Soy Joaquina y era nueva en la oficina. Avanzaba algo perdida por los largos y blancos pasillos, esquivando las miradas descaradas de varios trabajadores que me recorrían de arriba abajo sin disimulo. El calor del verano era asfixiante, incluso con el aire acondicionado. Subí al ascensor y llegué a la tercera planta. Llamé a la puerta del despacho de Carmela, jefa de departamento, y entré. La estancia era amplia, luminosa y minimalista: paredes blancas, un gran escritorio de cristal, dos sillas, una estantería y algunas plantas pequeñas. Sin cuadros ni alfombras, pero sorprendentemente cálida y acogedora. Carmela se levantó y avanzó hacia mí. Era una mujer alta, de tez morena y piel tersa, ojos marrones intensos, cabello negro azabache y una figura que quitaba el aliento: curvas pronunciadas, pechos firmes de tamaño perfecto —ni pequeños ni exagerados—, cintura estrecha y un culo redondo, alto y llamativo que se movía con cada paso. Vestía una elegante camisa blanca parcialmente desabotonada que dejaba a la vista el suave valle de su escote, adornado solo con un delicado collar de plata con la figura de Isis. Una falda de tubo negra muy ajustada marcaba cada curva de sus caderas y sus largas piernas, rematadas por unos tacones de aguja de charol negro que la hacían parecer una diosa. —Soy lesbiana —admití sin rodeos. Aunque me costaba sentirme atraída por mujeres, en ese instante la respiración se me cortó. Mi mente se quedó en blanco y sentí que levitaba. «Dios… qué monumento de mujer», pensé. Ella notó mi reacción y sonrió con esos labios carnosos y rojos, curvándose de forma lenta y sinuosa. Destilaba elegancia y puro sexo por cada poro. Su piel oscura y suave, su complexión atlética y esa melena negra que parecía acariciar el aire me tenían hipnotizada. Me invitó a sentarme, pero permanecí inmóvil frente a ella. Nuestras miradas se entrelazaron, cargadas de deseo, desnudándonos sin tocarnos. Sentí que me follaba con los ojos y yo no podía ni quería escapar. Di un paso al frente. Ella hizo lo mismo. Sus brazos rodearon mis caderas con decisión, casi con brusquedad, y me atrajo contra su cuerpo. Gemí de sorpresa justo antes de que sus labios se apoderaran de los míos con autoridad y hambre. Me empujó contra la pared sin dejar de besarme, bajando por mi barbilla y devorando mi cuello. El placer me recorrió como electricidad. Tomé iniciativa: rodeé sus hombros con mis brazos, agarré su nuca con fuerza y le devolví el beso con la misma intensidad, metiéndole la lengua profundamente, llenando su boca de saliva caliente. Mi excitación crecía sin control. Sentía un calor abrasador entre mis piernas y cómo mi coño se humedecía cada vez más. Carmela comenzó a desabrochar mi blusa mientras yo hacía lo mismo con la suya. Deslicé mis manos por su vientre plano y firme, atrayéndola más contra mí. Ella gimió y apretó uno de mis pechos con fuerza, mientras sus labios húmedos y calientes seguían recorriendo mi cuello, provocándome escalofríos de placer. Respirábamos agitadas, la atmósfera del despacho se había vuelto espesa y cargada de deseo. De repente, Carmela tiró de mi falda hacia arriba y me llevó hasta el escritorio. Apartó todo lo que había encima de un solo movimiento y me sentó en el borde. Se inclinó sobre mí, separé las piernas y sus dedos subieron por la cara interna de mis muslos con urgencia. Gemí alto cuando alcanzó mi coño empapado. Me penetró con dos dedos sin preámbulos y empezó a follarme con ritmo firme y profundo. Estaba tan mojada que se oía el sonido húmedo de sus embestidas. —Más fuerte, Carmela… No pares… ¡Sigue, sigue! —supliqué entre gemidos—. ¡Me corrooo! Un orgasmo intenso me atravesó. Mi coño se contrajo alrededor de sus dedos mientras eyaculaba, empapando su mano y parte del escritorio. Caí exhausta sobre el sofá del despacho. Carmela se incorporó, me tomó de la mano y me levantó. Me llevó hasta la puerta, me dio la vuelta y se apoyó contra ella. Separó las piernas, elevó la pelvis y presionó su coño ardiente contra mi muslo. Se frotaba contra mí con desesperación, jadeando con los ojos cerrados, sujetándome el cuello con fuerza mientras yo movía mi pierna para estimularla. Nuestros besos se volvieron salvajes. Mi lengua jugaba con la suya mientras bajaba la mano por su abdomen hasta colarme dentro de sus bragas. Rozé sus labios vaginales hinchados y empapados, y luego introduje los dedos, acariciando su clítoris hinchado. —No pares, Joaquina… Sigue descubriendo mi sexo —gimió con voz ronca. La masturbé con fuerza, sintiendo cómo su coño palpitaba y se contraía. Carmela tuvo un orgasmo silencioso pero intenso: su cuerpo se tensó, su vagina apretó mis dedos y un chorro caliente de néctar empapó mi mano. Yo también gemía. Carmela deslizó su mano entre mis piernas, separó mis labios y atacó mi clítoris hinchado, frotándolo como si fuera un pequeño pene. Introdujo dos dedos en mi interior y los curvó, masajeando mi punto G con maestría. Mis piernas temblaban. Chupó y mordió mis pezones mientras me follaba con los dedos a un ritmo frenético. Me corrí por segunda vez, gritando, y saqué mis dedos de su coño para que los lamiera y saboreara mi corrida. Le desabroché el sujetador de encaje y liberé sus hermosos senos. Eran perfectos, firmes, con pezones rosados y erectos. Los acaricié, los pellizqué y los succioné con avidez, mordisqueándolos suavemente mientras mi mano volvía a buscar su coño empapado. La penetré con dos dedos mientras frotaba su clítoris con el pulgar. Sus piernas flaquearon y se deslizó por la pared hasta quedar sentada. Me arrodillé frente a ella, abrí sus muslos y continué follándola con los dedos, estimulando su punto G mientras mi boca bajaba por su vientre. Besé y mordí el interior de sus muslos, provocándole gemidos de frustración, hasta que por fin posé mi lengua sobre su clítoris hinchado. Carmela enloqueció. Movía las caderas contra mi cara mientras yo la penetraba y chupaba sin piedad. Tuvo un orgasmo tras otro, corriéndose sin parar, gritando que le venía otro, y otro más, hasta perder la cuenta. Su néctar me empapaba la barbilla y la mano. Después de un rato, recuperando el aliento, Carmela enredó sus dedos en mi pelo y me besó con pasión salvaje. Nuestros cuerpos sudorosos se frotaban con desespero. Justo cuando el placer volvía a subir, el sonido de alguien llamando a la puerta nos paralizó. Nos quedamos en silencio, respiraciones agitadas, miradas cómplices. Carmela, con voz firme pero aún ronca de placer, pidió que esperaran un momento. Nos vestimos a toda prisa, recomponiendo nuestra ropa y nuestro aspecto. Antes de abrir, me besó profundamente y susurró con una sonrisa pícara: —Quedamos para comer. Te invito. Y volvimos a nuestras rutinas… por ahora.
Nota de la autora:
"Las historias que cuento generalmente son ficciones sacadas de mi imaginación; algunas inspiradas en historias que me mandan mis seguidores. Espero que mis relatos te hagan soñar y cumplir tus fantasías. Si te gustan mis relatos compártelos con tus amigos, quizás les ayudes a salir de su rutina.
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