Mi libertad sexual no tiene barreras


SOY UN MUJER de 36 años, soltera por convicción. Nunca creí en el matrimonio tal como lo venden: esa jaula legal heredada de tiempos agrícolas e industriales que promete posesión eterna. Creo en la convivencia libre, abierta, sin exclusividades forzadas. Me encanta compartir risas, cenas y camas con hombres y mujeres que me atraen, sin barreras. Del mismo modo que rechazo las fronteras que esclavizan a las personas por nacer en un trozo de mapa, rechazo la idea de que mi cuerpo y mi placer pertenezcan a una sola persona o a un solo género. El sexo es libertad pura, un intercambio de placeres entre seres vivos. No hay mariposas eternas ni dioses dictando moral; solo carne, deseo y el derecho a corrernos juntos. Os cuento mi experiencia de anoche.

Salí a caminar por el parque al atardecer. El aire cálido rozaba mis muslos bajo el vestido ligero. Allí estaba él: alto, moreno, con una mirada que ya me desnudaba. No hicimos preguntas sobre nombres ni promesas. Solo una sonrisa cómplice y el “¿vienes a mi casa?” que respondí con un beso directo. En el ascensor ya tenía su mano entre mis piernas, acariciando mi coño húmedo por encima de las bragas.

Una vez dentro, cerré la puerta y lo empujé contra la pared. “Desnúdame”, le ordené. Sus manos recorrieron mis pechos, pellizcando los pezones mientras yo gemía. Me quitó el vestido y se arrodilló. “Ábreme el coño”, susurré abriendo las piernas. Su lengua entró profunda, lamiendo mi clítoris hinchado con hambre. Disfruta de mi coño, le dije entre jadeos, mientras mis caderas se movían contra su boca. Me corrí por primera vez allí mismo, temblando, inundando su cara con mis jugos.

Lo levanté y lo llevé a la cama. Su polla estaba dura, gruesa, palpitando. Me puse a cuatro patas, ofreciéndole el culo y el coño abierto. “Penétrame”, rogué. Entró de un golpe, llenándome entera. Sus embestidas eran fuertes, profundas, golpeando ese punto que me hace perder la cabeza. “Más fuerte, dame todo”, gemí. Sentía sus huevos chocando contra mí, su polla dilatando mis paredes. Me estaba corriendo otra vez, gritando sin vergüenza: “¡Me estoy corriendo! ¡No pares!”.

Cambiamos de postura. Yo encima, cabalgándolo salvaje. Mis tetas rebotaban mientras él apretaba mis nalgas. “Disfruta de mi coño, mójalo entero”, le decía. Sus dedos jugaban con mi clítoris y yo me deshacía. El orgasmo me atravesó como un rayo, contrayéndome alrededor de su verga. Él gruñó que estaba a punto. “Penétrame y dame tu leche”, supliqué acelerando el ritmo. Lo sentí explotar dentro de mí, chorros calientes llenando mi coño, derramándose por mis muslos. Me corrí una vez más con él, mezclando nuestros placeres sin culpa ni límites.

Después nos quedamos abrazados, riendo, hablando de la vida sin ataduras. Esa es mi verdad: el placer es de quien lo busca, libre como el viento que no respeta fronteras.

DESPUES DE corrernos juntos y disfrutar de aquel placer mutuo tan intenso, nos duchamos entre risas y caricias. Al salir del baño, envuelta solo en una toalla, lo vi abrir la puerta de la terraza y entrar a un lindo perro de raza Basenji, de pelaje brillante y mirada alerta. Se llamaba Trade. El can se acercó directamente a mí, olisqueando con curiosidad entre mis piernas. Su hocico frío rozó mi sexo desnudo y, sin pedir permiso, sacó la lengua y lamió mi coño húmedo con lametones rápidos y ávidos.


Me estremecí, sorprendida pero excitada por la sensación nueva. Él se rio suavemente y me preguntó:
—¿Lo has hecho alguna vez con un perro?

Le respondí que no, pero que alguna vez lo había contemplado en vídeos y fantasías, atraída por esa idea de placer sin límites ni juicios. Sonrió con complicidad y me dijo que, cuando quisiera, me ayudaría a que Trade follara conmigo. Acepté sin dudarlo. Mi cuerpo ya palpitaba de anticipación ante la idea de romper otra barrera.

A la semana siguiente quedamos en su casa. Estaba nerviosa y mojada antes incluso de empezar. Nos desnudamos y Trade, excitado por el olor de mi coño, lamía con entusiasmo mis labios hinchados mientras yo gemía de rodillas en la cama. “Ábreme el coño”, le pedí a él, y separé bien las piernas para que el perro pudiera hundir más su lengua áspera y caliente. Disfruta de mi coño, susurraba yo entre jadeos, sintiendo cómo me llevaba al borde.

Luego él me colocó a cuatro patas, elevando mi culo. Ayudó a Trade a montarme, guiando su verga roja y puntiaguda hacia mi entrada. El perro penetró con instinto salvaje, follándome rápido y profundo. “¡Penétrame!”, grité, sintiendo cómo aquella polla animal me dilataba y golpeaba dentro. Era intenso, primitivo, diferente a cualquier hombre. Me estaba corriendo con fuerza, contrayéndome alrededor de él mientras gemía: “¡Me estoy corriendo! ¡Más!”. Trade seguía embistiendo con furia, y cuando llegó su momento, sentí sus chorros calientes llenándome. “Dame tu leche”, murmuré perdida en el placer, recibiendo todo lo que me daba. Me corrí una vez más, temblando, con su semen animal derramándose por mis muslos.

Disfruté mucho, más de lo que imaginaba. Esa libertad total, sin reglas ni moral impuesta, me hizo sentir más viva que nunca. El sexo es placer puro entre seres vivos, y yo sigo explorándolo sin barreras.

Por: © Mary Love


Nota de la autora:
"Las historias que cuento generalmente son ficciones sacadas de mi imaginación; algunas inspiradas en historias que me mandan mis seguidores. 
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¡GRACIAS POR LEERME!

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