Espejos de lujuria


"Anabel y Roberto cruzaron el umbral de “Fantasías de los Deseos”, donde el aire estaba cargado de perfumes intensos y esa electricidad inconfundible del deseo compartido. Entre miradas hambrientas y conversaciones llenas de promesas, descubrieron que el placer no se posee, se multiplica cuando se comparte con confianza".

El vestíbulo susurraba con el zumbido del aire acondicionado, pero nada podía calmar el latido acelerado entre las piernas de Anabel. Ajustó el tirante de su vestido negro de lentejuelas, sintiendo cómo la tela acariciaba sus pezones ya endurecidos y su piel suave recién depilada. Roberto, a su lado, lucía su traje elegante, aunque la tensión en su mandíbula revelaba lo excitado que estaba. Empujaron la pesada puerta de roble y entraron al mundo de terciopelo rojo y luces tenues. El interior vibraba con bajos profundos, risas y gemidos lejanos. El olor a excitación flotaba en el ambiente, dulce y carnal. En la barra, Roberto pidió whiskies dobles. Bebió el suyo de un trago mientras sus ojos recorrían los cuerpos semidesnudos a su alrededor. Anabel sorbió despacio, notando cómo su propio cuerpo respondía: un calor húmedo empezaba a crecer entre sus muslos. Pronto conocieron a Alejandro y Sofía, una pareja hispana magnética. Ella llevaba un corsé de encaje que apenas contenía sus pechos y medias de red que marcaban sus piernas largas. La conversación fluyó rápida y cargada de intención. Roberto confesó que buscaban reavivar la llama. Sofía sonrió con picardía y deslizó su mano por el brazo de Anabel. La música se volvió lenta y sensual. Las dos mujeres bailaron pegadas, rozando caderas, pechos y muslos. Sofía apretó su cuerpo contra el de Anabel, susurrándole al oído: “Me encanta cómo te mueves”. Anabel sintió los pezones de Sofía contra los suyos y un latigazo de placer directo a su clítoris. Cuando regresaron a la mesa, Roberto la besó con hambre, metiendo la lengua mientras su mano subía por su muslo hasta rozar sus bragas ya mojadas. Alejandro propuso pasar a una sala privada. Allí, las luces eran aún más bajas y había amplios sofás de terciopelo. La puerta se cerró y las inhibiciones cayeron. Roberto besó a Anabel con fuerza mientras Alejandro se colocaba detrás de Sofía, bajando los tirantes de su corsé y liberando sus pechos firmes. Anabel observaba fascinada cómo Alejandro lamía y chupaba los pezones de Sofía, que gemía sin vergüenza. Sofía se acercó a Anabel y la besó profundamente, sus lenguas enredándose. Roberto miró con los ojos brillantes de excitación mientras su esposa respondía al beso. Las manos de Sofía bajaron el vestido de Anabel, exponiendo sus pechos. Los acarició con suavidad, luego los lamió y succionó, haciendo que Anabel arqueara la espalda y soltara un gemido largo. Roberto se arrodilló, le quitó las bragas y hundió su boca entre sus piernas, lamiendo su clítoris hinchado con hambre mientras Alejandro observaba y se acariciaba por encima del pantalón. Anabel sintió el orgasmo acercarse rápido. Los labios y la lengua de Roberto la devoraban mientras Sofía le besaba los pechos. “¡Sí… así!” jadeó Anabel. Sus caderas se movieron solas contra la boca de su marido hasta que un clímax intenso la recorrió, haciendo que sus piernas temblaran y soltara un grito ahogado de placer. No tardaron en cambiar parejas. Alejandro se colocó entre las piernas de Anabel. Su miembro grueso y duro presionó contra su entrada mojada y entró despacio, centímetro a centímetro, llenándola por completo. Anabel gimió fuerte al sentirlo tan profundo. Alejandro comenzó a moverse con estocadas firmes y rítmicas, golpeando justo donde ella más lo necesitaba. Roberto, mientras tanto, penetraba a Sofía desde atrás; los gemidos de las dos mujeres se mezclaban con el sonido húmedo de los cuerpos chocando. Sofía se colocó sobre la cara de Anabel, que, entre jadeos de placer por las embestidas de Alejandro, lamió su sexo hinchado y dulce. Los cuatro formaban un solo ritmo de deseo. Anabel sintió un segundo orgasmo creciendo, más intenso. Alejandro aceleró, sujetándola por las caderas. “Córrete para mí”, gruñó. Anabel explotó en un clímax poderoso, contrayéndose alrededor del miembro de Alejandro mientras gritaba de placer. Él no aguantó más y se derramó dentro de ella con un gemido ronco. Roberto, excitado al máximo al ver a su esposa, penetró de nuevo a Anabel, sintiendo cómo estaba resbaladiza por su propia excitación y la de Alejandro. Empujó con fuerza, profundo, recordándole con cada embestida que ella era suya y al mismo tiempo libre de disfrutar. Sofía se sentó sobre la boca de Roberto mientras besaba a Anabel. Los cuatro alcanzaron el éxtasis casi al mismo tiempo: gemidos, cuerpos temblando, piel sudorosa y el dulce olor del sexo llenando la sala. Cuando todo terminó, permanecieron entrelazados, respirando agitados, con sonrisas de satisfacción. La llama no solo se había encendido: ardía más fuerte que nunca.

Por: © Mary Love

Nota de la autora:

"Las historias que cuento generalmente son ficciones sacadas de mi imaginación; algunas inspiradas en historias que me mandan mis seguidores. Espero que mis relatos te hagan soñar y cumplir tus fantasías. Si te gustan mis relatos compártelos con tus amigos, quizás les ayudes a salir de su rutina.

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