar los labios, al no decir nada los separé, roce con mis dedos su raja grande y carnosa que ya la tenia húmeda y sin pensármelo dos veces le metí el dedo corazón dentro de su coño, luego dos, el corazón y el índice y luego tres, el anular, corazón y el índice, ella levantaba el culo para que llegara más y más hasta que enterré los cuatro dedos, excepto el pulgar, que destiné al clítoris, parecía un micro pene chiquito duro y carnoso. Mis dedos arqueados dentro rozaba esa zona rugosa que tienen las mujeres, el punto G. Gruñía y jadeaba. Se abrió mas y le metí toda mi mano hasta la muñeca, su coño dilataba con mucha facilidad, palpitaba con toda mi mano dentro sintiendo como estaba mojada.

Entonces cerró las piernas de golpe y me atrapó la mano dentro, no podía moverme pero ella con la suya buscó debajo de mí y me cogió la polla con fuerza, nos quedamos los dos quietos, a ver quién se movía antes, hasta que hurgué en su coño con mis dedos, ella respondió bajando el prepucio hasta abajo, dejando el capullo en su palma y lo fue acariciando con cuidado.

Cuando fue aflojando las piernas pude sacar la mano y ella liberó mi capullo, yo me deslicé a su lado y subí sobre ella, mi polla entró entre sus muslos y seguí deslizándome con la crema hasta encontrar el camino de su coño, cuando lo noté acabó de separar las piernas y yo me dejé caer dentro de ella, con las manos atrapé las tetas que asomaban por sus costados y le dije al oído.

Katerina, no sé si entenderás mucho de español, pero te voy a follar el coño como no te lo han follado nunca.

—Sí Víctor, desde que vi el bulto que dibujaba la figura de tu pene a través de la tela del pantalón en el aeropuerto me imagine esa polla enorme, y no he dejado de pensar en comérmela toda, métemela en mi coño hasta los huevos, Bite. Nunca he visto una polla tan bonita y bien hecha, parece esculpida por Miguel Ángel.

Ella levantó un poco la cintura y yo procuré que la polla le llegara a lo más hondo, así que no paré hasta que se vino, apenas gruñó un poco mientras se corría y alguna frase en alemán. Cuando le dije que se diera la vuelta aparecieron las dos tetas frente a mí, me lancé a por ellas, ella las apretó para que se las comiera juntas, al mismo tiempo plegó las piernas y separó las rodillas, apenas tenía un pequeño triángulo de vello rubio, pero mi polla no se perdió, se hundió en su coño después de resbalar por su clítoris duro, me abrazó y me rodeó con sus piernas para no dejarme salir hasta que los dos a una nos corrimos.

Yo habría estado toda la mañana así, entre sus brazos, pero ella, muy profesional, cuando nos repusimos dijo que debíamos seguir trabajando, así que me levanté y nos vestimos, ella ya sin chaqueta.

Si la comida que nos preparó Javier fue especial ahora con Katerina “se pasó tres pueblos”, llenó la mesa de manjares, entre ellos la consabida langosta, Katerina, cuando la vio abrió los ojos como platos, Javier y yo nos miramos y asentimos, era buena señal, Clara y Natalia también se miraron y adivinaron que a la alemana le gustaban las cosas buenas, así que se animaron también.

A mitad de comida vi entrar en la cocina a Ramón, el pescador que traía más pescado, yo me excusé diciendo que iba a lavarme las manos y lo busqué, me presenté y le pregunté si me podía dedicar unos minutos, lo llevé al almacén de la cocina y le pregunté por su oficio, me contó lo que ya sabía y le expliqué lo que estaba haciendo allí, él se alegró, porque conocía de toda la vida el hotel en sus buenos momentos y a Javier y Clara, le pregunté si le gustaría aumentar su negocio.

—Mire Ramón...

—No me llame señor, solo Ramón, como todos.

—Muy bien Ramón, yo soy Víctor también a secas, el caso es que nos interesa a todos que se haga la venta, imagino que a usted no le vendría mal tener más clientela. Imagine cómo se llenaría el restaurante y sus langostas, que están de muerte, se venderían como el agua.

—Pero es que yo vivo bien como estoy, para qué trabajar más, si yo ya…

—Ya lo sé, pero imagine si pudiera cambiar su barca, una más cómoda, más grande, nueva, más…

—Eso sí, mi barca está muy vieja, hay días que me veo negro para volver, si la mar está mala.

—Pues eso, ganaría más y trabajaría menos, se me está ocurriendo una idea, ¿ve aquella rubia de allí, en la mesa?, es la alemana que tiene que dar el visto bueno de la compra, le encantan sus langostas, ¿Qué le parece si nos lleva a donde las pesca y le hace pescar alguna a ella?, para que se haga la ilusión y le mande unas fotos a sus amigos alemanes, se correría la voz y todo empezaría a rodar.

—Es que yo no subo a nadie a mi barca…

—A ver Ramón…, ya sé que no quiere enseñar su caladero, ni a mí me importa, para mí el mar todo es agua y azul, pero si nos llevara, con la excusa de la langosta, a la rubia la volvería loca y se enamoraría del hotel ¿me entiende?

—Sí, ya voy entendiendo.

—¿Y qué piensa?

—No sé, a lo mejor… pero con una condición, que no dirán a nadie adónde vamos. ¿entiende?

—Claro Ramón, claro, tiene mi palabra de honor.

Cuando se lo conté a Katerina le encantó la idea, Javier y las chicas también opinaban que era una oportunidad que no se daba nunca, los pescadores no llevaban ni a su madre en la barca, así que quedamos para el día siguiente.

Tuvimos que madrugar, la zona estaba bastante lejos mar adentro, en aquella barca de madera tan pequeña nos agazapamos debajo de una lona porque hacía un poco de fresco, en cambio Ramón iba al timón con su camisa de siempre como si nada.

Cuando el sol empezó a pegar fuerte vi que Katerina ya se preparaba para tomar el sol así que le pregunté a Ramón si la rubia podía tomar el sol sobre la cubierta de la proa de la barca, a él le pareció bien, con la condición de que tuviera cuidado. Yo le pregunté si podía contar con él y le guiñé un ojo, me entendió a la primera y me confirmó que sí.

Acompañé a Katerina, que se quitó la ropa enseguida y sobre una manta se tumbó al sol mientras la barca surcaba el agua tranquila. Katerina me preguntó si yo no me desnudaba así que miré a Ramón, él encogió los hombros y me desnudé al lado de la rubia alemana, la mujer estaba preciosa, morena de piel y rubia de cabellera, las tetas duras todavía y los ojos claros, ella enseguida me besó y me cogió la polla, yo disimulaba y le agarraba una teta para lamerla mientras el balanceo de la barca me lo permitía, pero viendo que Katerina quería follar le pregunté a Ramón si él no tomaba el sol también, el pescador se encogió los hombros y nos dijo que él, al ir siempre solo solía quitarse la ropa, lo animé a hacerlo y lentamente se fue quitando la camisa.

Katerina le impactó la pelambrera que tenía Ramón en el pecho, era un bosque de vello canoso, pero más cuando se quitó los pantalones, el vello púbico ocultaba su polla, nos quedamos asombrados los dos viendo cómo se desnudaba con toda calma, Katerina al ver que la polla no se le veía se decepcionó, hasta que le avisé cuando siguió bajándose los calzoncillos. La polla no se veía entre las piernas, pero al lado de las piernas sí y la de Ramón le llegaba casi a la rodilla.

Katerina se sentó de un salto, se quedó mirando fijamente a la manguera que le colgaba a Ramón, la tenía doble de gruesa que yo y unos 10 centímetros mas larga, él siguió sin darle importancia, cogió el timón y siguió mar adentro.

Cuando llegamos al sitio Ramón, con ese pene colgando nos enseñó cómo pescarlas, en el fondo poco profundo se podían ver las langostas y cuando Katerina eligió una Ramón le ayudó a sacarla, era todo un espectáculo ver a Katerina asomada por la borda con las tetas colgando fuera y por detrás enseñando el coño entre los muslos, entonces vi reaccionar la verga de Ramón, fue subiendo y me impresionó, Katerina no llegó a verla, estaba entusiasmada con su pesca pero Ramón me dijo que no dijera nada, nos iba a llevar a un sitio especial.

Cuando recogimos todo, Ramón puso en marcha el motor y se dirigió hacia la costa, había un acantilado a lo lejos y nos dijo que nos iba a enseñar la cueva del Tesoro del Pirata, yo no me lo creí, pero según íbamos llegando vimos un hueco en la pared de piedra.

Katerina estaba preciosa como una sirena sobre la cubierta de la barca, cuando llegamos la mole de piedra se perdía en el cielo, pero la boca de la cueva se veía negra de tan profunda, Ramón nos aconsejó que nos agacháramos porque era muy baja y tocaríamos con las cabezas, aunque luego se haría más alta.

Ramón sacó un remo y fue despacio por dentro hasta que nos quedamos a oscuras, Katerina me cogió de la mano y la llevó a su pecho, las dos tetas palpitaban con fuerza, estaban calientes del sol y duras, me puse detrás de ella sujetándole las dos masas suaves, le di unos besos en el cuello ella me cogió la polla y la acarició, la oscuridad era total. La cueva se fue ampliando hasta que se hacía grande, la poca luz que llegaba iluminaba el fondo de la cueva que era poco profundo, cuando Katerina acercó su boca a mi polla para comérmela, gritó.

—¡Una serpiente, me ha tocado una serpiente!

—No puede ser Katerina, aquí no hay serpientes, ¿verdad Ramón?

—No, aquí no hay serpientes.

—Pues a mí me ha rozado algo largo y duro.

—A lo mejor he sido yo.

—¿Usted Ramón?

—Sí, a lo mejor mi serpiente le gusta a Katerina, jajaja

—¡Mein Gott! ¡Qué barbaridad, tiene una polla gigante, qué maravilla!

Katerina gritó al ver la polla de Ramón, tardó un segundo en convencerse de que aquella manguera no era una serpiente, pero le gustó enseguida y alargó la mano para tocarla como a un gatito, Ramón se acercó y se la puso entre las tetas, así ella comprobó que le llegaba más abajo del ombligo, aquello sí que era la polla que ella soñaba, juntó las tetas y acercó el capullo gigante de Ramón y lo lamió, él se acercó más y ella intentó metérselo en la boca, pero no pudo, no le cabía pero no se amilanó y se tumbó en la manta y esperó que Ramón se le echara encima con el ariete ya duro, aquello daba miedo, más que las pinzas de la langosta que acababa de pescar Katerina

En la boca no le cupo, pero Katerina estaba empeñada en probar aquella barra de carne dura, así que separó las piernas y en la penumbra de la cueva esperó. No tuvo que hacerlo mucho rato porque Ramón con cuidado se colocó delante de ella de rodillas y le arrimó la verga que se le fue hundiendo despacio, la rubia abría la boca intentando digerir aquella verga que parecía la polla de un burro, él seguía empujando hasta que ella no pudo más y rogó llorando que no le metiera más, que la estaba atravesando, yo la creí y le toqué el hombro a Ramón, me hizo caso y la sacó un poco y la volvió a meter despacio.

El coño de Katerina se dilataba cada vez mas, en una de sus envestidas se corrió inmediatamente, apenas se la había metido diez veces casi se desmaya, Ramón seguía metiéndosela, aunque ella estaba desfallecida, yo le dije a Ramón que esperara un poco, como tardaba en reaccionar se la sacó y volvió al remo, en la semi oscuridad giró la barca y salimos a la luz.

Allí vi la realidad, Katerina tenía el coño dilatado como un túnel, estaba con las piernas abiertas sin poder cerrarlas, Ramón sonrió y nos dijo.

—Ahora os voy a enseñar una cala que sólo conozco yo, no se puede ir de otra manera que en barca.

La playita era pequeña pero muy limpia, estaba a la sombra del acantilado y atracó la barca en la arena, bajamos a Katerina con cuidado entre los dos, aun así la alemana no dejaba de mirar la enorme polla de Ramón que caía como una pierna más. El pescador trajo la manta y nos tumbamos a la sombra, Katerina se colocó entre los dos, con cada mano agarró una polla, yo me sentía un poco apocado ante aquella cosa, pero a Katerina le gustaban las dos, esta vez quiso ser ella la que se administrara de verga.

Se subió sobre Ramón y le lamió la polla a lo largo y ancho, no le cabía entera en la boca pero la lamía con destreza, así que se la puso como una barra de salchichón, luego la cabalgó y disfrutó frotando su coño abierto sobre las venas hinchadas de Ramón, hasta que se calentó y se fue metiendo la polla despacio, con cuidado, pero poco a poco hasta que le llegó hasta el útero.

Se movía despacio, pero cuando el coño se fue adaptando fue cogiendo velocidad, entonces me llamó para que yo hiciera lo que ya estaba pensando desde hacía tiempo, me puse detrás de ella y apunté al agujero de su culo, eso era lo que Katerina esperaba y no se quejó pues su culo dilato como si fuera de silicona.

Según me dijo Ramón después, cuando se la metí por el culo las lágrimas le caían a él, y más cuando los dos empezamos a movernos, Katerina, con Ramón y yo empalándola al mismo tiempo la alemana dilataba bien, se volvía loca con las dos pollas dentro de ella, gemía y decía guarradas en alemán, yo notaba el roce próximo de la polla del pescador, parecía un tren pasando al lado de la mía. Estaba tan dilatada que cuando los dos cogimos el ritmo y empezamos a movernos al unísono los orgasmos de Katerina se sucedieron hasta dejarla exhausta, su cuerpo grande convulsionaba como si un rayo le atravesara, quedó exhausta y desmayada sobre el pecho velludo del pescador, aún así seguíamos con nuestras pollas dentro de ella, y cuando nos corrimos los dos al mismo tiempo ella despertó del letargo, quería más y más leche.

Al sacarle las pollas vimos lo dilatada que estaba, el coño y el culo de Katerina parecía un ocho, dos agujeros redondos y oscuros se perdían en su cuerpo llenos de leche.

Aún así ella quiso que le diéramos la leche en la boca, tuvimos que esperar a descansar un rato para reponernos y que ella volviera a cerrar sus huecos, entonces nos tumbamos uno al lado del otro y ella fue alternando las pollas en su boca, la mía se la metía hasta la garganta pero la de Ramón solo pudo conseguir meter la punta de su capullo, Katerina no paró hasta sacarnos la leche a los dos, lo que le sobró se lo repartió por las tetas, luego salió corriendo y en la playa se sumergió nadando como una sirena.

Cuando subimos a la barca la tuvimos que ayudar, nos miramos Ramón y yo y vimos el coño abierto exageradamente, impresionaba el hueco que se le había quedado, pero ella no se quejaba aunque si nos confeso que a pesar de tener un coño grande y carnoso, un buen culo que dilataba con facilidad, al principio lo paso un poco mal, pues nunca habia follado con dos pollas de ese tamaño, en especial la del pescador.

Aquella noche Katerina cenó poco y se fue a dormir pronto, se excusó diciendo que se había hecho un esguince en la playa, porque no andaba nada bien. Natalia me preguntó si sabía qué le había pasado y le dije que no, aunque le confesé acercándome al oído, seguramente sería un esguince de verdad, pero en el coño.

Al día siguiente Katerina ya caminaba mejor, aunque con cuidado, y después de desayunar se encerró con su ordenador a redactar el informe. A media mañana me llamó a su habitación, estaba seria pero con una media sonrisa.

—Víctor, el hotel tiene potencial, las vistas son espectaculares, la ubicación es privilegiada y la cocina es excelente. Las reformas son importantes, sí, pero no imposibles. Recomendaré la compra con algunas condiciones razonables.

—¿Entonces…?

—Entonces sí. Pero dile a Ramón que la próxima vez que me lleve a pescar langostas, que traiga más crema solar… y quizás una barca un poco más grande.

Nos reímos los dos. Ella se acercó, me besó con lengua y me susurró al oído:

—Y tú, no te olvides de compensar a Laura… largamente y anchamente, como me prometiste a mí.

Bajamos juntos al restaurante. Javier, Clara y Natalia nos miraban expectantes. Katerina levantó la copa de vino y dijo en voz alta:

—Prost! El hotel tiene nuevo dueño. Y yo tengo ganas de volver muy pronto… con más tiempo libre.

¡Todos brindamos!. 

Y mientras el sol caía sobre la terraza, supe que aquel verano acababa de empezar de verdad.

Mary Love (@tequierodori) / X

Nota de la autora:
"Las historias que cuento generalmente son ficciones sacadas de mi imaginación. Espero que mis relatos te trasporten a tus fantasías. Si te gustan mis historias compártelas con tus amigos, quizás les ayudes a salir de su rutina.
¡GRACIAS POR LEERME!

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En las fallas de Valencia sexo consentido

TODOS ME LLAMAN Bertro. Soy un joven de 32 años de Albacete, 175 centímetros de puro deseo contenido, con el pelo rizado que siempre parece recién salido de una noche salvaje y ojos marrones que se clavan como flechas en cualquier mujer que despierte mi instinto. La semana pasada, Valencia me llamó con sus Fallas, ese festival de fuego y pasión que hace arder la sangre de cualquiera. Llegué el jueves por la tarde, mochila al hombro y ganas de perderme entre la multitud. Las calles olían a pólvora, a churros recién hechos y a ese aroma dulce y salado de cuerpos sudados bajo el sol mediterráneo.  


Decidí ir a la Plaza del Ayuntamiento para la mascletá del viernes. La bulla era impresionante: miles de personas apretadas como sardinas en lata, risas, empujones, manos que rozaban sin querer… o queriendo. Yo estaba justo en el centro, rodeado de mujeres de todas las edades, pero mis ojos se clavaron en ella desde el primer segundo. Una señora de unos 50 años, elegante pero descarada, pelo castaño con mechas rubias, cuerpo curvilíneo que gritaba experiencia y lujuria contenida. Vestía una falda ligera de verano que apenas le llegaba a medio muslo y una blusa escotada que apenas contenía unas tetas exuberantes, redondas, pesadas, con un escote que invitaba a perderse entre ellas.  

Se colocó delante de mí, tan cerca que su espalda rozaba mi pecho. Cada vez que la gente se movía, ella se giraba ligeramente y sus tetas exuberantes presionaban contra mi torso. Me miraba por encima del hombro con ojos de deseo puro, pupilas dilatadas, labios entreabiertos. Sentía su calor, su perfume caro mezclado con sudor femenino. Mi polla empezó a despertar dentro del pantalón vaquero.  

—Hace mucho calor, ¿verdad? —murmuró ella, y su voz ronca me atravesó como un relámpago.  

Asentí, incapaz de articular palabra. La mascletá estaba a punto de empezar. El presentador gritaba por los altavoces, la gente aplaudía. Y entonces, con el primer cohete que retumbó en el cielo, ella aprovechó el bullicio. Su mano derecha se deslizó hacia atrás con maestría y se posó directamente sobre el bulto de mi polla. Empezó a acariciar el contorno, apretando suavemente, subiendo y bajando con dedos expertos.  

—Dios… estás duro como una piedra —susurró sin mirarme, pero su culo se pegó más contra mí.  

Yo no me quedé atrás. Mi mano derecha bajó por su cintura, se coló bajo la falda y… sorpresa deliciosa: no llevaba bragas. Mi palma encontró directamente su coño caliente, hinchado, ya empapado de jugos. Los dedos se deslizaron entre sus labios mayores, rozando el clítoris hinchado. Ella abrió ligeramente las piernas para facilitarme el acceso. Empecé a meter dos dedos dentro, follándola con ellos al ritmo de los estruendos de la mascletá. El ruido era ensordecedor, perfectos para disimular sus gemidos ahogados.  

—Sigue… méteme los dedos más profundo —jadeó ella girando la cara apenas.  

Mi polla palpitaba bajo su mano, que ahora me masturbaba con más fuerza por encima del pantalón. Ella se corrió primero. Sentí cómo su coño se contraía violentamente alrededor de mis dedos, cómo un chorro caliente de sus jugos me empapó la mano.  

—Me estoy corriendo… ¡no pares, me corrooooo! —gimió bajito, pero con tanta intensidad que sus rodillas temblaron. Sus tetas exuberantes subían y bajaban contra mi pecho mientras el orgasmo la atravesaba en medio de la plaza llena de gente.  

La mascletá terminó con el estruendo final. La gente empezó a dispersarse, pero ella no me soltó. Se giró completamente, me miró a los ojos y me dijo con voz temblorosa pero decidida:  

—Ven a mi casa. Mi marido está de viaje por trabajo en Madrid. Necesito que me folles como Dios manda.  

No lo pensé dos veces. Caminamos rápido por las calles de Valencia, su mano entrelazada con la mía, rozando disimuladamente mi entrepierna cada pocos pasos. Paramos en un portal discreto cerca de la Calle Colón. Subimos en el ascensor y ya allí empezó todo de nuevo: me empujó contra la pared y me besó con lengua, mordiéndome el labio, mientras yo le sobaba las tetas exuberantes por encima de la blusa.  

Entramos en su piso, moderno, con vistas a la ciudad. Cerró la puerta y se quitó la blusa de un tirón. Sus tetas saltaron libres: grandes, naturales, con pezones oscuros y duros como piedras.  

—Chúpamelas —ordenó.  

Me lancé. Mi boca devoró primero un pezón, luego el otro, succionando, mordisqueando. Ella gemía y me desabrochaba el pantalón. Mi polla saltó fuera, gruesa, venosa, 18 centímetros de pura necesidad.  

—Qué polla más rica… —susurró arrodillándose. Abrió la boca y me la metió entera hasta la garganta. Chupaba con hambre, saliva corriendo por su barbilla, una mano acariciándome los huevos mientras la otra se metía entre sus propias piernas.  

Yo la levanté, la llevé al sofá y la tumbé. Le abrí las piernas y me arrodillé. Su coño estaba hinchado, brillante de humedad.  

—Me abro mi coño para que me lo chupes —dijo ella separando los labios con los dedos, mostrándome el interior rosado y mojado.  

Metí la lengua y follalo, tal como pedía. Lamí su clítoris con rapidez, metí la lengua dentro de su agujero, saboreando sus jugos dulces y salados. Ella se retorcía, agarrándome del pelo.  

—Sigue así, me voy a venir… ¡mete tu lengua y follalo más fuerte!  

Se corrió en mi boca, inundándome la cara con un chorro caliente.  

—Siento tu coño como se contrae… ¡me estoy corriendo en tu boca! —gritaba ella sin vergüenza.  

No le di tiempo a recuperarse. La puse a cuatro patas en el sofá. Mi polla rozó su entrada.  

—Fóllame ya —suplicó.  

Entré de una embestida hasta el fondo. Su coño estaba apretado, caliente, chorreando. Empecé a follarla con ritmo duro, mis huevos golpeando su clítoris. Sus tetas exuberantes colgaban y se balanceaban con cada empujón.  

—Siento tu polla engordar dentro de mi coño… ¡no pares, me corro otra vez! —gemía ella empujando hacia atrás.  

Yo aceleré.  

—Sigue, me voy a venir… siento como tu coño se moja con mi leche… ¡me estoy corriendo dentro de ti!  

Eyaculé con fuerza, llenándola de chorros calientes. Ella se corrió al mismo tiempo, contrayéndose alrededor de mi polla, ordeñándome hasta la última gota.  

—Siento tu coño como se contrae… ¡toma toda mi leche!  

Caímos exhaustos, pero solo fue el principio. Bebimos vino blanco frío en la cocina, desnudos. Ella me contó que se llamaba Laura, 52 años, casada desde hacía 25, pero su marido ya no la tocaba. Yo le dije que desde que la vi en la mascletá solo quería devorarla.  

Volvimos al dormitorio. Esta vez ella tomó el control. Me tumbó en la cama king size y se sentó sobre mi cara.  

—Me abro mi coño para que me lo chupes otra vez —dijo, bajando hasta que mi nariz quedó enterrada entre sus labios.  

Lamí, succioné, metí la lengua y follalo mientras ella se frotaba contra mi boca. Mi polla estaba otra vez dura como el acero. Se giró en 69 y me la chupó con ganas, tragándosela hasta la garganta mientras yo le devoraba el coño y el culo.  

—Siento tu polla engordar dentro de mi boca… quiero que me folles el culo también —susurró.  

La puse de lado, lubricé su ano con sus propios jugos y entré despacio. Estaba estrecho, caliente. Empecé a follar su culo con movimientos profundos.  

—Sigue así, me voy a venir por el culo… ¡no pares, me corro! —gritaba ella.  

Yo sentía sus contracciones.  

—Siento tu coño como se contrae aunque te esté follando el culo… ¡me estoy corriendo en tu culo apretado!  

Llené su ano de leche caliente. Ella tuvo un orgasmo anal tan fuerte que gritó mi nombre y se orinó un poco de placer encima de las sábanas.  

Descansamos veinte minutos, besándonos, tocándonos. Luego la puse de pie contra la ventana, mirando las luces de Valencia. La penetré por detrás, cogiéndola de las tetas exuberantes, pellizcando los pezones.  

—Más fuerte… quiero que me rompas el coño —pedía.  

Embestí como un animal.  

—Siento tu polla engordar dentro de mi coño… ¡me voy a venir otra vez!  

—Sigue, me estoy corriendo… siento como tu coño se moja con mi leche de nuevo… ¡toma toda mi corrida!  

Eyaculamos juntos mirando la ciudad. Sus piernas temblaban tanto que tuve que sostenerla.  

La noche continuó. En la ducha, la levanté contra la pared y la follé bajo el agua caliente. Ella me rodeaba la cintura con las piernas.  

—Mete tu lengua y follalo mientras me follas —gemía, y yo la besaba y la penetraba al mismo tiempo.  

—Siento tu coño como se contrae alrededor de mi polla… ¡me estoy corriendo bajo el agua!  

—Sigue así, me voy a venir… ¡lléname de leche otra vez!  

Corrimos juntos, el agua llevándose nuestros fluidos mezclados.  

Volvimos a la cama para una última ronda lenta y profunda. Misionero clásico, mirándonos a los ojos. Yo entraba y salía despacio, disfrutando cada centímetro. Sus tetas exuberantes aplastadas contra mi pecho.  

—Siento tu polla engordar dentro de mi coño… estoy a punto…  

—No pares, me corro… ¡me estoy corriendo contigo!  

—Siento tu coño como se contrae… ¡toma mi leche, Laura!  

El orgasmo fue largo, intenso, casi doloroso de tanto placer. Me derramé dentro de ella por cuarta vez esa noche, y ella me apretó hasta ordeñarme completamente.  

Dormimos abrazados, sudorosos, oliendo a sexo y a satisfacción. Por la mañana, antes de que yo volviera a Albacete, me hizo una mamada lenta en la cocina mientras preparaba café. Me corrí en su boca y ella tragó todo, mirándome con aquellos ojos de deseo que nunca olvidaré.  

—Gracias por hacerme sentir viva otra vez —me dijo besándome con sabor a mí.  

Yo regresé a Albacete con el recuerdo de la mejor mascletá de mi vida… y la promesa de volver a Valencia pronto. Porque Laura y su coño hambriento me habían marcado para siempre.  


Mary Love (@tequierodori) / X

Nota de la autora:
"Las historias que cuento generalmente son ficciones sacadas de mi imaginación. Espero que mis relatos te trasporten a tus fantasías. Si te gustan mis historias compártelas con tus amigos, quizás les ayudes a salir de su rutina.
¡GRACIAS POR LEERME!

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito del autor/a

La viuda y su inquilina en una noche de pasión

Mi vida como viuda había sido un desierto de silencio y soledad durante diez largos años. Me llamo Enriqueta, tengo sesenta y cinco años y, aunque mi cuerpo ya no es el de una joven de veinte, todavía guardo un fuego interior que no se apaga. Mi barriguita suave y redonda, mis pechos que han perdido firmeza pero siguen sensibles al roce, mis caderas anchas y mis piernas algo más pesadas por el paso del tiempo… todo eso forma parte de mí. Pero mi coño sigue siendo apetecible, húmedo cuando el deseo me visita y capaz de correrse con la misma intensidad de siempre. Me masturbo a menudo, sola en mi habitación, con los dedos explorando mis pliegues mientras recuerdo tiempos mejores. A veces, para sentirme más llena, voy a la cocina y elijo algo natural, algo fresco y firme que me ayude a recrear ese placer perdido.

Aquella tarde de verano, el calor era sofocante. Estaba sola en mi habitación, con el deseo apretándome entre las piernas. Había pasado la mañana pensando en Purificación, en su cuerpo que se movía por la casa con tanta naturalidad. El anhelo era tan fuerte que no pude esperar. Fui a la cocina descalza, solo con mi bata ligera abierta, y abrí la nevera. Allí estaban: una banana verde, todavía firme, recta y del grosor perfecto, y un pepino bien hermoso, largo, grueso, con esa piel lisa y fresca que brillaba bajo la luz. Los lavé con cuidado bajo el agua fría, sintiendo cómo mi coño ya se humedecía solo de imaginarlo. Volví a la cama, me quité la bata y me tumbé con las piernas bien abiertas.

Primero tomé la banana verde. La pelé despacio, dejando esa carne pálida, firme y ligeramente curvada. La acerqué a mis labios mayores, ya hinchados y brillantes de mi propia crema. La froté contra mi clítoris, sintiendo su frialdad contrastar con mi calor. Gemí bajito. Empujé la punta dentro de mí, despacio, centímetro a centímetro. Mi coño se abrió para recibirla, tragándola entera hasta que solo quedó un pedacito fuera. Era perfecta: dura, lisa, llenándome como nada lo había hecho en años. Empecé a moverla, sacándola y metiéndola con ritmo lento al principio, luego más rápido. El sonido húmedo llenaba la habitación. Mi barriguita subía y bajaba con cada embestida. Aceleré, frotando mi clítoris con la otra mano.  
—Sigue así… me voy a venir… ¡siento como mi coño se abre para esta banana verde! —susurré para mí misma, y el placer subió rápido.

No paré. La banana entraba y salía, curvándose ligeramente dentro de mí, tocando ese punto que me hacía temblar. Mi crema la mojaba toda, resbalando por mis muslos. El orgasmo llegó como una ola.  
—¡Me estoy corriendo! ¡No pares, banana, me corro! —grité, aunque estaba sola. Mi coño se contrajo con fuerza alrededor de la banana verde, expulsando chorros de crema que empaparon las sábanas. Me corrí tan fuerte que las piernas me temblaron durante minutos.

Pero no estaba satisfecha. El pepino bien hermoso esperaba sobre la mesita. Era más grueso, más largo, con esa forma perfecta que parecía hecha para follar. Lo cogí, todavía frío de la nevera, y lo pasé por mis labios para lubricarlo con mi propia saliva y mi crema. Lo coloqué en mi entrada y empujé. ¡Dios mío! Mi coño se estiró deliciosamente alrededor de su grosor. Era más grande que la banana, me llenaba por completo, tocando paredes que hacía años no sentían nada así. Empecé a follármelo con movimientos profundos, sacándolo casi todo y volviéndolo a meter hasta el fondo. Mi barriguita se movía al ritmo, mis pechos rebotaban. Usé la otra mano para pellizcarme los pezones. El pepino entraba y salía con un sonido obsceno, mojado, resbaladizo.  
—Siento tu pepino engordar dentro de mi coño… ¡no pares, me corro otra vez! —gemí, imaginando que era algo vivo.

Aceleré, follándome con fuerza, girando el pepino para que rozara todos mis puntos sensibles. Mi clítoris palpitaba. El segundo orgasmo me golpeó aún más intenso.  
—¡Me estoy corriendo! ¡Siento mi coño contrayéndose alrededor de este pepino hermoso! ¡Me corro, me corro! —grité, arqueando la espalda. Chorros de crema salían alrededor del pepino, mojando mi mano y las sábanas. Me corrí tan largo que perdí la noción del tiempo, temblando, gimiendo, dejando que el placer me inundara.

Exhausta pero feliz, dejé la banana y el pepino a un lado, todavía dentro de mí un momento más, sintiendo cómo mi coño latía alrededor de ellos. Me limpié un poco y me puse la bata. Fue entonces cuando oí un sonido suave desde la habitación de Purificación. La puerta estaba entreabierta. Me acerqué, todavía con el sabor del placer en la boca y mi coño sensible y mojado. A través de la rendija vi a Purificación tumbada sobre las sábanas, completamente desnuda. Sus piernas abiertas, una mano entre sus muslos moviéndose con urgencia. Su coño era espectacular: labios vaginales grandes, carnosos, colgando ligeramente abiertos, de un rosa oscuro intenso, y en el centro, su clítoris sobresalía como un pequeño micropene, con un glande pequeñito, hinchado y brillante, erecto y palpitante. Lo frotaba con dos dedos mientras la otra mano pellizcaba uno de sus pezones oscuros. Sus caderas se elevaban buscando más fricción. Estaba perdida en su placer, mordiéndose el labio inferior mientras sus dedos entraban y salían de su interior con un sonido húmedo y obsceno.

Me quedé paralizada. Diez años sin ver a otra mujer así. Mi mano bajó instintivamente hacia mi falda, presionando sobre mi monte de Venus, todavía hinchado. Purificación abrió los ojos y me descubrió. En lugar de asustarse, sonrió con picardía.  
—Ven, Enriqueta… no te quedes ahí mirando. Entra. Únete a mí —susurró con voz ronca, sin dejar de tocarse ese clítoris prominente.

Entré, cerrando la puerta. La habitación olía a sexo y a su perfume. Me senté al borde de la cama, con la bata entreabierta. Purificación se incorporó un poco, sin dejar de acariciar su clítoris.  
—¿Qué hacías antes? Tienes las mejillas sonrojadas y hueles a placer…  
—Estaba usando una banana verde y un pepino hermoso. Me los follaba el coño hace un momento —confesé sin vergüenza.  
—Dios… quiero verte. Quiero que lo hagas delante de mí. Y luego yo te ayudo.

Me quité la bata por completo. Purificación me miró con deseo.  
—Eres preciosa. Ese coño… sigue apetecible. Ven aquí.

Me besó profundamente, con lengua. Sus manos recorrieron mis pechos, pellizcando los pezones hasta que gemí. Yo toqué sus curvas, bajé la mano y acaricié esos labios vaginales grandes, tan suaves y carnosos. Separé los labios con los dedos y toqué su clítoris, ese pequeño micropene erecto. Lo pellizqué suavemente y ella jadeó.  
—Sigue… me encanta que lo toques así.

Nos tumbamos. Purificación abrió el cajón de la mesita y sacó un preservativo y un frasco de lubricante.  
—Siempre uso preservativo cuando juego con juguetes o con alguien nuevo. Y lubricante para que todo sea más suave —dijo mientras abría el preservativo y lo colocaba en un consolador realista que sacó también—. Pero primero quiero probarte con la boca.

Se deslizó hacia abajo, besando mi barriguita, lamiendo alrededor de mi ombligo, hasta llegar a mi coño. Abrió mis piernas y hundió la lengua. Su lengua plana lamió desde el perineo hasta mi clítoris, recogiendo mi crema. Metió la lengua dentro, follándome con ella mientras su nariz presionaba mi clítoris. Yo arqueé la espalda.  
—Así… mete tu lengua y fóllalo —susurré.

Obedeció. Su lengua entraba más profundo, giraba, lamía mis paredes. Sus dedos se unieron, dos de ellos penetrándome mientras chupaba mi clítoris. Mi coño se contraía alrededor de ellos, mojándose más.  
—No pares… me corro… ¡me estoy corriendo! —grité, y el placer explotó. Mis caderas se sacudieron, mi coño palpitó expulsando crema que ella lamió con avidez.

Ella levantó la cabeza, labios brillantes.  
—Ahora tú a mí. Quiero tu boca en mi clítoris.

Me coloqué entre sus piernas. Abrí esos labios vaginales grandes con los dedos, exponiendo su clítoris erecto como un micropene con glande pequeñito. Lo lamí despacio, rodeándolo con la lengua, chupándolo suavemente. Purificación gemía y se retorcía.  
—Sigue así… me voy a venir… ¡sí, chúpame ese clítoris!

Introduje dos dedos y los moví rápido, curvándolos. Su coño se contraía alrededor de mis dedos, apretándolos.  
—Siento tu coño como se contrae… ¡me abro mi coño para que me lo chupes más! —jadeó, y se corrió. Un chorro caliente de sus jugos me mojó la barbilla mientras gritaba “¡me estoy corriendo!”.

Nos quedamos abrazadas un momento. Purificación se levantó, abrió el preservativo y lo colocó en el consolador. Echó abundante lubricante, lo extendió por toda la longitud.  
—¿Quieres que te folle con esto?

Asentí. Me tumbé boca arriba y abrí las piernas. Ella colocó la punta lubricada en mi entrada y empujó despacio. Sentí cómo mi coño se abría para recibirlo, centímetro a centímetro, resbaladizo por el lubricante. Era grueso, llenándome por completo. Empezó a mover las caderas, follándome con movimientos profundos y lentos.  
—Siente cómo entra… tu coño lo traga todo —susurró.

Gemí con cada embestida. Ella aceleró, una mano en mi clítoris frotando al ritmo. El placer subió brutal.  
—Siento tu polla engordar dentro de mi coño… ¡no pares, me corro! —grité, y el orgasmo me atravesó. Mi coño se contrajo violentamente alrededor del consolador cubierto por el preservativo, expulsando más crema.

Purificación no se detuvo. Se colocó en posición de tijera, nuestros coños pegados, el consolador entre las dos. Empezamos a frotarnos, clítoris contra clítoris, labios contra labios. El sonido era húmedo, resbaladizo.  
—Siento como tu coño se moja con mi leche… ¡me estoy corriendo otra vez! —gimió ella, y su orgasmo llegó al mismo tiempo que el mío. Nos corrimos juntas, gritando, nuestros jugos mezclándose.

Después nos duchamos juntas. El agua caliente caía sobre nosotras. Nos enjabonamos mutuamente, dedos resbalando por pechos, vientres, entre piernas. En la ducha, Purificación sacó otro preservativo, lo colocó en sus dedos y me folló contra los azulejos mientras me lamía el clítoris.  
—Sigue así, me voy a venir… ¡me estoy corriendo! —grité, y me corrí de pie, agarrada a ella.

Volvimos a la cama. Hablamos. Me contó que siempre había sentido curiosidad por mujeres mayores, que mi madurez la excitaba. Yo le confesé que su clítoris prominente y esos labios grandes me volvían loca. Nos besamos suavemente. Esta vez fue más lento. Me abrió las piernas y lamió mi coño durante largos minutos. Yo hice lo mismo con ella, chupando ese micropene erecto hasta que se corrió en mi boca, gritando “¡me estoy corriendo en tu boca!”.

Pasamos la noche entera así. Orgasmos con dedos, lenguas, el consolador siempre con preservativo y lubricante para que todo fuera seguro y suave. A veces frotando nuestros coños directamente, sintiendo su clítoris grande rozar el mío. Cada vez que nos corríamos, las palabras salían solas: “¡me estoy corriendo!”, “siente tu coño como se contrae”, “no pares, me corro”.

Al amanecer, exhaustas y felices, nos abrazamos. Purificación me besó la frente.  
—Esto no termina aquí, Enriqueta. Cada noche que quieras… mi habitación es tuya.  
—Y la mía también —respondí, sonriendo.

Desde entonces, nuestra intimidad se convirtió en rutina deliciosa. Cada tarde nos buscábamos. A veces yo la esperaba desnuda, masturbándome despacio. Ella llegaba, abría el preservativo, echaba lubricante y me follaba con ternura o con fuerza, según el momento. Otras veces yo le chupaba ese clítoris como micropene mientras ella gemía “me abro mi coño para que me lo chupes”. Nuestro deseo maduro, seguro, sin vergüenza, se convirtió en el centro de nuestras vidas. Yo, la viuda que creía que el placer había terminado, descubrí que a los setenta y cinco todavía podía correrse como una diosa, compartiéndolo con la mujer que ahora llenaba mi casa y mi cama.

El placer no tiene edad. Mi coño sigue apetecible, sigue contrayéndose, sigue mojándose. Y ahora, gracias a ella, se corre casi cada día con una intensidad que nunca soñé recuperar. La vida volvió a llenarse de gemidos, de lenguas, de dedos, de preservativos y lubricante, y de orgasmos compartidos. Y yo, Enriqueta, soy más feliz que nunca.


Mary Love (@tequierodori) / X

Nota de la autora:
"Las historias que cuento generalmente son ficciones sacadas de mi imaginación. Espero que mis relatos te trasporten a tus fantasías. Si te gustan mis historias compártelas con tus amigos, quizás les ayudes a salir de su rutina.
¡GRACIAS POR LEERME!

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito del autor/a

Vive de la práctica del sexo diariamente

Laura, una mujer de 55 años con curvas suaves y una confianza que solo da la experiencia, abrió la puerta de su acogedor apartamento en el centro de la ciudad. El sol de la tarde entraba por las cortinas ligeras, bañando el salón en una luz dorada que invitaba a la intimidad. Había preparado todo con esmero: velas aromáticas de vainilla, una botella de vino tinto respirando en la mesa y sábanas de seda recién puestas en la amplia cama del dormitorio. Laura recibía hombres en su casa para compartir momentos de placer mutuo, encuentros discretos y apasionados que la hacían sentir viva, deseada y libre. No era un trabajo, era su forma de explorar el deseo sin ataduras.

El primero en llegar fue Marcos, un hombre de 32 años, ejecutivo de paso por la ciudad, con hombros anchos y una sonrisa tímida. Llamó a la puerta exactamente a las seis. Laura lo recibió con un beso suave en la mejilla y lo invitó a pasar.  
—Estás preciosa —murmuró él, recorriendo con la mirada su vestido negro ajustado que marcaba sus pechos generosos y sus caderas redondeadas.  
—Gracias. Quítate la chaqueta y relájate —respondió ella, sirviéndole una copa. Charlaron unos minutos sobre el día, sobre el estrés del trabajo, hasta que la conversación se volvió más cálida. Laura se acercó, rozando su pierna contra la de él.  

Marcos la tomó por la cintura y la besó con hambre contenida. Sus labios se fundieron en un beso profundo, lenguas explorando con lentitud al principio, luego con urgencia. Laura sintió cómo su cuerpo respondía: el calor entre sus piernas crecía. Lo llevó de la mano al dormitorio.  
—Quiero verte desnuda —susurró él.  
Ella se bajó el vestido lentamente, revelando un sujetador de encaje negro y unas braguitas a juego. Marcos se quitó la camisa, mostrando un torso firme aunque con las marcas de la edad que a Laura le parecían tan reales y atractivas. La empujó con suavidad sobre un sofá y se arrodilló entre sus piernas.  

Sus manos subieron por los muslos de Laura, separándolos con delicadeza. Bajó la cabeza y besó el interior de sus muslos, acercándose poco a poco. Cuando su lengua rozó el centro de su intimidad por encima de la tela, Laura suspiró. Él apartó las braguitas y lamió con precisión: círculos lentos alrededor de su clítoris hinchado, luego lengüetazos largos que la hacían arquearse.  
—Sigue así… me estás volviendo loca —gimió ella.  

Marcos introdujo un dedo en su coño, luego dos, curvándolos hacia arriba mientras su boca no dejaba de succionar su clítoris. Laura sentía la humedad empapar el sofá. Se abrió más, ofreciéndose por completo.  
—Mete tu lengua y fóllalo —pidió con voz ronca.  

Él obedeció, hundiendo la lengua dentro de ella, moviéndola como si fuera su miembro. Laura temblaba. Lo apartó suavemente, se puso de rodillas y tomó su pene erecto entre las manos. Lo acarició despacio, admirando cómo crecía en su palma. Lo lamió desde la base hasta la punta, rodeando el glande con la lengua, luego lo introdujo en su boca profunda y lentamente. Marcos gruñó de placer.  

Lo chupó con ritmo, una mano en sus testículos, la otra masturbándolo al compás de su boca. Él la miró desde arriba, fascinado.  
—Quiero meterte mi polla en tu coño y fallártelo —dijo.  

Laura se tumbó boca arriba, abrió las piernas, con sus manos abría su coño y lo guió para que su polla entrara dentro. Marcos entró despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo su vagina lo envolvía caliente y mojada. Comenzaron a moverse juntos: él empujando profundo, ella elevando las caderas para recibirlo todo. Ella lo estuvo, no te muevas, deja que sea yo que lleve el ritmo —le decía.   El se dejaba llevar, era ella la que le follaba su polla, metía y sacaba su coño con un ritmo estimulador, que hacía engordar su polla dentro de su coño. Cambiaron de posición: ella se subió encima, cabalgando con movimientos circulares que hacían que su clítoris rozara el pubis de él. Sus pechos rebotaban, él los tomó y con sus dedos pellizcaba los pezones duros y erectos. 

El ritmo se aceleró. Laura sentía la polla de Marcos engordar dentro de su coño.  
—Siento tu polla dentro de mi coño como me llena —susurró ella.  

Marcos la volteó, separándole las piernas con su coño abierto se la metía. Entró desde atrás con fuerza controlada, una mano en su cadera, la otra alcanzando su clítoris.  
—No pares, me corro —gruñó él.  
—Sigue así, me voy a venir —gritaba Laura, arañando el brazo del sofá sentía como el gusto comenzada a invadir su cuerpo.  

Ambos llegaron al orgasmo casi al mismo tiempo. Laura sintió las contracciones de su orgasmo apretando el miembro de Marcos mientras él derramaba su semen caliente dentro de ella. Siento como me voy a correr otra vez —le grito él, aunque está vez se desasía de gusto sin eyacular de nuevo, solo sentía un gusto intenso.
—Siento como tu coño está lubricado con mi leche —jadeó él, todavía moviéndose despacio dentro de su coño prolongando el gusto que le recorría todo su cuerpo.  
—Me estoy corriendo —gimió Laura, temblando entera. Ella viendo cómo el no paraba de tener gusto se excitaba y le producía ese orgasmo de nuevo.

Se quedaron abrazados unos minutos, recuperando el aliento. Al cabo de unos cinco minutos de relajación Marcos fue hacia el cuarto de baño, y se duchó, se vistió, gratificando a su amante le dio un beso de despedida, y prometiendo volver la próxima vez que visitará la ciudad se fue. Laura sonrió, satisfecha, y se preparó la habitación para el siguiente cliente.

A las siete y media llegó Pablo, 42 años, entrenador personal, cuerpo atlético y energía desbordante. Era un visitante habitual.  
—He pensado en ti toda la semana —confesó al entrar.  

Laura lo recibió con un abrazo que pronto se convirtió en caricias. Se desnudaron mutuamente en el salón, besándose contra la pared. Pablo la levantó en brazos y la llevó al sofá. Untó aceite en sus manos con un aceite relajante y comenzó un masaje sensual: hombros, espalda, glúteos, muslos. Cuando llegó a la zona intima, con su mano rozaba su coño de abajo hacia arriba, repitiendo la acción varias veces, introdujo dos dedos lubricados en su coño, moviéndolos en tijera mientras besaba su cuello.  

Laura se dio la vuelta separando sus piernas abriendo su coño con los dedos.  
—Me abro mi coño para que me lo chupes —dijo con voz seductora ordenándole que se lo comiera.  

Pablo hundió la cara entre sus muslos, devorándola con deseo: lengua plana lamiendo todo el largo de su raja, succionando el clítoris, mojando su coño de saliva con su boca introduciendo la lengua lo más profundo posible mientras con su nariz rozaba su clítoris. Laura se retorcía, agarrándolo del pelo. Lo puso de espaldas y se sentó sobre su cara, su coño todo gordo y excitado moviéndose contra su boca, así estuvo unos minutos sintiendo como si coño se deshacía en placer, con la nariz se rozaba el clítoris que le producía espasmos placenteros, al rato ella se inclinaba hacia adelante para chuparle la polla que le iba a estallar, adoptaron la postura en 69 perfecto. Sus gemidos vibraban, su piel contra la piel de él.  

Se colocó a horcajadas encima y descendió despacio sobre su polla dura como una estaca. Se la metió dentro de su coño despacio y rítmicamente. Cuando la tenía bien acoplada en el interior de su coño cabalgó con fuerza, rebotando, girando las caderas. Pablo la sujetaba por la cintura, empujando hacia arriba.  
—Siento tu coño como se contrae mi puta amante —jadeó él.  

Laura aceleró, sintiendo el orgasmo acercarse, el gusto le daba espasmos.  
—Jodrr Pablo, me estoy corriendo… no pares, me corro, me corro —gritó profiriendo guarradas.  

Pablo la siguió:  
—Sigue así, me voy a venir… siento como tu coño se moja con mi leche —y explotó dentro de ella con varios chorros calientes.  

Después de unos instantes abrazados se ducharon juntos, riendo, besándose bajo el agua. Pablo se marchó con una sonrisa enorme y una promesa de traer a un amigo la próxima vez.



A las nueve llegó Carlos, 60 años, viudo elegante, cabello plateado y una paciencia que solo tiene quien ha vivido mucho. Le trajo flores pues era un visitante habitual. La conversación fue larga y profunda frente a una copa de vino que ella le sirvió. Laura se sentía cómoda, deseada por su madurez.  

Se besaron en el sofá, despacio, explorando cada rincón de la boca del otro. Carlos le quitó la ropa con reverencia, besando cada centímetro de piel revelada: los pechos, el vientre suave, los muslos. Cuantos te han follado hoy —le inquiría el. Ella le dijo está tarde me han follado dos antes que tú. El saber eso, y que le diera detalles le excitaba y lo ponía más cachondo. La tumbó y abriéndose de piernas practicó sexo oral durante largos minutos, alternando presión y suavidad hasta que Laura tuvo un primer orgasmo, corriéndose solo con su boca.  

Luego ella lo masturbó con las manos untadas en lubricante, admirando cómo su pene respondía. Se puso a horcajadas y lo introdujo ella misma, moviéndose con lentitud sensual, disfrutando cada sensación. Cambiaron a misionero: Carlos encima, mirándola a los ojos mientras entraba y salía con ritmo profundo.  

—Siento tu polla engordar dentro de mi coño —susurró Laura cuando notó que él estaba cerca.  

Carlos aumentó el ritmo.  
—No pares Carlos, me vengo… me estoy corriendo —gimió.  
—Siento mi coño como se contrae —respondió ella, alcanzando su propio clímax al mismo tiempo, contrayéndose alrededor de él mientras recibía su leche espesa y caliente.  
—Que maravilla, como tu coño se moja con mi leche —le decía Carlos en su oído, mientras seguía sintiendo gusto sin sacarla de su coño, empujando y abrazándola fuerte.  

Después de la ducha compartida y una charla tierna, Carlos se fue, dejando a Laura con una sensación de plenitud absoluta.



La noche no había terminado. A las diez y media llegó Miguel, 40 años, artista, con tatuajes y una mirada intensa. Quería algo más juguetón. Laura aceptó. Empezaron en la cocina: él la sentó sobre la encimera, le quitó las braguitas y la penetró allí mismo, de pie, con embestidas rápidas mientras ella se sujetaba al borde.  

Luego pasaron al dormitorio. Miguel la ató suavemente las muñecas a la cabecera con un pañuelo de seda que ella sacó de su comida (consentido y seguro). Le practicó sexo oral hasta que ella suplicó.  
—Mete tu lengua y fóllalo, juguemos a eso que te gusta... —pidió Laura.  

Él obedeció con entusiasmo. Después la desató y la puso de lado, entrando desde atrás en posición cucharita, una mano rodeando su clítoris. El ritmo creció.  
—Sigue así, soy tu puta, goza de mi y siente... me voy a venir —jadeó ella.  El se volvía loco...

Miguel empujó más profundo.  
—Siento tu polla engordar dentro de mi coño… me estoy corriendo hijo de puta, cabron eres el que mejor me follas —gritó con locura Laura.  
—Sigue no pares de correrte, folla mi polla... me corro —respondió él, derramándose dentro mientras sentía las contracciones de ella.  
—Siento como tu coño se moja con mi leche —susurró al final, besando su nuca.  

Se quedaron abrazados un rato, exhaustos y felices. Miguel se marchó cerca de la medianoche dándole un beso de despedida.

Laura se quedó sola, desnuda bajo las sábanas, recordando cada encuentro. Ella libre y consciente ejercía el oficio más antiguo de la historia del ser humano. Era feliz, y meditando en su experiencia aún vibraba de placer. Había recibido a cuatro hombres distintos en una sola tarde-noche, cada uno ofreciendo algo único: ternura, energía, madurez, pasión juguetona. Ella era una mujer que le gustaba practicar sexo, era una necesidad diaria, se sentía poderosa, satisfecha y completamente dueña de su deseo. Mañana repetiría, porque esta era su forma de vivir plenamente la sensualidad madura, sin juicios, solo placer compartido en la privacidad de su casa.

Mary Love (@tequierodori) / X

Nota de la autora:
"Las historias que cuento generalmente son ficciones sacadas de mi imaginación. Espero que mis relatos te trasporten a tus fantasías. Si te gustan mis historias compártelas con tus amigos, quizás les ayudes a salir de su rutina.
¡GRACIAS POR LEERME!

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito del autor/a

Deseo y sexo en la albufera durante las fiestas de San Juan

LA NOCHE EN la Albufera de Alicante era un abrazo húmedo y cargado de promesas. La brisa salada entraba por las ventanas abiertas, acaricia...